Tokyo Nikki - Algunas notas fugaces y digresivas de una vida en Tokio

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Diciembre 26, 2008

japón oeste // día 4

Hacía algo de frío por la mañana. El suficiente como para desechar la idea de un baño purificador en la cascada sintoista del camping. Al menos la noche anterior había comprado el desayuno, y disfruté de con los primeros rayos de sol filtrándose por entre unos temblorosos árboles rociados por la humedad de la cascada. Tras tal bucólico despertar, recogí el campamento y me dirigí al cercano templo de Sanbutsuji.

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Preciosa cascada a 10 metros de mi tienda

El templo de Sanbutsuji, de la secta budista de Tendai, se encuentra en el Monte Mitoku, casi en la frontera entre la provincia de Tottori y Okayama. Aunque el origen de este templo es incierto, la leyenda lo atribuye a un hecho acontecido en el año 706. Se cuenta que Ennogyouja, un monje peregrino que se encontraba meditando en las montañas Katuragi de Nara, lanzó tres petalos de flor de loto al aire para que le indicasen lugares sagrados budistas. Uno de los pétalos cayó en la montaña de Yoshino, en Nara; otro en la montaña de Ishizuchi, en Ehime (Shikoku), y el último en el monte Mitoku. Ennogyouja viajó hasta el monte Mitoku, y construyó un templo en la falda de la montaña. Una vez acabado, lo levantó y lo incrustó en la montaña. De ahí que el templo de la cima, verdaderamente mágicamente "incustrado", se conozca como Nageiredou (templo lanzado). Más tarde, el monje budista Jikaku-taishi Ennin consagró la montaña a los budas Shakyamuni, Amida y Dainichi Nyorai, dándose el lugar a conocer como el "templo de los tres budas" (Sanbutsuji).

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Sandalias de escalada

A la entrada del templo un monje comprobó que llevaba el calzado adecuado, ya que en caso contrario por 500 yen podías alquilar unas botas de trekking sandalias de paja adecuadas para la escalada. Después tuve que registrar la hora de entrada a la montaña, y el amable monje me advirtió que no debía de olvidar firmar a la salida, porque si no tenían que mandar a los servicios de rescate. A estas alturas ya empezaba a arrepentirme de haber venido a esta montaña, aunque para tranquilizarme el monje me dió una banda amuleto para protegerme de los peligros de la escalada.

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Una cadena era la única ayuda para la escalada

Con escepticismo entré en el recinto sagrado pensando en lo exagerados que son estos japoneses; los mismos que para ascender el Fuji en verano se equipan como una expedición al K-2. ¡Qué equivocado estaba! La primera prueba era un pared de roca de 70 grados y unos 10 metros, con una cadena como única ayuda a la ascensión. Esa sería la constante. Paredes de roca, cuerdas, cadenas, y la sensación de estar ascendiendo a un verdadero templo de ascetas. Por el camino, pequeños templetes suspendidos sobre pilares de madera ofrecían un respiro al peregrino, y unas maravillosas vistas del valle. El compañerismo surgía espontáneamente entre los escaladores, y todos se ofrecían a ayudar a aquellos con más dificultades, incluidos algunos ancianos que subían por fe, y por empuje. Cuando por fin llegué al último templo, literalmente suspendido en una oquedad de la montaña, un sentimiento de gozo me invadió. Por supuesto el sufrimiento de la ascensión contribuye a la alegría, pero también el hecho de encontrarse ante uno de los más bellos templos de Japón. Un monumento que te quita el aliento, y que afortunadamente todavía no figura en las guías de viaje, aunque si hiciesen escaleras o un funicular (Shakyamuni y compañía no lo quieran) seguro que rápidamente se llenaría de autobuses y tiendas de recuerdos.

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Impresionante

Contento y todavía embargado por la belleza, bajé ligero la montaña, rebajando a casi la mitad el tiempo estimado de 3 horas de caminata. Algo cansado por el esfuerzo, me senté con placer en la moto, dispuesto a dejarme llevar por carreteras locales entre montañas, y por una larga autopista que paralela a la costa, atravesaba campos de arroz y molinos de viento. Casi sin darme cuenta, el monte Daisen empezaba a perfilarse a lo lejos como si de una pequeña réplica del Fuji se tratase. La cercanía del monte sólo significaba una cosa: me encontraba cerca del museo de fotografía Shoji Ueda. Cuando tras subir una pequeña montaña por fin llegué al recinto del museo, me sorprendió encontrarme ante un parking vacío. Cuando me acerqué a la entrada mis temores se confirmaron: debido a la festividad de Golden Week, el horario habitual del museo había sufrido algunos cambios, y el día de hoy estaba cerrado. Maldiciendo mi mala suerte decidí no perder más tiempo y continuar el viaje, mientras mentalmente iba dibujando una nueva ruta que me trajera de vuelta.

En cuanto dejé atrás la prefectura de Tottori para pasar a la de Shimane, el creciente tráfico me recordó que me acercaba a un núcleo urbano importante: Matsue. La verdad es que al principio del viaje me había prometido el evitar los grandes centros urbanos en lo posible, aunque en Matsue había un monumento que quería visitar: la casa donde residió Lafcadio Hearn, restaurada y convertida en Museo.

La ciudad de Matsue descansa al lado del lago Shinji. Esta cercanía y el hecho de que es cruzada por varios ríos la confieren a veces la sensación de ser una pequeña isla rodeada de extensiones de agua interminables. Los accesos están bien señalizados, y el ambiente me pareció similar al de Kanazawa o Mito, aunque como sucede con todas las ciudades japonesas, la uniformidad se impone. El centro histórico esta muy bien conservado y preparado para el turismo. Tanto, que al llegar al parking del castillo, un amable voluntario octogenario me guió hasta el aparcamiento gratuito para motos situado en el interior del perímetro. Un lujo que no me terminaba de creer.

El castillo de Matsue, construido en 1611 es de los pocos castillos japoneses que no ha sido reconstruido de sus cenizas. Llama la atención que sea de color negro y no blanco, en parte por sus paredes cubiertas de madera. Junto al castillo, antiguos edificios Meiji intentan competir sin éxito con la sobriedad de un castillo que sigue siendo el principal reclamo de la ciudad. Paseando entre los cuidados jardines de alrededor del castillo atravesé un foso navegable surcado por pequeñas embarcaciones llenas de turistas, y me adentré en el conocido como "distrito de los samurai". Casas restauradas de antiguos samurai rodean al castillo reteniendo parte de la atmósfera de la época, y dando belleza al conjunto. Normalmente los castillos japoneses se encuentran aislados entre autopistas y edificios de hormigón, por lo que se hace raro poder pasear entre antiguas calles con el castillo de fondo como impasible guardián de la ciudad. Una de estas antiguas casas de samurai es donde vivió Lafcadio Hearn en 1890 cuando por primera vez llegó a Japón y fue contratado como profesor de inglés por la prefectura de Shimane. Sus quince meses en Matsue determinarían su percepción de Japón, y su vida: conoció a su mujer, Koizumi Setsu -proveniente de una de las casas de samurai cercanas, y se naturalizó japonés adoptando el nombre de Koizumi Yakumo, nombre por el que hoy en día todavía se le reconoce en Japón. La casa hoy en día es un museo que contiene objetos personales del escritor donados por su familia, así como fotos, libros, y un interesante árbol genealógico que muestra su descendencia hasta la actualidad.

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Entrada a la casa-museo de Lafcadio Hearn

Muy cerca de la casa de Lafcadio, en otra antigua residencia de samurai, encontré un restaurante con un bello jardín interior en donde descansé del largo día, probando la especialidad local: kamonasoba (sopa de fideos con pato). Tras la deliciosa comida, y arrullado por la fresca brisa del jardín y los sonidos del fuurin (pequeña campana mecida por el viento), tuve la tentación de tirarme en el tatami y reivindicar una patria tradición: la siesta. Sin embargo el tiempo apremiaba, y debía de llegar a Izumo antes de las 17h.

Siguiendo la carretera 431 fui bordeando el gran lago Shinji, que algo embravecido se asemejaba más al mar que a un lago de agua dulce. El santuario de Izumo (Izumo Taisha) no se encuentra muy lejos de Matsue, y se tardaría poco en llegar si no fuera por el intenso tráfico de visitantes que venidos de todo Japón acudan a visitar este sagrado recinto. Y no acuden sólo por devoción religiosa hacia el que es el segundo santuario sintoista más importante de todo Japón. Acuden también por superstición todos aquellos solteros a la búsqueda de pareja. Y es que el templo está levantado, además de a los miles de dioses (kami) que conforman el sintoismo, al dios Okuninushi no Mikoto, algo así como el dios del matrimonio. Por eso, a la hora de rezar y llamar al santo, en vez de las dos palmadas tradicionales, en Izumo Taisha se dan cuatro: dos de tu parte, y dos de tu futura pareja. Con semejante leyenda no es de extrañar que este santuario sea considerado el santuario del amor, y que cada año miles de jovencitas japonesas en edad de merecer viajen hasta este templo con la ilusión de encontrar un buen marido. Aunque me decepcionó no encontrar autobuses llenos de mujeres desesperadas por casarse, casualmente me encontré a un fortuito compañero de escalada que me acompañó durante la subida al templo de Sanbutsuji, y con el que departí animadamente sobre mis aventuras y las suyas, ya que al igual que yo, solitariamente había emprendido su periplo por Japón desde Yamaguchi.

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Templo de Izumo

Feliz por constatar que después de un par de días sin hablar todavía era capaz de articular sonidos, seguí mi solitario camino hacia el sur, hacia las minas de plata de Iwami. Aunque ya estaba atardeciendo, todavía quedaba algo de luz, por lo que opté por seguir la carretera 9, que bordeando el mar de Japón, ofrecía la perspectiva de un bonito atardecer. Volando entre acantilados y colinas, llegué al camping que me había fijado como destino. A la hora de elegir un lugar para acampar sólo tengo una premisa: que haya un balneario de aguas termales (onsen) cerca. Con eso en mente llegué al camping situado en Okidomari, cercano a las aguas termales del pueblo costero de Yunotsu.

Si el pueblo de Yunotsu está resguardado por una pequeña bahía, Okidomari es el pequeño cabo que sobresale. Una pequeña elevación que termina en una cala abierta al mar, en donde una zona de acampada gratuita comparte espacio con un merendero con barbacoas, y un edificio usado en verano como escuela de submarinismo. Se me hizo raro llegar a un sitio de acampada con luz natural, y no en plena noche cerrada como los últimos días. Dos tiendas y dos motos ya habían sido montadas, y mientras un japonés se afanaba en intentar encender un fuego, otro probaba suerte con la caña de pescar en la cercana playa. Feliz por disponer de toda la tarde libre, monté la tienda de campaña y me acomodé entre unas piedras de la rocosa cala para ver el atardecer. Acompañado por algunos ancianos parroquianos, todos en silencio observamos como el sol se iba hundiendo lentamente en el mar de Japón, para inmediatamente después, dispersarnos con una sonrisa y una plácida sensación que se vio interrumpida por los gritos de triunfo del motero que sacaba un enorme pez para la cena.

Dispuesto a tomarme una tarde de solaz sosiego, me dirigí al cercano pueblo de Yunotsu. Cuando había pasado por primera vez buscando el camping, pensé que me encontraba en el típico pueblo de pescadores, pero cuando en esta segunda pasada encontré la calle principal, me llevé una grata sorpresa. En una estrecha calle perpendicular a la costa, edificios antiguos de la época Meiji (s.XIX) bellamente conservados, acogían pintorescos baños públicos, cafés, restaurantes y ryokan. Fui paseando tranquilamente, acompañado por el sonido de los fuurin y las geta (sandalias de madera) de gente en Yukata cogiendo algo de aire antes de volver a un nuevo infierno de vapor. En un pequeño tronco tallado como un banco, improvisé una merienda y me deleité con la animación de esta estampa del siglo pasado, hasta que el rigo de gente comenzó a disminuir, y los ruidos de platos, palillos, y olores a miso anunciaban la llegada de la cena. Aprovechando la temprana cena japonesa, entré en el famoso onsen de Yakushiyu. Un terremoto en 1872 provocó la subida de las aguas termales hasta la superficie, y con ello la construcción de este edificio como baño público. Con el tiempo sus aguas curativas adquirirían fama, hasta el punto que hoy en día es uno de los 12 baños públicos de todo Japón, distinguido con la categoría 5 (la más alta) por la Asociación Japonesa de Spa y Aguas Termales. Las tres plantas del baño son un ejemplo de conversación y restauración. La primera alberga los baños, la segunda un pequeño café-galería de arte, y la última una terraza con bellas vistas de Yunotsu. Lo ostentoso de las estancias de aire art deco contrasta con la austeridad de la zona de baño. Como si el baño hubiese sido excavado en la roca, las aguas desprenden un particular aroma fruto quizás de su alto contenido calcio, sodio y cloratos, que dan además un sabor especialmente salado al agua. Compartiendo aguas con ancianos y curtidos hombres de mar, me relajé de un agotador día que había empezado temprano con una ascensión que ahora se me antojaba lejana.

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Calles de Yunotsu y onsen de Yakushiyu

Después del baño, y tras descansar un rato en la terraza, me dirigí al único restaurante abierto a "estas horas" (las 21h) según la encargada del onsen. Había decidido en esta tarde de relax que por la noche me daría un homenaje, y dejaría la frugal comida de campaña. El único sitio abierto no podía haber sido mejor. Como si estuviera fuera de lugar, un moderno restaurante de comida japonesa decorado al estilo minimalista que se impone en Tokio, era la única luz visible en la ahora casi en penumbras calle. El restaurante estaba animado con gente tomando una copa, café o incluso había algún otro despistado como yo al que se le había pasado la hora de la cena. Aunque no había especialidades locales para degustar, comí un tonkatsu (filete de cerdo empanado) que me supo a gloria, y tras charlar animadamente con la camarera y anotar todas sus sugerencias turísticas, me dirigí de vuelta a mi tienda.

Mis compañeros de acampada apuraban los últimos rescoldos del fuego, y los últimos trozos de un pez limón (en japonés buri, especie muy común) hecho a la parrilla. Al verme llegar me ofrecieron compartir con ellos su captura, y aunque ya había cenado, no pude decir no ante la oportunidad de un resopo con buena compañía bajo las estrellas, y animado por cigarras compitiendo en melodías con el mar.

Día 4 Hawaionsen - Yunotsu
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Distancia recorrida: 253 Km
Tiempo de viaje: 11h
Alojamiento: 0 yen

Octubre 10, 2008

japón oeste // día 3

Me despertó un rugido de motores. A la luz de la mañana comprobé que efectivamente el camping estaba al lado del mar, en plena bahía de Miyazu. Sus tranquilas aguas eran surcadas por pequeños veleros, y por potentes lanchas rápidas que salían de un embarcadero adyacente al camping. A la izquierda se distinguía una playa entre pinos sin construcciones que llamaba la atención en una bahía poblada de hormigón. ¿Sería el famoso brazo de de Amanohashidate?

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Amanohashidate desde el mirador

En cinco minutos llegué hasta el telesilla por el que se accedía al mejor mirador de Amanohashidate. Mientras subía pude comprobar que efectivamente ese brazo de arena y pinos que separaba la bahía de Miyazu era el famoso paisaje conocido como hakusha seisho (arenas blancas y verdes árboles). Famoso porque es uno de los tres más famosos paisajes de Japón (Nihon sankei), un centenario ranking que comparte con la isla de Miyajima en Hiroshima, y el conjunto de islas de Matsushima en Sendai. Amanohashidate se traduce como "las puertas del cielo", y dice la leyenda que si dando la espalda lo miras agachado entre tus piernas, serás capaz de ver las puertas al cielo. Todo el mundo en el mirador, independientemente de su edad, intentaba vislumbrar la entrada al cielo.

Se ve que no son muchos los turistas extranjeros que visitan Amanohashidate, ya que los ancianos guardas del parking incumplieron la regla de oro del timador profesional: "No vayas jactándote de tu timo con tu amigo, el guiri puede hablar tu idioma". Dejé a los guardias blancos de ira, y me dirigí al brazo de arena con la intención de atravesarlo. Por suerte no fue necesario infringir la ley, ya que aunque cortado al tráfico, bicicletas y motos de menos de 125cc pueden atravesar sus algo más de tres kilómetros de arena y pinos. Tranquilamente fui recorriendo el camino de tierra, parándome ocasionalmente a contemplar el paisaje.

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La senda de las puertas del cielo

Desde Amanohashidate atravesé una montañosa zona para llegar a Kinosaki Onsen, en la prefectura de Hyogo, un pequeño pueblo junto al río Murayama famoso por sus aguas termales. La zona de onsen se concentra en torno a un tranquilo canal flanqueado por árboles, bancos donde sentarse, y antiguos comercios y tiendas de souvenirs que te trasladan a eas épocas nostálgicas de un Japón recién salido de posguerra. Remojé mis pies en las aguas termales, y tras el descanso, continué mi camino en dirección a la prefectura de Tottori.

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Viaje al pasado: Kinosaki onsen

Atravesando una carretera flanqueda por aerogeneradores mecidos al son de la brisa del mar de Japón, me preguntaba cuando la vegetación empezaría a disminuir para dejar paso al famoso desierto de dunas de Tottori. La verdad es que en ningún momento cambio la típica frondosa vegetación japonesa, y sólo cuando llegué al parking del centro de turismo del desierto, percibí realmente que lo que tenía frente a mis ojos no era una playa grande, sino un pequeño desierto de 16 kilómetros de largo y dos de ancho. Acostumbrado al paisaje japonés, el ver esta árida extensión me sorprendió en parte por la novedad del paisaje, la enorme duna en donde la gente se veía como pequeñas hormigas, o quizás porque este fue el lugar en donde Ueda Shoji tomó sus mejores fotografías. El lugar es cada día asaltado por miles de turistas atraídos por la promesa de un paisaje que sin duda es único en todo Japón, convirtiendo este repositorio de arena de playa, en un pequeño parque temático en torno al desierto, en donde hay que pagar hasta por hacer una foto de los camellos que lo recorren.

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Imposible llegar a la maestría de Ueda Shoji

Contento por dejar atrás la marabunta turística, pasé por la laguna de Koyama y me dirigí al corazón de la prefectura de Tottori. Ya era tarde para intentar la subida al templo Mitokusan Sanbutsuji, por lo que me localicé un camping en los alrededores y me dirigí hasta allí. De camino pasé por el lago Togo, en donde me paré a ver un hermoso atardecer encaramado a una tradicional casa de pescadores. Cuando terminó el reconfortante espectáculo, dí un par de vueltas al lago hasta que por fin logré orientarme y pude localizar un camping escondido en una colina rodeada por campos de arroz. Al llegar al desierto camping por un estrecho camino, me sorprendió encontrarme en un camping gratuito limpio y bien conservado que hasta tenía zona de juego infantil con tirolina incluida. Aunque lo que me sorprendió fue el estruendo proveniente de una cascada al lado del parque. Sin siquiera quitarme el casco me dirigí a la cascada, y pude comprobar que era en realidad un santuario al que se accedía por un pequeño torii (característica puerta de entrada de los templos sintoístas) cubierto de musgo. No me fue difícil encontrar un lugar en donde acampar en este vacío camping, y tras considerar la idea una ablución bajo la cascada sagrada, me decidí por aguas más calientes, y me dirigí a un pequeño pueblo llamado Hawai-onsen. El nombre no es casual, ya que la provincia en donde me encontraba (Yurihama) está hermanada con Hawai. Aunque se ve que la relación no es tan próspera como debiera parecer, ya que al lado del lago Toga, una enorme reproducción de la Ciudad Prohibida de Pekin se anuncia como el principal reclamo turístico de la zona. Tras un relajante baño en las aguas termales de un pequeño ryokan, volví a mi tienda a dormir protegido por el estruendo místico de la cascada, y el suave arrullo de unos árboles que apenas dejaban entrever el cielo estrellado.

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Caseta de pescadores sobre el lago Togo


Día 3 Amanohashidate - Hawaionsen
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Distancia recorrida: 228 Km
Tiempo de viaje: 10h
Alojamiento: 0 yen

Septiembre 19, 2008

japón oeste // día 2

Tras una agotadora primera jornada de viaje, dormí del tirón en la espaciosa habitación de tatami del albergue. No llegué a tiempo para las habitaciones compartidas, pero para mi sorpresa, la habitación individual resultó ser limpia y funcional. Apurando la hora de salida y con buen tiempo, en menos de diez minutos me planté en el santuario de Atsuta.

De todos los santuarios sintoistas de Japón, este de Nagoya es el tercero en importancia tras el de Ise e Izumo. En Atsuta se guarda una espada que según la leyenda la encontró el dios sintoísta Susano en la cola de un dragón de ocho cabezas. Este tesoro mitológico, junto con un espejo y una joya, son los tres tesoros japoneses que dan legitimidad a la milenaria estirpe imperial. La joya se guarda en el santuario de Ise y el espejo en el palacio imperial de Tokio.

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Templo de Atsuta

Como todos los santuarios sintoistas, el de Atsuta esta rodeado de un frondoso bosque que hace sumergirte en esa paz espiritual de raíces animistas, origen del sintoismo. Por grandes avenidas de tierra se accede a un recinto sagrado que poco se diferencia del de otros santuarios. Quizá el único signo diferencial de este santuario son los gallos, que salvajes, pululan cacareando por el recinto a sus anchas, enzarzándose ocasionalmente en furtivas peleas. Por supuesto, la famosa espada no está expuesta al público, y ni si quiera existen fotografías. Al menos, paseando por el recinto descubrí un legendario árbol plantado por el mismísimo Kobo Daishi hace más de 1300 años. ¿Quizás una señal de buenaventura?

Mi siguiente parada fue el castillo de Nagoya, uno de esos castillos reconstruidos durante la posguerra, que parece hecho siguiendo el mismo patrón que los de Osaka, Hiroshima, Kokura, etc Al menos, el de Nagoya tiene la singularidad de que su tejado está coronado por dos estatuas de oro representando a un shachihoko, un animal mitológico con cabeza de tigre y cuerpo de pez. Aunque las estatuas son también reconstrucciones, son el símbolo y orgullo de una ciudad llamada a ocupar un papel relevante en este siglo, como muestran sus desafiantes rascacielos junto a la estación central. Capital de la industria automovilística japonesa, y situada entre Osaka y Tokio, esta ciudad de amplias avenidas será sin duda el motor económico que empuje (con el permiso de Fukuoka) una locomotora japonesa algo renqueante por el inminente colapso de Tokio, y el ya ocurrido de Osaka.

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Castillo de Nagoya. Bonito pese a ser nuevo

En el noroeste de Nagoya se encuentra el pequeño pueblo de Inuyama y su castillo, el más antiguo de Japón (siglo XVI), y de los pocos que sobrevivieron a las bombas aliadas. Aunque pequeño, su magnífica situación en lo alto de una colina bordeada por el río Kisogawa engrandece su presencia, y le dota de una particular belleza que no tienen otros castillos más famosos. El castillo está abierto al público, y el interior restaurado nos muestra empinadísimas escaleras, espacios estrechos, techos bajos, y unas vistas de la planicie de Nobi que quitan la respiración. Una experiencia obligada, que se verá doblemente recompensada si se recorren las vetustas casas de samurai de los alrededores, o el apacible jardín yurakuen.

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Castillo de Inuyama. Imprescindible.

Mientras me marchaba por la carretera paralela al río y veía al castillo alejarse, no podía evitar pensar en la fantástica foto que hubiese conseguido si me hubiese esperado hasta el atardecer, para retratar a contraluz el torreón desafiante rasgando un cielo sangre. Pero el tiempo apremiaba y los lugares por visitar eran muchos, así que emprendí el camino de nuevo sin ser consciente de que la carretera me depararía una sorpresa. En dirección al lago Biwako, me topé con Sekigahara, lugar donde aconteció una de las batallas más sangrientas de la historia de Japón el 21 de Octubre del 1600. Tokugawa ieyasu fue el vencedor de una batalla que cambiaría la historia, unificando finalmente Japón y dando comienzo al periodo conocido como Tokugawa (o Edo) que duraría más de doscientos años. Hoy en día el lugar de la batalla es una gran planicie jalonada de campos de arroz, en donde varios monumentos y placas conmemoran a los vencedores y caídos.

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Sobre la colina, imponente el castillo de Inuyama

Siguiendo por la carretera 21 llegué por fin a la prefectura de Shiga y al lago Biwa, el más grande de Japón. Un mar interior que alcanza más allá del horizonte, imposible de abarcar con la mirada. Acercarse a este lago es confundir a los sentidos. Por un lado, la vista identifica esta enorme extensión con un mar de tranquilidad sin apenas oscilaciones, mientras que por otro lado, la falta de olores salinos y de la característica pegajosa humedad marina, hacen que no sepamos bien ante que nos encontramos. Con todo, un paisaje precioso el de este lago rodeado de montañas, y en el que la metereología no me permitió bañarme. En otra ocasión será.

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Embarcadero en el norte del lago Biwako

Fui bordeando el lago en el sentido contrario a las agujas del reloj hasta mi próximo destino, un jardín zen situado en la ciudad de Takashima. Para llegar, hay que atravesar una pequeña zona de montañas desde la que primero se divisa el lago Biwa, para luego meterse en las profundidades de valles y bosques. Lejos de ser una carretera tortuosa, los ingenieros simplificaron el proceso e hicieron una carretera en línea recta (367) que cruza en perpendicular toda la serranía. Una carretera entre pinos, que especialmente bajando a más de cien hora por la montaña, hace que se te meta el frío hasta los huesos. Casi tiritando llegué al pequeño templo de Kosoji, antiguamente conocido como Shurinji, situado al pie de las montañas Hira. En el recinto de este templo estaba el jardín que sirvió de inspiración al discípulo de Kobori Enshu, para crear el famoso jardín de la villa imperial de Katsura. Un jardín famoso por la singular angularidad de su laguna, y sus disposiciones rocosas que semejantes a islas se comocían como tsurujima (isla de grulla) y kamejima (isla de tortuga). Decían las crónicas históricas que la belleza de este jardín era tal, que se asemejaba a "Hourai Shinsen", una legendaria tierra de inmortalidad, en donde se suponía que residían los alquimistas chinos. Pero a pesar de que este jardín zen fue mencionado por la revista Brutus en su lista de los 45 mejores ejemplos de arquitectura tradicional japonesa en Septiembre del 2007, este lugar ha pasado a mejor época. Quizás por la falta de turistas de este recóndito templo, el jardín ha sido abandonado a su suerte, y la maleza desfigura lo que debió ser un precioso jardín zen con vistas a las montañas. Todavia quedan restos de su época de esplendor, como una destartalada taquilla, y un enmohecido cartel con entradas a 300 yenes.

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Lo que queda del otrora bello jardín de Shurinji

Decepcionado por desviarme 40 km de mi ruta con el fin de ver un futuro descampado, emprendí el camino de regreso por el mismo puerto por donde había bajado. Ante la perspectiva de volver a congelarme de frío, decidí tomar algo caliente en un curioso café llamado "Loft Cafe" por el que había pasado en el empiece de la subida al puerto. El café, aislado en el bosque en un claro de la carretera, resultó ser un lugar con solera. De sus paredes de casa prefabricada colgaban clásicos vinilos de jazz perfectamente embalados, y fotos de concentraciones moteras y coches de época. Dos parroquianos eran el único aforo del pequeño local atiborrado de recuerdos, y pronto empecé una anima conversación en torno a motos, rutas, y detalles más personales de esos que gustan indagar a la gente de pueblo. Sin darme cuenta la noche se me había echado encima, y todavía me quedaban por recorrer cien kilómetros hasta mi destino. Aunque me invitaron a pasar la noche en tan curiosos enclave, la carretera me urgía continuar con mi ruta, y con pena, decidí reemprender la marcha reconfortado no tanto por el café como con el calor humano.

Volando por carreteras desiertas, llegué a Amanohasidate. Acampé en un camping gratuito que por la guía parecía estar al lado del mar, y me dirigí al onsen (aguas termales) más cercano a quitarme el todavía insistente frío del puerto de montaña. Relajado y cenado me acosté con el lejano murmullo del mar y las estrellas. ¡Por fin dormía al aire libre!

Día 2 Nagoya - Amanohashidate
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Distancia recorrida: 285 Km
Tiempo de viaje: 11h
Alojamiento: 0 yen

Mayo 29, 2008

japón oeste // día 1

Para salir de Tokio con dirección a la región de Chubu siguiendo carreteras nacionales hay dos opciones: nacional 1 o nacional 246. A la altura de Numazu, una vez pasada la península de Izu se convierten en una sola, la nacional uno, por lo que la diferencia estriba entre atravesar el puerto de Hakone siguiendo la uno, o dar un pequeño rodeo al puerto siguiendo la 246. Siendo como era un soleado domingo, decidí evitar a los domingueros que infestan la carretera uno dirección a Yokohama y Hakone, optando por una 246 que para mi sorpresa apenas presentaba tráfico.

La salida de Tokio es bastante monótona. Una sucesión interminable de edificios de viviendas, restaurantes y autopistas elevadas que lo mismo van paralelas a la carretera, o desaparecen y reaparecen sin lógica aparente. Sólo a la altura de Atsugi, a unos cincuenta kilómetros de la capital, el paisaje muestra signos de cambio. Quizás por la cercanía de la base aérea norteamericana, Atsugi presenta el aspecto de un pueblo grande de los suburbios americanos. Restaurantes drive-thru por doquier, profusión de letreros en inglés, y cierta amplitud en la distribución de las calles en donde algún descampado se mantiene estoico contra el furor inmobiliario de una zona no tan lejana a Tokio. Y no sólo el paisaje, también la gente de este lugar, que he podido conocer en otras ocasiones, es de un proselitismo yankee sorprendente incluso para la media japonesa.

Pasado Atsugi la atmósfera se dilata y por fin el olor a campo se hace notar. Son las zonas de montaña de Oyama y Naeba, zonas verdes de la prefectura de Shizuoka, famosas por sus ríos, zonas de camping, y en el caso de Naeba, por un outlet (centro comercial de descuento) que es lugar de peregrinaje obligado para miles de tokiotas a la búsqueda de gangas.

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Mar de Enshu-nada, a la altura de Hamamatsu, prefectura de Shizuoka

Una vez pasado Numazu, me encontré con una estampa típica del sudeste asiático: la de campos de arroz flanqueados por enormes fábricas expeliendo humo. Tradición y progreso. Me encontraba en Fuji. Pese a su nombre, tomado de la famosa y cercana montaña, son raros los días que la famosa silueta del monte consigue traspasar la contaminación de la ciudad. Un conjunto interminable de fábricas, que convierte el paso por esta ciudad en una desagradable experiencia de olores desagradables, hollín en suspensión y un opresivo ambiente que desde luego no huele a progreso, sino a revolución industrial. Afortunadamente, una vez pasado este pueblo, la carretra se abre a la bahía de Suruga, y la brisa del mar refresca los poco antes oprimidos pulmones. Recuperado el aliento, atravesé Shizuoka y los dos grandes ríos que la flanquean, el Oigawa y el Tenryogawa. Siguiendo por la ruta, llegué a Hamamatsu y al lago Hamana, originalmente un lago de agua dulce, que por diversas causas naturales se mezcló con las saladas aguas del cercano mar de Enshu-nada. Famoso por sus anguilas y su diversidad natural, Hamamatsu es también una zona que alberga una de las mayores comunidades brasileras de Japón, que se hace notar a base de restaurantes y locales patrios, además de anuncios bilingües que denotan una mezcla atípica en la homogeneidad de este país.

A unos 50 km de Nagoya localicé dos camping en la guía Mapple situados en Kotamachi. Según la guía eran camping salvajes y gratuitos (literalmente), por lo que sin duda el lugar perfecto para pasar la noche. Tras casi dos horas de búsqueda entre caminos de montaña, encontré un hotel y tras preguntar me dijeron que ambos camping llevaban cerrados un par de años y que era imposible acceder a ellos. Primer punto negro de una guía edición del 2008, que de actualizada sólo tiene las tapas. No habiendo por la zona más lugares de acampada, decidí ir al Albergue juvenil de Nagoya. In extremis conseguí llegar a las once de la noche, justo en el mismo momento en que acaban de cerrar la puerta. Suerte que se apiadaron de mi y me dieron habitación para poder pasar la noche, aunque desperdiciar una bonita noche entre cuatro paredes no me hacía augurar nada bueno.

Día 1 Tokio - Nagoya
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Distancia recorrida: 417 Km
Tiempo de viaje: 11h
Alojamiento: 4400 yen

Abril 27, 2008

into the wild

"To the desert go prophets and hermits; through deserts go pilgrims and exiles. Here the leaders of the great religions have sought the therapeutic and spiritual values of retreat, not to escape but to find reality" - Paul Shepard

A punto de comenzar las vacaciones de GW, decido estirarlas un poco más para escaparme una vez más de la megalópolis. La moto a punto: Carretera y manta. Son muchos los lugares que quiero visitar, aunque el principal es llegar al desierto de Tottori, y que mi vista se pierda en el horizonte de dunas y océano, para después recrearme en el Museo de fotografía de Ueda Shoji buscando los detalles que sólo su cámara capto.

"Being footloose has always exhilarated us. It is associated in our minds with escape from history and oppression and law and irksome obligations, with absolute freedom, and the road has always led west..." - Wallace Stegner

Siempre al oeste y con lo justo. Tienda de campaña, saco de dormir, un par de cámaras, film en abundancia, las guías Mapple para no perderse, y un libro como compañía: "Into de Wild", de Jon Krakauer. Un libro de huida que aunque no me conducirá a Alaska, espero que no me haga desaparecer sumido en los mismos impulsos "thoreaunianos" que llevaron a la inanición a Christopher Johnson McCandless aka "Alexander Supertramp". Hasta que desaparezca en el bosque, iré mandando fotos con el móvil, como crónica visual de esta pequeña evasión.

http://ameblo.jp/tokionikki

Marzo 18, 2008

escapada // Atami. Hakone

Tímidamente la primavera se va abriendo paso, y con el buen tiempo llega el momento de volver a echarse a la carretera. A falta de cerezos para ver, la excusa era visitar un parque de ciruelos en flor de Atami, en la península de Izu. Y digo excusa porque lo que en verdad queríamos era comer carretera, tomar curvas, y en definitiva, conducir por placer y sin destino. Como siempre, enfilamos la nacional uno (国道1号) dirección Yokohama. Una ancha carretera que saliendo de Tokio por Gotanda pasa por Kawasaki y llega hasta Yokohama (a la altura de Higashikanagawa) donde por fin empiezan los bypass, de pago desafortunadamente. Con motivo del maratón de Shonan muchos de estos bypass estaban cerrados, y hasta la altura de Odawara no pudimos por fin coger el seisho bypass, una bella carretera pegada a la costa que conecta con la 135 hasta Atami. Recorrido que pese a conocérnoslo de memoria, no podemos evitar el que se pierda nuestra mirada unas décimas en el horizonte.

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El Atami Baien es un pequeño parque a las afueras de Atami con más de cien años de historia, y que cuenta con algo más de 700 ciruelos de varias especies, además de otros árboles, flores, y otros elementos que no pueden faltar en un parque japonés como son los puentes y cascadas. Y como curiosidad, el parque cuenta desde el 2000 un jardín coreano estupendo para echarse la siesta después de comer un udon del restaurante de la entrada.

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Descansados y comidos seguimos nuestro camino por la carretera 11, conocida como carretera de los ciruelos, y que subiendo la montaña enlaza con la carretera 20 que lleva a Hakone. Cuando por fin subimos la ladera del cráter que es Hakone nos llevamos una bella sorpresa: un blanquísimo monte Fuji presidía a lo lejos el paisaje de este claro día primaveral. Decidimos enfilar entonces por la carretera conocida como Ashinoko skyline, una carretera de peaje que bordeando en altura al lago Ashinoko ofrece unas maravillosas vistas del lago y del monte Fuji. Pese a que se empezaba a notar el frío de la montaña, fue una delicia conducir de frente al Fuji, como si por momentos pudiésemos trazar una línea recta hasta tocarlo.

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Tras bordear el lago, de vuelta a la nacional uno, y pincho de tortilla café con tarta en el hotel Fujiya, parada obligatoria siempre que se pasa por Hakone. Para mi sorpresa la moda de las bodas ha llegado hasta este hotel, y una fea capilla al aire libre turba la paz del bello jardín. Aún así, disfrutamos del descanso y del café, última parada antes de volver a la carreta y a los bypass que nos llevarían de vuelta a Tokio.

escapada // Atami. Hakone
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Distancia recorrida: 260 Km
Duración del viaje: 11 horas

Diciembre 12, 2007

domingos

Es una opinión personal, pero de momento el otoño no está siendo demasiado riguroso. Hace frío, sí, y se nota bastante en estas casas sin aislante ni calefacción, pero al menos los tímidos rayos de sol de la mañana calientan algo, y por la noche no hace un frío ni un viento demasiado gélidos. De momento, porque las previsiones para este año es que nos espera un invierno más frío de lo habitual. Lo mejor es que últimamente no llueve, por lo que los domingos son días idóneos para hacer alguna escapada y "dominguear" un poco.

Otaki, Chiba
Que conste que no me llevo comisión por parte de la oficina de turismo de Chiba, pero la verdad es que es una prefectura con bastante encanto y no tan masificada como Kanagawa. El último fin de semana de noviembre estaba marcado en los calendarios tokiotas como el momento de ver el cambio de color de las hojas de arce. Desde hace tiempo era imposible conseguir habitación de hotel en alguno de los más famososo emplazamientos, y las noticias informaban de kilométricos atascos en los accesos a Hakone. Asi que nos reunimos de nuevo los ya habituales moteros, y decidimos ir a Yorokeikoku, un famoso valle en el centro de la península de Chiba, en el término de Otaki. Al sol de la mañana tuvimos un viaje tranquilo y placentero, y cuando dejamos la "bay shore route" y nos adentramos en el campo, por fin empezamos a disfrutar de aire puro y del típico paisaje rural japonés ¡a menos de cien kilómetros de Tokio!. Yorokeikoku es una zona de colinas en donde el río Yorogawa ha excavado caprichosamente la roca formando curiosas cascadas y espectaculares gargantas entre los árboles. Es una zona particularmente famosa para ver el momiji (cambio de color de las hojas), y muchos son los autobuses y coches particulares que se agolpan en las estrechas carreteras de acceso. Aunque se nos hizo tarde y o llegamos a ver el famoso castillo de la zona, disfrutamos de una templada mañana de domingo al aire libre, y de un udon (caldo de fideos gruesos) que nos supo a gloria.

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Río Arakawa
Es este río uno de los pocos lugares a donde inevitablemente siempre vuelvo. Uno de esos lugares en donde evadirse y disfrutar de uno de esos lugares de extrarradio en donde una naturaleza salvaje de descampado lucha por alborotar en su confinamiento de hormigón. No está muy lejos el Arakawa de mi casa, a unos escasos 10 kilómetros, aunque la falta de tiempo reducen mis vistas a un par de horas que en épocas de buen tiempo aprovecho para sestear, leer o simplemente evadirme con la mirada fija en el fluir del agua. Pero por fin se me presentó un domingo con tiempo, y decidí coger la bicicleta y remontar el río como antaño. Tranquilamente y con numerosas paradas aproveche los cálidos rayos de la mañana durante los cincuenta kilómetros que duró mi recorrido, en plena provincia de Saitama. Una bonita excursión.

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Octubre 11, 2007

escapada // Izu

Más de un año ha tenido que pasar desde aquel viaje por Tohoku y Hokkaido, para que por fin David se haya podido unir con su flamante montura a una escapada de Tokio. Vino también Emilio, nuevo en esto de las escapadas, aunque tras el "aguado" parto ya es todo un veterano. No fue la única novedad, ya que esta vez nuestras espaldas iban bien resguardadas...

Si al este de Tokio esta la península de Chiba, al oeste se encuentra la de Izu, famosa por sus playas, sus aguas termales, y por ser uno de los destinos favoritos de los japoneses en cuanto a pequeños viajes se refiere. Está bien comunicada con Tokio por shinkansen (tren de alta velocidad), autopista, y por autovías que aún siendo de pago resultan más baratas que las autopistas. Aunque la predicción del tiempo parecía que no nos iba a acompañar, aprovechando el lunes festivo (día del deporte) decidimos arriesgarnos y salir hacia Shimoda una soleada mañana de domingo.

Fue un viaje placentero y tranquilo con parada en Atami para comer, disfrutando de una carretera (135) que bordeando la costa ofrecía bellos paisajes del mar, de pequeños pueblos de pescadores, o de colinas cubiertas de verde. En Shimoda degustamos en un izakaya local (bar) los famosos pescados de la zona, y tras la cena y el baño de rigor en las aguas termales de la pensión, caímos rendidos en los futones, sin ser apenas conscientes de que nos tocaba pasar la noche en un siniestro sitio que recordaba a la película "El resplandor".

Sanos y salvos nos despertamos con el ruido de los obreros trabajando en ese hotel a medio construir, y tras el desayuno estilo japonés nos armamos de valor para afrontar el viaje en una lluviosa mañana de lunes. Lo que era un chirimiri derivó en una tormenta que nos hizo parar en una gasolinera para replantearnos la ruta. Desistimos finalmente de bajar hasta Irozaki, la zona de acantilados del sur de Izu y nos dirigimos directamente a las aguas termales de Oodaru. La perspectiva de un baño caliente fue el aliento que consiguió volver a poner en marcha nuestros cuerpos entumecidos.

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Oodaru onsen está situado bajo la curiosa carretera en espiral conocida como Kawazu Nanadaru, puente que marca el comienzo de la zona conocida como de las siete cascadas. Son unos parajes muy familiares para mi que he visitado repetidas veces, siempre con el oculto deseo de impregnarme de la misma belleza que cautivó a un joven Kawabata Yasunari, y que le llevó a escribir unas de las más bellas páginas de toda su obra: el pequeño relato de la bailarina de Izu (Izu no odoriko). Aunque esta vez no pudimos adentrarnos en los bellos parajes salpicados de cascadas de Amagi, disfrutamos de una reconfortante comida en un ryokan junto a las aguas termales, y por supuesto de un baño bajo la lluvia sobrecogidos por la belleza de una cascada que con su sonido amplificado por el abrupto valle, invita más que nunca a buscar resguardo en las calientes aguas exteriores, o en las más apacibles de las grutas.

Renovados y con la desidia de tener que conducir bajo la lluvia emprendimos el viaje de vuelta a Tokio. Para nuestra sorpresa pronto dejó de llover, y el viaje recuperó parte de su encanto. Y salvo un enorme embotellamiento a la salida de Odawara, fue un viaje de tráfico fluido y rápido. Rápido como el pasar del tiempo en Izu...

escapada // Izu
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Distancia recorrida: 450 Km
Duración del viaje: 2 días
Alojamiento: 3700 yen

Septiembre 27, 2007

escapada // Chiba

Es septiembre un mes en el que abundan los lunes festivos, y si el tiempo además acompaña, que mejor que coger la tienda de campaña e irse a respirar un poco de aire fresco. Para muchos japoneses, el decir que te vas de fin de semana a Chiba causa el mismo efecto que si un madrileño dice que se va a Leganés. Y es que para muchos Chiba no son más que enormes ciudades dormitorios, un aeropuerto (Narita) y un Disneylandia. Pero aunque suene a reclamo turístico, la prefectura de Chiba es mucho más. Es una península más grande que el área de Tokyo y Kanagawa juntas, y el segundo productor de vegetales japonés tras Hokkaido.

De Chiba ya conocía su parte este, esa que da al pacífico con su famosa playa Kujukurihama que se extiende por kilómetros de arena blanca desde el cabo de Inubo. Por lo que esta vez, cogí la moto y decidí volver al sur y conocer más a fondo una parte que conocí una vez de pasada cuando desde Kanagawa, atravesé la bahía de Tokio bajo tierra maravillado por esa obra de ingeniería que se conoce como aqualine. Una colosal construcción que sin embargo apenas tiene afluencia de tráfico . Un coche debe de pagar 3000 yenes (18 euros) por usar este túnel. Precio que disuade a muchos conductores que optan por usar el ferry. Y pese a los descuentos de hasta el 50% los fines de semana y muchos días de verano, no parece que el número de usuarios del aqualine se haya incrementado.

Desde Tokio y por la "Bay shore route" (carretera de la costa) el acceso a Chiba es rápido y cómodo, disfrutandose de una vía ancha de tráfico fluido. Una vez que se enlaza con la ruta 127, por fin se tiene la sensación de entrar en el campo, y la conducción por las pequeñas colinas que bordean la bahía de Tokio es una recompensa y un respiro tras haber estado inhalando humo. Tranquilamente y parando para comer y disfrutar del paisaje llegué hasta el primer destino turístico: La montaña Nokogiri-yama, o montaña dentada.

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Jigoku-nozoki, una ojeada al infierno en Nokogiri-yama

El acceso a la cima de esta montaña se puede realizar bien en coche (motos prohibidas), funicular o por supuesto andando. Es famosa esta montaña por sus afilados picos con increibles vistas sobre la bahía, y por albergar el templo Nihonji, famoso por su estatua de Buda excavada en la montaña de 31 metros, una de las más grandes de Japón y el doble de alta que las famosas estatuas de Buda de Nara y Kamakura. Acompañando a este Daibutsu, en el recinto del templo hay además más de 1500 pequeñas estatuas. Recorrer la escarpada cima andando lleva algo más de hora y media, y aunque las escaleras pueden llegar a cansar por momentos, es un recorrido que merece la pena.

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El Daibutsu de Nihon-ji

Una vez terminada la visita, cruce esta parte de la península conocida como Minami-Boso por una pequeña carretera comarcal (34) que va sorteando las pequeñas colinas del interior hasta llegar a la zona de Kamogawa, zona conocida por su famoso acuario y sus espectáculos con delfines, ballenas y orcas. Una visita que merece la pena. En la zona hay también varios camping bien acondicionados, aunque por ser un destino cercano y lleno de domingueros, son bastante caros. 2500 yenes por persona. Al final planté la tienda en el Camping hills Kamogawa, un camping con bonitas vistas y aguas termales exteriores. Tras la cena de rigor saboreando las especialidades locales de pescado, que mejor que relajarse en las aguas termales antes de dormir respirando aire puro.

De camino a la playa de Onjuku pase por Oyama Senmaida, un sitio incluido entre las cien terrazas de arroz más bonitas de Japón, aunque debido a la época la vista era de un monte normal y corriente, aunque pude ver en fotos que cuando se llenan de agua para plantar los primeros brotes de arroz, la vista si que merece la pena. Onjuku es hoy día famoso por sus playas de arena blanca y aguas cristalinas, frecuentadas por surferos y familias que han elegido este enclave cercano a Tokio (unos 100Km) como segunda residencia. Pero este pequeño pueblo encierra una pequeña historia que mucho tiene que ver con España y con México, como lo muestra una torre conmemorativa a México construida en 1928, y un hermanamiento con Acapulco desde 1978. Sin embargo, el que es en realidad el símbolo de este pequeño pueblo costero es el conjunto monumental conocido como "Desierto de la luna" y que representa a un príncipe y a una princesa árabe en camellos, aunque desde lejor a mi me parecía estar viendo a Gaspar y Baltasar buscando a Melchor. Aparte de visitas culturales, lo mejor es tirarse en la arena y disfrutar de un día de playa en la que en mi opinión es la mejor playa a la que se puede ir desde Tokyo. Mejor que Chigasaki, Zushi y Kujukurihama.

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Tsuki no sabaku, desierto de la luna


escapada // Chiba
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Distancia recorrida: 350 Km
Duración del viaje: 2 días
Alojamiento: 2500 yen

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Julio 28, 2007

shikoku

Recorrer esta no tan pequeña isla, con una densidad de población mayor que Hokkaido y Tohoku, es perderse por antiguos caminos apenas asfaltados que conducen a pequeños pueblos enclavados en la montaña, que mantienen el sabor de las tradiciones centenarias y el encanto de lo antiguo. Sin duda, descartando las cuatro capitales de provincia de la isla, es Shikoku el lugar donde mejor se conserva la esencia de ese Japón tradicional, eminentemente rural.

En los casi dos mil kilómetros de recorrido por Shikoku, no todo fueron templos. Y es este un extracto a modo de síntesis de lo que fue la parte menos espiritual del peregrinaje.

Transporte. Desde Tokio, un ferry con destino final en Kitakyushu hace escala en el puerto de Tokushima en Shikoku. Es Golden Week, y antes de embarcar la concentración de motos es impresionante. Quizás por ser una época en la que todavía hace frío en Hokkaido -destino motero por excelencia-, la gente opta por Shikoku para disfrutar de un tiempo benigno al contraste del mar y la montaña, quedando el peregrinaje por los templos como algo secundario y apenas frecuentado. El trayecto de unas veinte horas no se hace demasiado largo. Se observa en todo momento desde el barco el perfil de la costa de Honshu, por lo que nunca se tiene la sensación de estar perdido en medio del océano. No es un barco con demasiados lujos, aunque tiene un baño público en donde relajarse, y un restaurante en donde poder comer algo caliente y más consistente que las comidas de máquina expendedora de otros ferrys.

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Embarque en el "Ocean West", muelle de Kiba, Tokio

Las carreteras estan bien conservadas y no tienen ni demasiado tráfico ni demasiados semáforos, por lo que usar la autopista de peaje no es realmente necesario a no ser que se tenga una urgencia. Con las carreteras provinciales y comarcales, es otra historia. Usando la guía Touring Mapple (la biblia de los moteros japoneses) no se puede saber la condición de la carretera, y a veces hay vías locales que podrían pasar perfectamente por carreteras nacionales, aunque es una excepción. Por lo general, este tipo de vías suelen tener un sólo carril, y el asfalto suele estar en malas ocasiones, llegando incluso a ser una pista de tierra enlodada. Incluso las subidas a muchos templos de montaña, son un verdadero calvario. Lo mejor por seguridad es usar las vías nacionales lo más posible, a pesar de perderse pueblos apenas transitados que parecen salidos de la película "La balada del Narayama", paisajes de infarto en donde observar las grandes planicies formadas por alguno de los ríos de Shikoku, o acantilados en donde la pequeña carretera es una brecha entre el mar y los verdes e inmutables bosques. En especial, merece la pena tragar un poco de barro y meterse por la 242 en Yoshinogawa que recorre las entrañas de la montaña; la 147 o sanrai, que paralela a la costa atraviesa pequeños y aislados pueblos de pescadores, y mira siempre de reojo la inmensidad de un océano pacífico que no parece tan manso desde la altura; la 47 que recorre la costa de una pequeña península de entre Tosa y Susaki, carretera que parece tocar el cielo, suspendida sobre un lejano infierno de aguas azules que sulfuran penachos de espuma blanca; cualquier carretera de la zona de Kumakogen, en la profundidad de las montañas del interior de Shikoku, muchas de las cuales compiten por el espacio con pequeños arroyos, que camino al mar buscan su paso por inaccesibles gargantas; caminos del interior de la provincia de Sanuki, que entre naranjos y mandarineros, se asemeja a un paisaje extraído de la huerta valenciana.

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El camino de cabras que fue la 242 atravesaba una "Wildlife protection area" de la prefectura de Tokushima

Capítulo merecen a parte los puentes. Empezando por el conjunto de puentes de Seto, el puente de dos niveles más largo del mundo; o los puentes que apoyándose en la isla de Awaji, conectan Kobe con Naruto, siendo uno de ellos el puente suspendido más largo del mundo, y desde donde se ven los famosos remolinos de Naruto, en la confluencia entre el oceáno pacífico y el mar interior. De entre todos los puentes, en especial merece la pena el de Uratohashi en la entrada de la bahía de Kochi, un puente situado a una gran altura, desde donde se obtienen unas fabulosas vistas de la ciudad y la bahía. Aunque si se tienen miedo a las alturas, también se puede atravesarse la bahía en un pequeño ferry gratuito, exclusivo para bicicletas, caminantes y motos de no más de 125cc. Y ya en Kochi, de visita obligada es el pequeño y turístico puente de Harimaya, testigo según el folclore local de la prohibida historia de amor entre un sacerdote budista y una chica del lugar.

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Atardecer en Kochi con el puente de Uratohashi al fondo

Alojamiento. Yendo como iba con la tienda y el saco, mi prioridad de alojamiento eran los camping. Los hay en Shikoku de todo tipo, desde caros camping familiares con aguas termales, piscinas, pistas de tenis, lavandería, etc... hasta pequeñas zonas de acampada gratuitas en parques urbanos cuyas facilidades se reducen a un trozo de césped en donde colocar la tienda. Aunque me encontré muchos camping cerrados por no estar todavía en la temporada de verano, no fue difícil encontrar una alternativa de camping gratuita sin necesidad de moverse mucho. Por lo que al final la acampada resultó gratuita en todo momento.

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Atardecer en el camping junto al río Shimantogawa

De todos los camping, me sorprendió el de Muroto. Un camping gratuito situado en la cima de un acantilado desde donde se domina toda la bahía de Tosa, convertida hoy día en el parque costero nacional de Muroto-Anan. Este camping de reciente construcción cuenta con duchas, tomas de corriente y zona de barbacoa, aunque sin duda lo mejor es dormir viendo las estrellas arrullado por el sonido del mar rompiendo en la costa. Cercano a la ciudad de Kochi, en concreto al monumento a Sakamoto Ryoma se encuentra el parque de Tanezaki, un gran parque frente a la costa con una zona de acampada libre que no suele figurar en los mapas. De hecho, la zona del parque en donde esta permitida la acampada esta tomada por las típicas chabolas de plástico azul de los vagabundos japoneses (¿Por qué todos los vagabundos en Japón usan el mismo plástico azul?), y los escasos campistas (en su mayoría moteros) nos agrupamos en círculo al modo de las caravanas del oeste americano, como si quisieramos buscar una protección frente a unos por otro lado pacíficos vagabundos. Y también merece la pena acampar en las riberas del río Shimantogawa a su paso por Shimoda, un bello y gratuito camping a la vera de este famoso río.

Y si los días de lluvia impiden dormir a cielo raso, la oferta de hoteles es numerosa, en especial en las capitales de provincia: Tokushima, Kochi, Kagawa y Ehime. En estas ciudades la oferta de baratos bussines hotel es abundante, e incluso si te encuentras en plena temporada alta de Golden Week, sin reserva y con todos los hoteles completos, no es difícil encontrar a partir de las 23h un barato love hotel con todas las comodidades.

Gastronomía. La especialidad más famosa de Shikoku es sin duda el udon: gruesos fideos de trigo que se comen en una sopa que puede ser de diferentes sabores. Y aunque en toda la isla de Shikoku es fácil encontrar establecimientos de udon, el más famoso es el conocido como sanuki udon, típico de la prefectura de Kagawa y del que dice la leyenda fue importado desde China por Kobo Daishi. Es un fideo de textura suave que prácticamente se derrite en la boca, y una vez que se prueba, el resto de udon que se vende en Japón da la sensación de basto e insípido.

Pero además de udon, hay en Shikoku -como en todo Japón- una diversidad de especialidades locales que resulta casi imposible probarlas todas. De las más conocidas y recomendadas en todas las guías, destaca el tokushima ramen: una sopa de un color oscuro aderezada con trozos de ternera y un huevo no cocido. Aunque son muchos los restaurantes que ofrecen esta especialidad, los más famosos se encuentran cerca del puerto de Tokushima y sólo son accesibles por carretera. Hay otro famoso tipo de ramen típico de la ciudad de Susakishi, prefectura de Kochi, llamado nabeyaki ramen en donde los fideos se cuecen junto a a la sopa y se sirve en la misma cazuela en donde se han cocido. Una forma diferente de prepararlo, pero que resulta en un ramen mucho más consistente y delicioso que poco tiene que ver con el típico ramen a lo fast-food que se suele comer. Eso si, hay que esperar algo más de veinte minutos hasta que te lo sirven.

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Esperando a destapar el nabeyaki ramen

La prefectura de Kochi (antigua Tosa) es sin duda la más rica culinariamente hablando de todo Shikoku. En concreto, es particularmente famoso el bonito, hasta el punto que es el pescado oficial de la prefectura. Aunque son muchas las formas de preparar este delicioso pescado, es muy popular el takaki de katsuo (bonito), una pieza de bonito que se quema ligeramente por fuera para posteriormente cortarla, bien en rodajas o en trozos -según el restaurante. Es este un plato famoso y extendido por todo Japón, pudiéndose incluso comprar bandejas preparadas en cualquier supermercado medianamente surtido. Pero de entre todos los platos de Tosa, es la carne de ballena el más “exótico” a la vez que más controvertido de todos. Abundan en Kochi, capital de la prefectura, numerosos restaurantes bien dedicados en exclusiva a la carne de ballena, o que cuentan con algún plato en su menú. La carne de ballena es similar a la de ternera, por lo que las formas de preparación son casi infinitas, dependiendo muchas de ellas de la parte del animal. Y es que al igual que pasa con la ternera, no es lo mismo un solomillo que un entrecot. Aunque la caza de ballenas ha descendido oficialmente en los últimos años, muchos de los antiguos buques balleneros que antiguamente partían del puerto de Kochi se han reciclado hoy en día en barcos de observación que por un módico precio permiten acercarse a algunos de los grupos de ballenas que visitan las costas de Kochi. E incluso sin la necesidad de hacerse a la mar, es posible observar algunos de estos cetáceos desde la costa.

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Restaurante especializado en carne de ballena en Kochi

En la prefectura de Ehime, la ciudad de Imabari cuenta con un restaurante de yakitori por cada diez mil habitantes, récord nacional en cuanto a número de estos populares restaurantes. Pero estas famosas brochetas de pollo no se preparan sobre unas brasas como es habitual en todo Japón, sino sobre una plancha al estilo teppan-yaki. El otro producto típico de la región son los cítricos. Es esta la primera región productora de cítricos de Japón, concentrándose su producción principalmente en naranjas, mandarinas y una especialidad local conocidad como iyokan que es una mandarina del tamaño de una naranja muy dulce y refrescante. Desde hace unos años se produce y comercializa un zumo de mandarinas de Ehime en todo Japón, relativamente fácil de encontrar en los konbini (tiendas de conveniencia).

Por supuesto la gastronomía de Shikoku es mucho más rica que esta breve muestra, y lo mejor para disfrutarla es perderse por alguno de los pequeños restaurantes que escondidos en pequeños callejones, conservan el sabor artesano y autóctono de una gastronomía transmitida de padres a hijos.

Turismo. El peregrinaje por los 88 templos es quizás la más famosa atracción turística de la isla, aunque de este particular peregrinaje ya hablaré más adelante. Sin embargo, cuenta Shikoku con muchas más atracciones turísticas visitadas por miles de visitantes que venidos de la cercana isla de Honshu, deciden llegar a Shikoku por alguno de sus puentes o líneas de ferry en breves excursiones de un día o un fin de semana con el objetivo de visitar alguna atracción en concreto. Muchas veces, sólo el atravesar alguno de los puentes constituye en si la principal atracción del viaje, aunque existen muchos más reclamos que hacen de Shikoku un destino turístico apetecible, y afortunadamente no demasidado explotado.

Si al japonés medio se le pregunta sobre que se puede hacer en Shinkoku, la respuesta invariablemente será comer udon y ver el gran festival de awa-odori de Tokushima. Pero hay mucho más que ver en Shikoku, y aunque tengo pendiente una nueva visita a Shikoku en donde explorar la isla placenteramente sin la urgencia de cumplir con los rigores del peregrinaje. Aun así, tiempo tuve de visitar algunos lugares de interés fuera de la ruta de los templos.

Por prefecturas, la ciudad de Tokushima no tiene ninguna atracción en especial, aunque la zona del río Yoshinogawa cercano a la estación de tren, y el parque situado al lado opuesto de la misma estación son lugares por donde merece la pena dar un paseo y comer en alguno de sus numerosos cafés y bares.

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Ribera en Tokushima

La ciudad de Kochi es una ciudad muy animada que tiene ese aire de ciudad costera tan infrecuente en la mayoría de las ciudades japonesas. No se por qué, pero el ambiente que se respiraba en los barrios comerciales de Obiyamachi y Kyomachi me recordó a Kagoshima. De Kochi, son de visita obligada su castillo y el puente de Harimaya. Y ya en las afueras, no esta de más visitar el monumento a Sakamoto Ryoma, uno de los héroes de la Restauración Meiji. En el cabo de Ashizuri, aparte de su templo y de sus famosos acantilados, también se puede visitar una estatua homenaje a Nakahama Manjirō, más conocido como John, el primer japonés en visitar Estados Unidos. Rescatado por un ballenero estadounidense en 1841, decidió viajar a Estados Unidos. Más tarde volvería a Japón y jugaría un importante papel en la política exterior y en el avance de la tecnología naval japonesa. Famoso también en son los perros de pelea originarios de Kochi conocidos como Tosa ken. Impresiona su inusual gran tamaño para lo que es el estándar japonés, y adornados con sus galas para el combate resultan mucho más nobles si cabe. Y aunque no pude ver una pelea de estos magníficos ejemplares, tener uno enfrente ya es toda una experiencia.

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Faro en el cabo de Ashizuri

No se puede visitar la prefectura de Ehime sin hacer una parada en Matsuyama (la capital) para visitar además de su castillo, la casa de baños conocida como Dogo-onsen. Aunque el edificio actual se construyo en 1894 en un estilo feudal con aires Meiji, el emplazamiento de estas aguas termales ya fue mencionado en las crónicas poéticas del Manyoshu escritas en el siglo VIII. Todavía sigue funcionando como casa de baños, y merece la pena disfrutar de un baño en unas estancias en donde el mármol, la madera y los tatami se combinan de una forma tan especial, que una vez desnudos y sumergidos en el agua no es difícil imaginarse haber retrocedido un siglo en el tiempo. Entre los ilustres de estas famosas aguas termales, aparte de la familia imperial están los escritores Soseki Natsume y Shiki Masaoka, y más recientemente Hayao Mizaki, que se inspiró en este antiguo baño público para su premiada película "El viaje de Chihiro".

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Baños de Dogo-onsen

Y en Kagawa, aparte de varios famosos templos, el castillo de Takamatsu es uno de los símbolos de una ciudad de aires cosmopolitas fruto sin duda de un importante puerto, y de una ajetreada actividad comercial que aún hoy se percibe en sus anchas avenidas. A las afueras de Takamatsu se sitúa la península de Yashima, famoso emplazamiento donde en el siglo XII el general Minamoto Yoshitsune del clan Genji derrotó al clan Heike, en lo que sería la antesala a la última gran batalla de Dan-no-ura. En la cima de la península además de un templo, hay un pequeño museo en donde se pueden observar restos de la batalla rodeado de un pequeño jardín zen poco explotado aún.

Abril 28, 2007

88

A wave is but a single thing we're told but from it's hue
You'd think it was a mixture- flowers and snow

"Tosa Nikki", Ki no Tsurayuki

Vacaciones de Golden Week. Abandono los rigores de la ciudad para emprender un peregrinaje por la isla de Shikoku. Durante una semana intentaré completar ese ciclo kármico de los 88 templos, aunque por falta de tiempo no andando como debiera de ser.

Voy ligero de equipaje y con el ánimo de empaparme de los paisajes que cientos de años atrás despertaron el misticismo del joven monje Kobo Daishi. A la postre máximo representante de la secta budista Shingon -la más espiritual de todas las corrientas budistas de Japón-, sin duda la que mejor supo adaptarse a las prácticas sintoistas / animistas primigenias.

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Y todo viaje no está completo sin unas referencias literarias que nos hagan recorrer el camino (a veces sólo espiritual) que recorrieron otros antes que nosotros. Camino que pasa por los apuntes y poemas marítimos del "Tosa Nikki", viaje de vuelta desde la que es hoy la prefectura de Kochi en Shikoku; y por supuesto, camino dedicado a la memoria de un Kobo Daishi, cuyo espíritu espero rememorar con la lectura sobre el terreno del que hoy es un libro imprescindible para todo peregrino no nativo: "Japanese Pilgrimage" de Oliver Statler.

Y no, la Komura Memorial Library en donde pernoctaba ese joven Kafka no existe. Fue simplemente una idealística construcción de Murakami Haruki...

Abril 26, 2007

Tokyo-Hokkaido // día 12

A la luz de la mañana el camping resultó ser una enorme explanada verde, situada junto a lo que parecía un pequeño parque temático con un ferrocarril y todo. Como hacía un día estupendo y todavía teníamos tiempo antes de regresar a Tokio, nos dirigimos hacia el oeste dispuestos a explorar una parte de la provincia de Fukushima famosa por sus lagos y sus pueblos.

Atravesando pequeños caminos entre montañas salpicadas de aisladas villas rurales, nos topamos con una representación gigante de un bodhisattva blanco visible desde cualquier parte del amplio valle. Intrigados por el significado de un escultura tan desproporcionada como hortera, paramos a la entrada del templo, aunque viendo que nos cobraban entrada seguimos nuestro camino. Decidimos desviarnos un poco, y fuimos bordeando el lago Inawashiroko, el cuarto más grande de Japón. Como no teníamos mucho tiempo nos quedamos con las ganas de bañarnos, aunque ya teníamos asumido que el de hoy iba a ser un turismo más cultural.

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La ciudad de Kitakata fue famosa en Japón por sus destilerias de sake, que gracias a los arroces de calidad de la zona y a las cristalinas aguas de montaña de la región, consiguieron alcanzar fama nacional. Aunque muchas de las destilerías han desaparecido y otras han cambiado de lugar a polígonos industriales en donde aumentar su producción, todavía quedan algunas de las antiguas destilerías en funcionamiento, aunque muchas museos para turistas y otras mantienen una pequeña producción de sake artesanal sólo apto para sibaritas. Tras informarnos en el centro de turismo de la estación de tren, y conocer a un simpático guía local norteamericano que nos invitó incluso a quedarnos para asisitir a un festival de reggae local, aparcamos nuestras motos y nos dispusimos a recorrer andando el centro histórico de este pequeño pueblo. Sorprende la cantidad de edificios preservados del periodo Edo que contiene este pueblo, quizás la mayor concentración de ellos que he visto en todo Japón. Muchos de estos edificios necesitan reformas urgentes lo que da idea de la falta de implicación del estado por conservar estas reliquias. Tienen que ser los propios habitantes de unas casas heredadas de generación en generación los que por el módico precio de una entrada, hagan frente a los gastos de conservación y a los de su propia subsistencia. Dinero que en la mayoría de los casos apenas alcanza a cubrir los gastos de preservación de tan magnífico patrimonio. Pese al deterioro de muchas, hay otras casas bellamente preservadas que hacen de este un pintoresco pueblo que merece la pena ser visitado.

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La principal razón por la que hoy en día es conocido el pueblo es por su ramen. Presenta Kitakata el mayor número de restaurantes de ramen por habitante de todo Japón, y uno de los primeros mapas que se reciben en la oficina de turismo es uno en donde localizar los restaurantes más famosos. Recuerda el ramen de kitakata al de tonkotsu (de carne de cerdo), aunque con un sabor no tan fuerte. O al menos esa fue la impresión al comer una de las muchas especialidades en un famoso restaurante en donde la gente hacía una larga cola para poder probarlo.

Abandonamos Kitakata con el estómago lleno, y dirección sur nos fuimos adentrando por estrechas carreteras locales que atravesaban pequeños pueblos escóndidos en recónditas colinas. Un muy agradable viaje de suaves pendientes y frescos bosques, en donde el ruido de las cigarras competía por hacerse oir con el suave ronroneo de nuestras motos. Casi sin darnos cuenta, llegamos al paso de Shirakawa, y aunque no nos detuvimos, nos asaltó la certeza de que el final del viaje se aproximába, y más a medida que la concentración de edificios se multiplicaba.

Y así, con la noche salpicada por las luces de la gran megalópolis, desplazándonos por una de esas enormes autovías que aquí llaman by-pass, entramos con velocidad en una ciudad en donde el ritmo de sus habitantes poco tenía que ver con el de nuestros biorritmos de los últimos días. El viaje llegaba a su fin, y atrás quedaban tres mil doscientas sensaciones para el recuerdo.

Día 12 Nihonmatsu (Fukushima) - Kitakata - Tokyo
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Distancia recorrida: 376 Km
Tiempo de viaje: 12h
Alojamiento: 0 yen

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Abril 24, 2007

Tokyo-Hokkaido // día 11

Hacía un día espléndido en Aomori, que David aprovechó mientras estabamos todavía en el barco para hacer unas muy buenas fotos mientras yo seguía dormido. Atracamos en Hachinohe, y salimos dispuestos a recorrer sin casi descanso la carretera nacional 4 (国道4号), la misma por la que habíamos venido. Nuestra intención era avanzar lo más posible, y sólo en caso de que nos sobrase tiempo el siguiente día, pararíamos para visitar alguna ciudad que estuviese de camino a Tokio.

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Tras el ya típico desayuno de konbini, avanzamos tostándonos bajo el sol, ganando la carrera a unas grises nubes que parecían perseguirnos desde Hokkaido. Casi sin darnos cuenta, estabamos comiendo otra de nuestras comidas revitalizantes en un restaurante familiar junto a la carretera a la altura de Sendai. Descandados continuamos el camino, y ya de noche nos adentramos en unas montañas cercanas a Nihonmatsu, en donde el cambio de temperatura nos sorprendió subiendo un pequeño puerto. Compramos algo de comer en un konbini en medio de la niebla, y nos dirigimos a un lugar de acampada gratuito en medio de la montaña. Pese a lo apartado del lugar, había un solitario motero que ya había plantado su tienda y dormía, lo que nos dió algo de confianza para acampar en un camping más siniestro por la cerrada noche que había.

Día 11 Hachinohe (Aomori) - Nihonmatsu (Fukushima)
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Distancia recorrida: 447 Km
Tiempo de viaje: 12h
Alojamiento: 0 yen

Abril 23, 2007

Tokyo-Hokkaido // día 10

Lo que era una tibia llovizna cuando nos metimos en la tienda para dormir, se debió de convertir en una tormenta en condiciones mientras dormíamos, porque cuando despertamos nos encontramos con una camping anegado y el agua filtrándose en la tienda. Incluso las mochilas que habíamos dejado debajo de un banco aparecieron totalmente empapadas. Aún lloviendo, recogimos nuestras cosas y con la humedad en el cuerpo salimos de aquel barrizal dispuestos a apurar nuestras últimas horas en Hokkaido antes de coger el ferry de vuelta a Honshu.

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David si tuvo ánimo de hacer una foto tras la inundación

Nos dirigimos a la región conocida como Biratori, zona de Hokkaido donde tradicionalmente se concentraba la población ainu, y que aún hoy en día presenta la más alta poblacion de ainu de toda la isla. En concreto, nos dirigimos a Nibutani, junto al río Sarugawa, en donde se encuentra uno de los museos dedicados a los ainu más importantes de Japón, "Nibutani Ainu Culture Museum", y el único que reproduce al aire libre un típico poblado ainu. Junto al museo, un pequeño pueblo en donde comprar recuerdos e incluso donde digustar platos típicos de la gastronomía ainu (de sabores demasiado fuertes para mi gusto), y otro museo dedicado al río Sagurawa, imprescindible para entender la mitología ainu y el desarrollo de esta zona de Japón. Afortunadamente la lluvia remitió un poco durante nuestra visita al museo, y pudimos visitar tranquilamente el pequeño poblado exterior. En el museo, pudimos también secarnos y quitarnos el frío que llevabamos en el cuerpo, adormilados en un sofa frente a un televisor en donde podíamos poner y quitar a nuestro gusto decenas de documentales sobre ainu en VHS.

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Cabaña ainu

Debímos de pasar un par de horas empapándonos de la cultura ainu (subconscientemente a veces), hasta que por fin decidimos emprender de nuevo el camino. Seguía lloviendo y no tenía pinta de remitir, por lo que decidimos cancelar nuestra visita a Shiraoi -otro famoso emplazamiento de ainu-, y a Yubari, pueblo por el que tenía ciertas simpatías por su festival de cine, aunque debido a la mala gestión de su alcalde, el festival ya no se celebra y es actualmente el pueblo japonés con mayor deuda contraída, y en donde se pagan los impuestos más altos de todo Japón.

Nuestra estancia en Hokkaido llegaba a su fin, y la isla nos despedía como nos recibió: con lluvia. Llegamos a Tomakomai, y tras comprobar la salida de nuestro ferry, nos dimos una buena comilona en un excelente restaurante de yakiniku. A punto de explotar salimos del restaurante, y tras pasar por una lavandería, decidimos quemar nuestras últimas horas relajándonos en un supa-sento: Un enorme baño público en donde poder retozar, dormir en sillones de masajes, o simplemente sentarse y ver la tele cómodamente vestido de yukata todas las horas que quieras.

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Río Sagurawa

Llegamos casi los últimos para coger el barco, y esta vez nos colocaron en una pequeña habitación separada del resto compartida con no más de seis moteros. Todo un detalle por eso de la intimidad, aunque los moteros somos personas como el resto... Todavía bajo los placenteros efectos del baño, caímos enseguida dormidos mientras nos alejábamos del industrial puerto de Tomakomai rumbo a Aomori.

Día 10 Mikage - Tomakomai
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Distancia recorrida: 216 Km
Tiempo de viaje: 6h
Alojamiento: 6280 yen (ferry)

Abril 19, 2007

Tokyo-Hokkaido // día 9

Cuando nos despertamos, nuestros compañeros de chamizo ya no estaban. Habíamos dormido tan profundamente que ni si quiera les habíamos escuchado marcharse. Otra mañana que se abría un tnto gris, y tras la lata de zumo de naranja de rigor, nos hicimos una foto en donde acababa la carretera, uno de los puntos accesibles por carretera más orientales de Japón. En nuestra bajada hasta el pueblo de Rausu, paramos primero en el rotenburo de Aidomari, un afloramiento de aguas termales frente al mar, gratuito y de libre acceso. Por la eleveda temperatura del agua apenas pudimos disfrutarlo, aunque nos relajamos contemplando el nublado horizonte, donde en días despejados sobresale la isla de Kunashiri, la más meridional de las islas Kuriles, sobre las que Rusia y Japón mantienen un tenso litigio desde que el ejército rojo se las apropiase al término de la II Guerra Mundial. A la salida de nuestro relajante baño, entablamos conversación con un anciano viajero, que a parte de contarnos sus viajes por todo Japón, nos regaló una fotografía del Monte Fuji realizada por él mismo.

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En el konbini de Rausu donde la noche anterior habíamos estado cenando, desayunamos mientras pensábamos nuestro recorrido para el día que empezaba. En esas estábamos cuando un motero entabló conversación con nosotros en un rudimentario español. Nos contó alternando el español, inglés y japonés que llevaba un mes de viaje "salvaje" por Hokkaido, recorriendo con su moto de cross las pistas forestales y caminos menos transitados de la isla. Iba escaso de equipaje, aunque entre sus pertenencias no faltaba una caña de pescar con la que imaginamos conseguiría cada noche su cena. Tras sugerirnos varios lugares para visitar y ayudarnos con nuestro plan del día, nos deseamos suerte y emprendimos nuestro viaje por carreteras diferentes.

Aunque nuestro plan original era dirigirnos hasta la península de Nemuro, seguimos los consejos de nuestro compañero de desayuno, y nos dirigimos a la zona de lagos situada en el parque nacional de Akan. El primer lago que visitamos fue el lago de Masshu, considerado como un de los más bellos de todo Japón, además de ser el de aguas más cristalinas. Aguas tan puras que para nuestra decepción, no estaba permitido bañarse en él. Situado en un cráter, suele estar permanentemente cubierto por una espesa niebla, por lo que cuenta la leyenda que la gente "afortunada" que consigue ver todo el lago en un día despejado (como nos pasó a nosotros) , se casará tarde.

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Paramos después en el pequeño pueblo de Kawayuonsen, en donde por casualidad paramos en su coqueta estación de tren. Una antigua estación con aguas termales en donde relajarse las piernas tras un largo viaje, y en donde comimos un buenísimo helado de leche, especialidad culinaria por la que Hokkaido es especialemente conocido. Tras el breve descanso, visitamos el monte Iozan, una montaña volcánica con afloramientos de azufre, que en paisaje recuerda al de Owakudani en Hakone. Un poco molestos por tener que pagar el parking, decidimos dejar las motos frente a la entrada del parking, y para sorpresa de los un poco enfadados guardias entramos en el parque a pie para conseguir nuestra foto. Al final, incluso se apiadaron de nosotros y nos invitaron a entrar gratis al parking, aunque para entonces ya teníamos nuestra foto y no había nada más que ver.

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El siguiente lago de nuestro recorrido y el más grande del parque Akan fue el lago Kussharo. Siendo como es una zona volcánica con numerosos afloramientos, las playas de arena que bordean este lago son famosas por sus barros volcánicos, y por unas aguas que manan con sólo excarbar un poco la arena. Sunayu es un famoso sitio junto al lago Kussharo en donde disfrutar gratuitamente de los barros y las aguas. Excarbando un poco nos hicimos una improvisada piscina, que al poco se fue llenando de agua caliente que naturalemente salía de la tierra. Tras disfrutar como cerdos en el lodo, nos quitamos el barro en las cristalinas aguas del lago, y tras un refrescante baño emprendimos de nuevo nuestro viaje hacia el siguiente lago.

El lago Akan, que da nombre al aprque, es famoso por ser el lugar donde se encuentra una de las mayores colonias de marimo, una extraña alga esférica que puede llegar a alcanzar el tamaño de un balón de fútbol. Los marimo son un reclamo turístico más de Hokkaido, y se pueden encontrar fácilmente en cualquier tienda de souvenirs. En torno a este lago, todo el turismo gira en torno a esta musgosa alga, siendo famosos los paseos en barco por el lago para observar in situ a los marimo, o la visita obligada a un museo. Como buenos turistas cumplimos con nuestros deberes, y no ajenos a tanta promoción, nos decantamos por probar el helado de marimo.

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Acabada de visitar la zona de los lagos nos dirigimos hacia Obihiro. Tras comprobar como de nuevo el mapa de carreteras nos engañó con un camping que resultó estar cerrado, nos dirigimos a otro cercano llamado Oakway, que resultó ser una bonita casona de estilo americano, que pese a funcionar como Bed&breakfast y Café, tenía una pequeña zona de acampada en el jardín posterior. Nos quedamos con las ganas de pernoctar ne una cama de verdad tras varios días durmiendo en el saco, pero por estar completa la casa no nos quedó más remedio que montar nuestra tienda en el solitario camping. Una vez acomodados, nos dirigimos al cercano onsen de yumorukawakita, en donde nos quedamos traspuestos un buen rato, hasta que por fin reunimos fuerzas para regresar al camping en medio de una tibia llovizna.

Día 9 Aidomari - Mikage (Obihiro)
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Distancia recorrida: 428 Km
Tiempo de viaje: 15h
Alojamiento: 500 yen

Abril 17, 2007

Tokyo-Hokkaido // día 8

Dormimos como nunca habíamos dormido antes en la tienda, quizás por la falta de sueño acumulada en nuestros dos días en Sapporo. Pese a ser las siete de la mañana, nos levantamos como nuevos y tras empaquetar todo, nos pusimos a bajar el puerto en un maravilloso día de verano. Sin niebla y sin lluvia, el ir tomando las curvas del puerto mientras bajabamos fue una auténtica gozada, que se multiplicó cuando las curvas dejaron paso a una enorme recta que marcaba y atravesaba el valle donde esperaba nuestra próxima parada: Abashiri y los territorios japoneses bañados por el mar de Okhotsk.

Es famosa la ciudad de Abashiri por albergar desde los albores del periodo Meiji, una cárcel que desde su fundación en 1890 hasta hoy, sigue siendo una de las más duras y estrictas del sistema penitenciario japonés. Hoy en día, la cárcel es un moderno bloque de hormigón separada de la ciudad por un río, y localizada lo suficientemente lejos como para no molestar a unos por otra parte ya acostumbrados vecinos. Muchos de los viejos edificios de la cárcel fueron movidos a una explanada situada en el otro margen del río, para funcionar junto a otras reproducciones de edificios típicos de la cárcel como un museo en donde mostrar las duras condiciones de un penal, que como toda cárcel hecha leyenda, tiene también su historia negra. Historias como las de los cientos de reclusos que sometidos a trabajos forzados, perecieron en la construcción de la carretera que debía de comunicar Abashiri con Asahikawa, y que hoy es conocida como la carretera nacional 39 (国道39号), la misma por la que llegamos hasta esta ciudad, sin ser conscientes de que bajo el asfalto había algo más que sudor... Aunque de todas las historias, es la del preso que logró escapar de Abashiri la más famosa de todas. Proeza que le ha convertido en un héroe local, inmortalizado en una serie de televisión que narra su particular "Fuga de Alcatraz", y que fue grabada en las localizaciones originales.

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Un buen lugar para disfrutar el paisaje de esta región es el observatorio del Monte Tento, un fantasmal edificio rodeado por macizos de flores multicolores, desde donde se aprecian los grandes lagos de Abashiri, Notoro y Tofutsu, empequeñecidos en tamaño frente a la inmensidad del mar de Okhotsk.

Unas de las cosas que teníamos bien presentes antes de emprender el viaje a Hokkaido, fue que queríamos profundizar más en la cultura de los Ainu, primigenios habitantes de esta isla, y única minoría étnica dentro de la a veces enfermiza homogeneidad japonesa. Pese a haber estudiado previamente sobre la cultura Ainu, el viaje por Hokkaido me enseñó muchos aspectos que no conocía, además de tener la ocasión de conocer a algunos en persona. Por todo, les debo un completo artículo que complemente la escasa información que se tiene en los países hispanohablantes sobre este pueblo. De los muchos museos dedicados a los Ainu en Hokkaido, muchos carecen de rigor académico y son meras atracciones turísticas. Una de las pocas excepciones es el situado en Abashiri y conocido como "Hokkaido Museum of Northern Peoples". Sin ser un museo centrado en los ainu, lo interesante precisamente reside en la comparación que hace entre todos los pueblos que poblaron las regiones polares más septentrionales, lo que permite establecer rasgos culturales propios de los ainu que permiten clasificarlos como un pueblo independiente. A través de numerosos objetos de uso cotidiano o ceremonial, así como de reproducciones a escala natural de viviendas, se nos presentan las conclusiones etnográficas de un pueblo cuya memoria nos llega como ecos de una fuerza vital como sólo la tienen aquellas tradiciones transmitidas oralmente.

Tras nuestra ración de stamina (léase carnaza), nos dirigimos hacia la península de Shiretoko, cambiando esta vez nuestra habitual carretera entre montañas, por una bella carretera (244) que paralela al mar, nos permitió contemplar las verdes planicies en donde pastan los únicos caballos salvajes de todo Japón. Llamados Dosanko o Washu, fueron introducidos en Hokkaido desde Tohoku en el siglo XV, siendo hoy en día un tipo de caballo paticorto, fuerte y resistente a los duros inviernos, de un tamaño algo mayor al habitual de los caballos autóctonos japoneses. Aunque muchos son cuidados en granjas, la gran mayoría permanece en una libertad "controlada" en algunas de las enormes praderas de Hokkaido.

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En la pequeña ciudad pesquera de Shari, cambiamos a la carretera 334, que también paralela a la costa, nos ofreció un bello atardecer con la cascada de Oshinkoshin a nuestras espaldas, que marca el comienzo del parque nacional de Shiretoko. Toda la península es un parque nacional creado en 1964, que en el 2005 fue distinguido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, distinción compartida con la isla de Yakushima, y el parque de Shirakami-Sanchi en la prefectura de Aomori. Shiretoko es el más grande de los tres lugares, y quizás el único lugar de Japón en donde es posible internarse por parajes aún vírgenes. Aunque la carretera 334 es la única carretera de acceso al parque que además lo divide en dos mitades, sólo a través de senderos y rutas se puede acceder al interior de la península, aunque por su boscosidad y falta de caminos transitados, suele ser el barco el medio de transporte usado para llegar a los lugares más bellos y remotos.

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Con los últimos rayos de sol hundiéndose en el mar de Okhotsk, atravesamos la península por la solitaria carretera. A medida que ibamos subiendo el puerto en torno al Monte Rausu (1661mts), la niebla empezó a envolvernos hasta el punto en que eramos incapaces de distinguirnos, y sólo el ronroneo de las motos nos indicaba que apenas unos metros nos separaban. Poco a poco fuimos avanzando, tanteando cada tramo de carretera, no sólo por el peligro de las curvas, sino por el miedo a cruzarnos con uno de los numerosos osos, ciervos o cualquier tipo de animal salvaje de los muchos que pueblan el parque. Sanos y salvos llegamos al otro lado de la península, hasta el pequeño pueblo de Rausu. Tras una frugal cena de konbini, nos dirigimos por la carretera 87 hasta el punto accesible por carretera más lejano de Shiretoko: Un pequeñísimo pueblo llamado Aidomari en donde según los mapas, podíamos pernoctar en una rider house. Fue en esta oscura carretera cuando se nos cruzó el tan temido ciervo, aunque afortunadamente reaccionamos a tiempo, y el ciervo ahuyó asustado, no sin antes quedarse un buen rato examinándonos. El alojamiento resultó ser una de esas casas prefabricadas usadas en la construcción, en donde coincidimos con otros dos moteros que habían montado su tienda dentro por eso de tener algo de privacidad. Sin apenas intercambiar palabra nos metimos en nuestros sacos, y al poco nos quedamos dormidos.

Día 8 Sounkyo - Aidomari (Shiretoko)
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Distancia recorrida: 336 Km
Tiempo de viaje: 13h
Alojamiento: 0 yen

Marzo 09, 2007

Tokyo-Hokkaido // día 5-7

No eran todavía las seis de la mañana cuando nos levantamos, y tras preparar nuestro escaso equipaje y quitarnos las legañas, enfilar bajo la lluvia los 35 kilómetros que separan Otaru de Sapporo. Aunque un poco tarde, llegamos a la estación de Sapporo justo para recibir a otro David, que se nos uniría en nuestro recorrido turístico por la capital de Sapporo, tras haber vivido su propia odisea al venirse en tren desde Hiroshima. Tras tomar nuestro primer desayuno consistente en días, dejamos el equipaje en una taquilla y emprendimos el recorrido por Sapporo.

Es Sapporo una de las ciudades más jóvenes de Japón, prácticamente creada de la nada a comienzos del periodo Meiji, como centro administrativo del entonces casi salvaje Hokkaido. Territorio en el que los japoneses emularon su propia conquista del "oeste", quizás sin tanto derramamiento de sangre indígena, aunque sigue siendo esta una parte bastante oscura de la historia japonesa. La ciudad de Sapporo se planteó siguiendo los estándares occidentales de la época, con una disposición urbana en grandes avenidas muy al estilo de las amplias manzanas americanas. En tamaño, es la quinta ciudad de Japón y capital de Hokkaido, famosa por su festival de la nieve a mediados de febrero, y principalmente por la cerveza que lleva su nombre. Aunque seguramente para los españoles es la ciudad unida a la única medalla de oro conseguida en unos Juegos Olímpicos de inverno: La conseguida por Fernández Ochoa en 1972.

La visita a los principales monumentos puede hacerse incluso en una mañana, y andando pueden verse los edificios Meiji de la Universidad y la famosa torre del reloj, así como la no menos famosa Sapporo Tower que preside el parque Odori. Aunque el más placentero monumento es sin duda la antigua fábrica de cerveza Sapporo, reconvertida en Museo y restaurante en donde disfrutar del famoso cordero de la región, bien regado con excelentes variedades de cerveza del mismo nombre.

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Tras alargar nuestra estancia en Sapporo por dos noches, finalmente y haciendo acopio de voluntad conseguimos escapar de los cantos de sirena del barrio de Susukino, quizás el más famoso barrio de todo Japón en cuanto a vida nocturna, más incluso que el conocido Kabukicho de Shinjuku.

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Antes de por fin dejar atrás Sapporo, hicimos parada de relax en el parque Moerenuma. Es este parque la gran obra póstuma del escultor Noguchi Isamu, famoso escultor japonés nacido en Estados Unidos, conocido globalmente por sus lámparas de papel de arroz, y por unas esculturas de formas suaves y orgánicas que combinadas con sus arreglos del espacio urbano, le han convertido en una figura indiscutible de la escultura del siglo XX. Un paseo por el que fue su último proyecto es una bocanda de aire fresco en un espacio de grandes dimensiones, pero al mismo tiempo abarcable a la escala humana. Desde sus suaves colinas mullidas de verde, se observa una panorámica despejada de la ciudad, y del meandro del río sobre el que se apoya el parque. Pequeños grupos escultóricos, junto a una pirámide de cristal delimitan los distintos espacios de un parque lleno de vida, en donde los jóvenes y no tan jóvenes disfrutan sin aglomeraciones ni impedimentos, el encanto de sus verdes praderas, suaves pendientes, y refrescantes fuentes.

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Siguiendo la carretera 12 continuamos nuestra ruta hacia el norte, puestos los ojos en Abashiri, ciudad situada en la costa norte. ue un viaje placentero en el que nos acompaño el buen tiempo, y en el que relajados volvimos a recuperar el gusto por la carretera tras dos días en los que aparcamos las motos en Sapporo. Tras pasar por la sorprendentemente grande ciudad de Asahikawa, paramos para hcer una pequeña parada cuando estaba cayendo la tarde en el pequeño pueblo de Kamikawa, antesala al Parque Nacional de Daisetsuzan, el más grande de Hokkaido. Sentados frente a nuestras motos en el parking de un konbini, entablamos conversación con el conductor de una vieja pick-up, que nos recomendó hacer noche antes de pasar un puerto de mala climatología y muchas curvas. Siguiendo su consejo, seguimos unos kilómetros en los que nos vimos asaltados por una fina lluvia y una intensa niebla, hasta que decidimos parar en un camping cercano a Sounkyo onsen. Tras montar la tienda, decidimos ir a relajarnos a las famosas aguas termales de Sounkyo, una pequeña villa de montaña que parece haber sido transplantada desde los Alpes. Sus casas de madera estilo alpino poco tienen que ver con las casas tradicionales japonesas, resultando en un coqueto pueblo de pequeñas calles adoquinadas salteadas por bancos y casas tirolesas de madera. De nuevo en medio de la montaña, en plena naturaleza y tras un reconfortante baño, caímos rendidos en la tienda.

Día 5-7 Otaru - Sapporo - Sounkyo (Hokkaido)
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Distancia recorrida: 227 Km
Tiempo de viaje: 9h
Alojamiento: 4000 yen

Enero 26, 2007

Tokyo-Hokkaido // día 4

Tras pasar la noche durmiendo en el ferry, Hokkaido nos recibió con un día gris y lluvioso que no hacía presagiar nada bueno. No era un día especialmente frío, aunque estabamos algo atenazados ante la posible perspectiva de que el tiempo no cambiase durante los días que viajásemos por la isla. Salimos del puerto de Tomakomai por la carretera 276 en dirección al Parque Nacional Shikotsu-Toya , y aún bajo la lluvia tuvimos la primera toma de contacto con las carreteras de Hokkaido. Enormes y solitarias vías sin apenas curvas, bien pavimentadas y señalizadas, con carriles lo suficientemente anchos para permitir cómodos adelantamientos sin necesidad de invadir el carril en dirección contraria.

Debido a la pereza de la lluvia, pasamos bordeando el lago Shikotsuko sin pararnos a contemplar el que es el segundo lago más profundo de todo Japón y el cuarto en cuanto a la pureza de sus aguas. Cuando ya llevábamos unos 40 kilómetros recorridos, y tras pasar el túnel Takibue situado en lo alto de un pequeño puerto, David se quedó sin gasolina. Afortunadamente había una gasolinera cerca para repostar, y no hubo mayores complicaciones. Además, curiosamente al otro lado del túnel hacía un tiempo despejado con un sol que lentamente empezaba a calentar y a secar nuestras mojadas ropas. Fue también en esta carretera cuando nos cruzamos con los primeros moteros de la isla, que nos saludaron desde sus monturas como es costumbre en Hokkaido. Contagiados del buen rollo y la amabilidad de los moteros, decidimos ponernos a buscar algún sitio donde poder desayunar.

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Al borde la carretera paramos en lo que parecía un pequeño y coqueto café llamado Aivalley, que resultó ser una especie de jazz-bar. Pese a ser todavía bastante pronto, la amable anciana nos invitóa entrar, y aunque sólo podía servirnos café o curry, optamos por tomarnos un reconfortante café que nos quitase la humedad de los huesos. Azorada quizás por ni si quiera poder ofrecernos algo de comer, entabló conversación con nosotros y nos sugirió la visita a un cercano onsen del que ella era clienta habitual. Tras llamar por teléfono al propietario y acordar un buen precio y que nos dejaran pasar pese a no estar todavía abierto al público, nos dirigimos a tomar un merecido baño para empezar, ahora sí, con buen bien nuestro periplo por Hokkaido. El onsen resultó pertencer a un albergue situado en una pequeña colina junto al río Nagarugawa en una zona con numerosos afloramientos de aguas termales y ryokan conocida como Kitayuzawa. Solos como estabamos, disfrutamos de las magníficas vistas desde el onsen, y recuperamos fuerzas sonrientes ante el buen tiempo que parecía por fin acompañarnos.

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Tras un frugal aperitivo de konbini de un pequeño pueblo sacado de "Doctor en Alaska" nos dirigimos al lago Toyako. Fue ver el sol brillar con intensidad sobre las aguas cristalinas del lago -que a modo de foso bordea el peñón central llamado Nakashima-, y sin mediar palabra paramos en una pequeña zona de descanso de la carretera para bañarnos y disfrutar como niños tirándonos a las increiblemente claras aguas del lago, desde las alturas de un pequeño muelle. Nunca me había bañado en un lago de estas caracterísitcas, en donde la pureza de sus aguas caldeadas por el sol, hicieron de esta experiencia una de las mejores de toda nuestra estancia en Hokkaido.

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Bordeando el lago, pasamos casi sin enterarnos si no llega a ser por las nubes blancas de azufre junto al Monte Usu, uno de los volcanes más activos de todo Japón, cuya última erupción fue en el año 2000. Tras parar a comer en el restaurante de un excelente mirador junto al lago, emprendimos el camino hacia Otaru, destino final de este primer día en Hokkaido. Durante el camino por pequeños puertos de montaña de la región Kutchan, en torno al volcán Yotei (1898m) y debido a obras en la carretera, nos encontramos con un tráfico denso que incluso formaba enormes caravanas. Momentos estos de gloria y felicidad por conducir una moto que te evite esta insufrible espera. Pasamos por pequeños ríos y lagos enclavados en la serranía, así como por una imponente presa sobre la que hicimos una pequeña parada para contemplar el paisaje.

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Casi al anochecer llegamos a Otaru, y tras aparcar las motos dimos un paseo por esta pequeña ciudad famosa por su gran canal, y por sus bien conservados edificios. Era Otaru a principios del siglo XX un transitado puerto entre Hokkaido y el resto de Japón, debido en parte a su cercanía a Sapporo, y a un canal que favorecía las operaciones de carga y descarga. Hoy en día, aunque todavía conserva parte de su actividad portuaria, la ciudad se ha convertido en una atracción turística gracias a su conservado canal, y a la reforma de los antiguos almacenes portuarios en restaurantes, museos y tiendas. Su pequeño casco histórico, con edificios bien conservados, es en mi opinión el mejor sitio para hacerse una idea de como era la arquitectura y el ambiente del Japón del periodo Meiji. Una visita desde luego recomendable para todos aquellos que pasan por Sapporo.

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Tras localizar en la guía una rider house cercana a Otaru llamada Wataridoritetsuya, nos dirigimos allí para pasar la noche. Cuando por fin la encontramos situada en la cima de una pequeña colina junto a la carretera, y vimos que no había nadie, estuvimos por un momento tentados a "okuparla". Menos mal que aunque tarde, conseguimos localizar por teléfono al dueño de la casa, y tras comprobar que seríamos los únicos huéspedes de la noche, nos fuimos a celebrar, de nuevo bajo una incipiente lluvia, nuestra llegada a Hokkaido con una cena típica de la tierra: cerveza Sapporo y jingiskan, una parrillada de finas lonchas de carne de cordero, preparada sobre una parrilla que recuerda al casco usado por Genghis Khan...

Día 4 Tomakomai - Otaru (Hokkaido)
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Distancia recorrida: 338 Km
Tiempo de viaje: 12h
Alojamiento: 500 yen

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Diciembre 11, 2006

Tokyo-Hokkaido // día 3

Nos levantamos como nuevos tras apurar al máximo la hora de salida del hotel, y felices por comprobar que había parado de llover nos dirigimos al cercano conjunto de templos de Chusonji, visita obligada para todos aquellos que peregrinos al igual que Basho, paran en Hiraizumi. Andando entre los templos que salpican esta empinada colina, recuperamos el placer de andar y nos dejamos llevar por la belleza de una ciudad que dicen llegó a rivalizar con Kioto, aunque hoy día sólo queden estos templos como testimonio de una ciudad arrasada por cruentas batallas.

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Entrada a uno de los templos de Chusonji

Tras un desayuno un tanto tardío con café frío para refrescarnos del calor de la mañana, emprendimos de nuevo el viaje, contentos de estas secos, descansados, y con un excelente tiempo por delante. Durante varios kilómetros recorrimos pequeños pueblos que salpicaban una campiña de verdes campos de arroz, apenas interrumpidos por escondidas acequias y pequeños caminos. Me sorprendio pese al calor ver que en los campos siempre había alguien trabajandolos, o cuanto menos inspeccionandolos, una imagen que no tenía de mis viajes por España donde rara la vez era ver a un agricultor en faena, y menos a unas horas tan calurosas y tardías. Fue entonces cuando en la soledad de una carretera de llanos prados verdes de arroz, me dio por pensar en la hermosas austeridad y sequedad de nuestra meseta castellana. En esos pensamientos estaba cuando casi sin enterarnos llegamos a Morioka, capital de de la prefectura de Iwate y ciudad de respetable tamaño. Aunque nuestra intención era probar el famoso wankosoba de Morioka, ante la incertidumbre de si llegaríamos a tiempo a coger el ferry, y todavía con el desayuno a medio digerir, continuamos el viaje.

A poco de dejar atrás Morioka, el paisaje camnio abruptamente y dejamos los amplios campos de arroz, para dentrarnos en una sierra de frondosos cedros, guiados por una serpenteante carretera paralela al famoso río Kitakamigawa que por no tener demasiada pendiente, nos llevó suavemente entre bosques y frecos aromas de montaña. El paisaje nos abrió el apetito, y decidimos hacer fonda en un restaurante recomendado por la guía pasado el pequeño pueblo de Iwatekawaguchi, y situado en la ribera del Kitakamigawa. De nuevo la guía nos falló, y no pudimos encontrarlo, por lo que nuestros deseos de tomar una soba del lugar se fueron al traste, y nos tuvimos que conformar conn un triste obento de konbini.

Tras la frugal comida, vencimos las ganas de siesta y de un baño en el río, y continuamos el delicioso camino tostandonos al sol. Al poco llegamos a Ichinohe, que podría traducirse libremente como primera posta (一戸), ya que es la primera parada de una serie de nueve pueblos numerados consecutivamente en el periodo Muromachi, y que hoy en día se extienden entre las prefecturas de Iwate y Aomori. Fuimos pasando las diferentes postas con la mente puesta en la octava, Hachinohe, importante puerto de Aomori en donde deberíamos de tomar el ferry nocturno que por fin nos conduciría a la isla de Hokkaido.

Casi sin darnos cuenta estabamos ya en la entrada de Hachinohe, y todavía apenas había empezado a atardecer, por lo que no hizo falta apenas ponernos de acuerdo cuando ante la visión del río Mabechigawa, nos pusimos a buscar un buen lugar en donde descansar y poder bañarnos. Tras el caluroso viaje y ante un sol que no cejaba en su empeño de quemarnos vivos, nos dimos un refrescante baño en las aguas de un río que bajaban con fuerza pese a estar próxima su desembocadura. De espaldas a la corriente, su fuerza actuaba a modo de silla que mantenía nuestro peso en una cómoda postura ideal para una siesta. Entre árboles y campos de arroz estabamos descansando cuando el sonido lejano de una escopeta lejana nos hizo rememorar historias camperas de guardias forestales y escopetas de pueblo, hasta que la cercana fumigación de un campo de arroz nos hizo pensar que quizás el agua no estaba tan limpia como parecía, y que ya iba siendo hora de dirigirnos al muelle.

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En el río Mabechigawa

Con los últimos rayos de sol llegamos a Hachinohe, y tras confirmar nuestras reservas nos dimos una vuelta por las factorías de la ciudad para hacer tiempo hasta la salida, y de paso cenar otro de nuestros menú calóricos y cárnicos de restaurante familiar. Tras la cena, embarcamos junto con los demás motoristas los primeros, y nos condujeron a la "suite" de motoristas, una enorme habitación enmoquetada separada del resto de enormes compartimentos de tercera, donde habríamos de pasar la noche. El barco pronto se lleno de familias y grupos de jóvenes de excursión, que miraan con cierto recelo cada vez que pasaban por la zona sin tabiques de motoristas. Y no era para menos, ya que compartíamos habitación con unos temerarios ángeles del infierno, de esos de negras chupas de cuero con tachuelas, en donde bordados dragones y voluptuosas mujeres parecen mirar con ojos desafiantes. Lo cierto es que imponían cierto respeto, aunque como descubrimos más adelante, nos encontrabamos ante otra manifestación de mimetismo japonés. Atuendos perfectamente copiados, pero formas olvidadas. El grupo en cuestión era un grupo de talluditos sarariman miembros de algún club, disfrazados para la ocasión de motoristas, pero desde luego sin tatuajes, sin espíritu salvaje, abstemios, y con una jerarquía que nos impresionó al verles al día siguiente salir en formación del ferry, todos perfectamente conectados con sus comunicadores en el casco, aguardando las órdenes del cabecilla. La forma perfecta para destrozar ese espíritu motero del "born to be wild"...

Día 3 Hiraizumi (Iwate) - Hachinohe (Aomori)
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Distancia recorrida: 237 Km
Tiempo de viaje: 7h
Alojamiento: 6280 yen (ferry)

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Noviembre 29, 2006

Tokyo-Hokkaido // día 2

No debían de ser ni las seis de la mañana cuando recogimos la tienda de campaña y salímos del siniestro camping. Era una mañana bastante gris que hacía presagiar un chaparrón que no tardo en llegar. Sin embargo, la carretera estaba vacía, y la fina lluvia no era un impedimento suficiente para desmoralizarnos, sino todo lo contrario, un acicate para avanzar más y llegar por lo menos hasta Sendai y Matsushima, la meta propuesta ese día. Así, casi sin darnos cuenta pasamos por el paso de Shirakawa, y cuando paramos por fin a desayunar nos habíamos recorrido cien kilómetros, y el sol empezaba a pegar con una furia endiablada. Sentados en un diminuto banco de plástico de un konbini cercano a una gasolinera, disfrutamos del sol, nos quitamos capas y capas de ropa que se secaron en un momento, y nos quedamos en camiseta para disfrutar y aprovechar un sol que en ese momento pensabamos que se prolongaría para todo el día, y que haría de nuestra visita a Matsushima una experiencia inolvidable. Rodeados de camiones que entraban y salían con estrépito de la cercana gasolinera, fue también cuando por vez primera tomamos el que sería nuestro desayuno base de todos los días. A falta de bares de carretera y estaciones de servicio de imbebible café servido en vasos de cartón, las tiendas de 24h (konbini) fueron los lugares donde poder tomar un zumo de naranja, un calentito café de lata, y algún bollo a poder ser de chocolate.

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Desayuno en la carretera

Repuestas las fuerzas tras el refrigerio, no volvimos a parar hasta que una vez en Sendai fuimos hasta la oficina de turismo de la estación de tren para obtener las indicaciones de como llegar hasta la famosa Mediatheque. La sensación que tuvimos de Sendai fue la de una ciudad con el tamaño justo, de grandes y arboladas avenidas, que disfruta de un emplazamiento privilegiado entre el mar y la montaña. Una de esas ciudades de gran calidad de vida, pero que sin embargo por alguna razón me hace pensar que les falta algo de carisma, y de que poco aguantaría en una ciudad así. Demasiado perfecta. Fue también en Sendai donde tuvimos nuestra primera comida stamina. Esto es, restaurante familiar tipo steak-house, y filetón para recuperar energía. Y con el tiempo todavía de cara, nos dirigimos a la costa, al famoso lugar de Matsushima.

"Ya es un lugar común decirlo: el paisaje de Matsushima es el más hermoso de Japón. No es inferior a los de Deteiko y Seiko, en China. El mar, desde el sureste, entra en una bahía de aproximadamente tres ri, desbordante como el río Sekkoh de China. Es imposible contar el número de las islas: una se levanta como un índice que señala al cielo; otra se tiende boca abajo sobre las olas; aquella parece desdoblarse en otra; la de más allá se vuelve triple; algunas, vistas desde la derecha, semejan ser una sola y vistas del lado contrario, se multiplican. Hay unas que parecen llevar un niño a la espalda; otras como si lo llevaran en el pecho; algunas parecen mujeres acariciando a su hijo. El verde de los pinos es sombrío y el viento salado tuerce sin cesar sus ramas de modo que sus líneas curvas parecen obra de un jardinero. La escena tiene la fascinación distante de un rostro hermoso. Dicen que este paisaje fue creado en la época de los dioses impetuosos, la divinidad de las montañas. Ni pincel de pintor ni pluma de poeta pueden copiar las maravillas del demiurgo"

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Monumento al "Oku no hosomichi" de Basho en el templo Godaido

Entramos a la bahía de Matsushima por Shiogama, y ante nosotros se abrió la belleza de un lugar que sería imposible describir más perfectamente de como lo hizo Matsuo Basho, y los miles de peregrinos antes y después de él que poéticamente se dejaron llevar por la plácida composición de este lugar. Impresionados, no hacíamos más que parar para fotografiar el lugar mientras seguíamos pequeñas carreteras sin tráfico que iban bordeando la costa entre los pinos centenarios del lugar. Al final, con las cámaras de fotos colgadas al cuello, fuimos recorriendo la costa lentamente hasta que llegamos al famoso lugar donde se encuentran los templos de Godaido y Zuiganji. Es este también el lugar donde desembarcó Basho, mencionando explícitamente la pequeña isla de Oshima, aunque entonces era "una estrecha lengua de tierra que penetra en el mar". Vistos los templos y sin tiempo para visitar las dos famosas islas de Oshima y Fukurajima, decidimos seguir la carretera de la costa hasta Okumatsushima. Fue entonces cuando el tiempo cambió de improviso, y empezó una lluvia que nos acompañaría hasta el final del día. Quizás fue la niebla que se instaló con la lluvia la que hizo de nuestra visitia a Okumatsushima una experiencia más bella aún que la contemplación de Matsushima con el tiempo claro. Entre la bruma, los islotes se difuminaban como si fueran grandes barcazad mecidas por la corriente, y los pinos se contrastaban en un verde casi grisaceo de un bello aspecto melancólico, acentuado por la leve luz del atardecer. Con esta imagen en nuestros corazones y pese a la lluvia, continuamos el camino intentando aprovechar los últimos rayos de sol.

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Vista desde Okumatsushima

Una vez que cayó la noche y ante la insistente lluvia, hicimos una pequeña parada en Kurihara para recuperar fuerzas y pensar an algún lugar donde pasar la noche. Decidimos que ante la lluvia, la mejor opción sería un hotel, por lo que decidimos parar en el siguiente hotel de carretera que vieramos. Fueron muchos los hoteles de carretera que vimos, aunque la perspectiva de compartir cama en un love-hotel no nos atraía demasiado, por lo que continuamos el camino hasta que en Ichinoseki, un pueblo de tamaño considerable, por fin encontramos y preguntamos precios en un par de Business Hotel. Ya haía un rato que había dejado de llover, por lo que de nuevo estabamos disfrutando de la carretera tras una larga travesía bajo el agua. Ante esta perspectiva, consultamos el mapa y decidimos que ya que no llovía, podíamos dejar el hotel para otra ocasión y pasar la noche en el cercano camping de Hiraizumi. Sin embargo, apenas salimos de Ichinoseki comenzó a llover de nuevo, y una vez en Hiraizumi y tras comprobar que de nuevo la guía nos había engañado con un camping inexistente, decidimos alojarnos en un confortable ryokan, situado junto a un onsen (aguas termales) de bastante renombre en la zona. Tras quitarnos las humedades del viaje con las excelentes aguas termales, enfundados en nuestros yukata nos acostamos con la promesa de apurar las reparadoras horas de sueño en una cama de verdad el máximo tiempo posible.

Día 2 Nishinasuno (Tochigi) - Hiraizumi (Iwate)
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Distancia recorrida: 392 Km
Tiempo de viaje: 16h
Alojamiento: 5500 yen

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Noviembre 16, 2006

Tokyo-Hokkaido // día 1

"Todo lo que veía me invitaba al viaje; tan poseído estaba por los dioses que no podía dominar mis pensamientos; los espíritus del camino me hacían señas y no podía fijar mi mente ni ocuparme en nada"

Matsuo Basho- "Sendas de Oku"

La realidad es que aunque el viaje hasta Hokkaido lo decidimos con relativa antelación, apenas pudimos prepararlo, y sólo teníamos una vaga idea de los lugares por donde queríamos pasar, y la ruta más apropiada que deberíamos seguir siempre con la premisa de no coger autopistas de peaje. En especial, ayudó bastante para hacernos una idea aproximada de la duración del viaje la página de otro intrépido motero que se recorrió Japón hace algún tiempo, aunque sin duda fueron las famosas guías de viajes "Touring Mapple" (imprescindibles) las que nos permitieron planificar sobre la marcha muchos de nuestros destinos.

¿Y por qué Hokkaido? Aún hoy en día, para los japoneses la isla de Hokkaido representa un territorio salvaje y desconocido, aún virgen en recursos, y diferente en casi todo a la monotonía del paisaje de las desarrolladas islas de Honshu y Kyushu. Si trazásemos un paralelismo, Hokkaido representaría en el subconsciente colectivo la misma imagen que Alaska ofrece a los norteamericanos: vastas extensiones de belleza inhóspita. En verano, las nieves dejan paso a enormes prados verdes surcados por larguísimas carreteras en donde disfrutar una conducción cómoda. Es sin duda ese aspecto de aventura lo que más atrae de esta enorme isla llena de parques naturales. Por esto mismo, son muchos los libros y películas que se han ocupado de Hokkaido, y que si cabe, han alimentado más el viejo anhelo de un viaje de estas características. En mi caso, el mito se alimentó gracias a dos películas de Yamada Yoji: "Kazoku", el duro viaje de una familia desde Kyushu hasta Hokkaido para asentarse allí en plena recuperación económica japonesa y con la Expo de Osaka de por medio; y "Shiawase no kiiroi hankachi", quizás la más famosa road-movie japonesa ambientada como no en un Hokkaido, que parece que apenas ha cambiado en los últimos treinta años.

Pero antes de llegar a la "tierra prometida" para cualquier motero que es la "carretera del mar del norte" (literalmente es lo que significa Hokkaido 北海道) nos quedaba un largo camino por la parte noreste (Tohoku 東北) de la isla de Honshu. Y así, en una despejada tarde de un lunes de agosto, enfilamos la Kokudo 4 (carretera nacional 4) que nos habría de llevar por algo más de quinientos kilómetros a través de Tohoku, hasta el puerto de Hachinohe. Pesé a salir casi al caer la tarde, nos hicimos kilómetros y kilómetros de forma insaciable, como si nos apremiase la urgencia de dejar atrás la contaminada metrópoli y el invariable paisaje de grises edificios. Con los primeros claros en la carretera, cubiertos del brillante verde estival de los campos de arroz en la provincia de Saitama, pudimos por fin relajarnos al sentir que los humores de Tokio quedaban lejos, y que por fin el campo abierto y las estrellas serían nuestro horizonte. Apurando las últimas luces del atardecer, atravesemos el majestuoso Tonegawa, que separa las provincias de Saitama e Ibaraki, y desde las alturas de un elevado puente, pudimos distinguir en sus orillas niños chapoteando en sus aguas, e invitándonos a relajarnos en sus verdes riberas. Pero aún quedaba viaje y kilómetros por hacer, y ya habría tiempo de disfrutar de las aguas fluviales. Al poco entramos en la provincia de Tochigi, y auqnue era Utsunomiya y la promesa de sabrosas gyoza (empanadillas chinas al vapor) nuestro destino final, la falta de un camping en torno a la ciudad y el tener todavía energías más que suficientes, nos llevaron a continuar.

A la altura de Nishinasuno (西那須野) decidimos parar y dirigirnos a una zona de camping junto a un pequeño lago que parecía el lugar ideal para un merecido descanso. Los dos camping de la zona estaban completos por ser comienzo de las vacaciones del Obon, aunque nos costaba entender que no hubiese ni un espacio para nuestra pequeña tienda de campaña. Consultamos la guía y decidimos probar en otro camping cercano antes de barajar la posibilidad de una acampada libre. Una pequeña pero intensa lluvia de verano nos sorprendió buscando el camping en una oscura carretera, y nos dió un susto que me dejo sin el intermitente izquierdo delantero para el resto del viaje. Paró de llover tan rápidamente como había empezado, y por fin encontramos el camping, o lo que quedaba de él...

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Parecía que llevaba abandonado bastante tiempo, con las instalaciones cerradas a cal y canto, y con la maleza cubriendo lo que antaño debieron de ser los espacios para instalar las tiendas. Pese al aspecto fantasmagórico, el cansancio, el hambre, la incipiente lluvia y la nocturnidad fueron factores más que suficientes para plantar allí mismo nuestra tienda, y tras una frugal cena de conbini, pasar un duermevela atentos a los sonidos de un camino cercano, con el temor de que o bien nos echarán por acampar en una propiedad privada, o bien se presentara sierra mecánica en la mano, el causante del cierre. Por suerte no sucedió ni lo uno ni lo otro, y con las primeras luces del alba emprendimos de nuevo el viaje.


Día 1 Tokyo - Nishinasuno (Tochigi)
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Distancia recorrida: 180 Km
Tiempo de viaje: 6h
Alojamiento: 0 yen

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Septiembre 30, 2006

escapada // Kusatsu. Karuizawa.

Con parte de nostalgia por el reciente viaje a Hokkaido, el sábado festivo del pasado fin de semana fue la ocasión perfecta para hacer una escapada por la sierra. Durante la semana las predicciones metereológicas no acompañaron, aunque cuando llegó el sábado por la mañana, por suerte y contra todo pronósico salió un día despejado con la promesa de un soleado fin de semana. Pocos preparativos y un desayuno rápido: Cargadas las alforjas y la tienda de campaña, sin casi darme cuenta me encontraba un caluroso sábado matinal enfilando la carretera 17 rumbo a Kusatsu onsen (草津温泉).

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Vistas desde la carretera romántica llegando a Kusatsu

Es este un tramo de carretera de la antigua vía Nakasendo, segunda vía en importancia tras la famosa Tokaido, y que unía Kyoto con Edo pasado por el centro de Japón. En concreto, el tramo hoy conocido como Kokudo17 (国道17号) y que une Tokyo con Takasaki, era frecuentemente utilizado en el periodo Edo para las visitas solariegas de la nobleza a los bellos parajes naturales de Karuizawa y Kusatsu onsen. Hoy día, son varias las autovías y autopistas superpuestas en la misma dirección que esta ruta, cualquiera de ellas válida para una escapada al corazón de Honshu.

Una vez pasado Takasaki y a la altura de Shibukawa, decidí dar un pequeño rodeo para disfrutar de la bella "Carretera romántica" (日本ロマンチック街道), en concreto de un tramo de unos 25 kilómetros numerado como 55. Es esta una angosta carretera de montaña que con esfuerzo horada la sierra en torno a Matsuiwayama, alternando tramos perfectamente pavimentados con otros más propios de un camino de cabras por donde apenas un vehículo puede pasar. Quizás por eso, y por los pequeños campos de arroz incrustrados con centenarios esfuerzos en los pequeños valles de esta sierra, se convierte en una deliciosa ruta poco transitada que merece la pena pese a ser sin duda, el puerto más difícil que haya subido hasta la fecha.

Kusatsu Onsen, situado en la actual provincia de Gunma, es uno de los más famosos y antiguos emplazamientos de aguas termales de Japón. Con una historia que se remonta al siglo XIII, por sus sulfurosas aguas blanquecinas han pasado multitud de históricos personajes, que a parte de contribuir a la fama de este pequeño enclave de montaña, han sido sólo una parte más de su propia historia: Fue desde aquí cuando las propiedades medicinales de los onsen fueron reveladas a Occidente -gracias a los estudios del médico alemán Erwin Von Baelz a finales del siglo XIX-, y fue también en estas montañas donde se abrió la primera estación de esqui de Japón.

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Afloramiento de aguas termales conocido como yubatake

Datos anecdóticos aparte, Kusatsu onsen mantiene el encanto de un pequeño pueblo de montaña, además de un buen equlibrio entre tradición y modernidad, por el que se ha logrado preservar parte del folclore local que otras masificadas ciudades-onsen como Beppu o Atami hace tiempo que perdieron. En torno al famoso "campo de agua caliente" (Yubatake) que nutre de azufre a todos los onsen del pueblo, gira toda la vida de un pueblo en donde los visitantes enfundados en yukata, hacen su hogar de unas calles vaporosas de olores ácidos. Se necesitarían propablemente semanas para probar todos los onsen, por lo que mejor no perder el tiempo e ir a los dos más famosos y recomendados, portadas de diferentes anuncios publicitarios: Sainokawa Rotenburo (enorme onsen al aire libre) y Otaki no Yu, en donde se puede disfrutar de aguas a diferentes temperaturas contenidas en baños de madera, en una muy recomendable experiencia conocida como awase yu. Aunque hoy en día la temperatura de cada pila es automáticamente controla, todavía pueden encontrarse en los onsen unas enormes palas de madera para agitar y enfriar el agua, parte de una tradición local conocida como yumomi, y en la que al son de una ya famosa canción popular conocida como Kusatsu-bushi, grupos de mujeres enfriaban las ardientes aguas volcánicas procendentes del yubake.

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Enfriando las aguas: yumomi

Atravesando la estación de esquí y a una altura de 2160 metros, se llega a la cima del activo volcan Shirane, y a la laguna Yugana. El yermo paisaje volcánico de colroes rojizos contrasta con el brillo metálico de una laguna, que con un pH de 1,2 es el más ácido de todo el planeta. Un contraste cromático que merece la pena ver, así como el paisaje desde esta montaña algo más alta que la media.

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Laguna Yugana
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Vistas desde Shirane

A la vuelta, decidí pasar de nuevo por Karuizawa aunque esta vez fui por la vía de peaje conocida como Shiraito Highland way (白糸ハイランドウェイ) y pasar por las famosas cascadas conocidas como Shiraito no aki, que quizás tengan alguna relación con la deliciosa película muda de Mizoguchi "Taki no Shiraito". Aunque un poco más adelante de estas cascadas se encuentran algunas de las localizaciones de la película "Ningen no Shomei" de Sato Junya. Una carretera flanqueada por villas de recreo tras frondosos bosques, que despiertan la envidia por poder disfrutar de un lugar de escape donde relajarse los fines de semana y poder respirar aire puro. Menos mal que siempre habrá carretera.

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Cascadas de Shiraito

Agosto 31, 2006

agosto esquimal

Algo más de un mes atrapado por el trabajo, visitas de amigos y familiares, y unas merecidas vacaciones que como suele pasar te dejan más cansado de lo que ya estabas, aunque ese cansancio físico libre de estrés y cargado de las reminiscencias de las vacaciones, se va gozandolo poco a poco a medida que se diluye en la monotonía de siempre. Un tiempo en el que cada noche, posponía mi habitual tiempo de reflexión en estas páginas a la vez que entonaba la loa de un Kerouac perdido en una lejana carretera blanca de algodón: "It was always mañana - mañana, a lovely word and one that probably means heaven".

Y por fin ese mañana fruto de la pereza se ha materializado hoy, y de nuevo continuaré con este anecdotario que por un tiempo girará en torno a un viaje que llevaba tiempo esperando realizar y que por fin pude llevar a cabo.

"Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. Para aquellos que dejan flotar sus vidas a bordo de los barcos o envejecen conduciendo caballos, todos los días son viaje y su casa misma es viaje. Entre los antiguos, muchos murieron en plena ruta. A mí mismo, desde hace mucho, como jirón de nube arrastrado por el viento, me turban pensamientos de vagabundeo..."

Así comienza el famoso libro "Oku no hosomichi" ("Sendas de Oku") del gran poeta de haiku Matsuo Basho, y genialmente traducido por un Octavio Paz que demuestra como la poesía se debe traducir con el corazón más que con la razón fruto de un conocimiento metódico de una lengua extranjera. Libro que la casualidad quiso que releyera una vez más, y que como otras tantas veces, me encontrase reflejado en uno de sus párrafos. Ese espíritu de vagabundeo descrito por Basho fue el que quizás me llevó sin ser consciente de ello a pensar un viaje en moto hasta Hokkaido, la gran isla situada en el extremo más septentrional de Japón. En un principio, la idea era coger un ferry cercano a Tokio que me llevase hasta Hokkaido, pero debido a la temporada alta fruto del obon, fue imposible reservar y la única opción fue coger un ferry al norte de la isla de Honshu, en la última provincia de Tohoku antes del salto a Hokkaido: Aomori. De pronto, el viaje se alargó y me encontré con la sugerente posibilidad de hacer un viaje por Tohoku rememorando parte del camino recorrido por Basho hace algo más de trescientos años. Así empezó una nueva lectura de este libro, con el añadido de poder materializar la geografía imaginaria de los lugares, pueblos y caminos descritos en ese peregrinar por las tierras del norte, y que aún hoy en día cautiva los corazones de muchos japoneses dispuestos a rememorar los pasos por una región, que sin duda es en donde mejor se conservan muchas de las antiguas tradiciones japonesas.

Y al igual que Basho viajó con su inseparable Sora, mis deseos de un viaje en solitario se vieron felizmente truncados por la compañía de David. Ambos comenzamos un peregrinaje en moto sin finales de etapa definidos, simplemente dejándonos llevar por nuestras ganas de carretera, en el que recorrimos unos tres mil doscientos kilómetros en once días, y del que a medida que vaya revelando los carretes de fotos iré documentando.

Julio 19, 2006

escapada // Nagano.

Reconforta descubrir que todavía existen pequeños pueblos condenados al olvido, en donde sus habitantes mantienen un silencioso duelo con un tiempo que parece verse reducido en su inexorable avance. Quizás sea debido al aislamiento natural proporcionado por verdes macizos rocosos, o por unas angostas carreteras apenas transitadas lo que ha preservado unos lugares en donde los parroquianos vestidos como antaño, rehuyen las miradas inquisitivas de desorientados turistas que por el azar cayeron en un pueblo ni siquiera mencionado en sus modernos GPS. Parajes en donde esa civilización globalizadora y destructura de localismos, apenas ha cambiado el paisaje de unos campos limpios de neón, restaurantes y konbini (tiendas 24h). Oasis en donde por primera vez sientes que te has desplazado geográficamente, rara sensación en un Japón que de norte a sur presenta el mismo paisaje gris de repetitivas estrcuturas comerciales y de servicios.

Aprovechando la festividad del día del mar, un sábado por la tarde enfilé la antigua vía Koshu kaido (hoy ruta 20) camino de Nagano con la esperanza de escapar de ese calor húmedo que empezaba a tornarse en opresivo a medida que se acercaba el ecuador del verano. Más de quinietos kilómetros después, y con el cuerpo todavía arrugado por la tromba de agua que cayó durante todo el viaje, me encuentro en un Tokio en donde las lluvias se han perpetuado junto a una temperatura más propia de otoño que de mediados de julio.

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Ha sido este un viaje de sensaciones, en donde mi cámara se ha mostrado perezosa en salir de su acogedora funda para enfrentarse a los rigores de la lluvia. Un viaje vivido a flor de piel, en donde los olores, los cambios de temperatura y de la dirección del aire, el sabor y las distintas intensidades de la lluvia, los he percibido de esa forma tan particular que sólo un viaje en moto te sabe dar. Recorrer solitarias carreteras suspendidas en una bruma que acariciaba las laderas de las montañas, disfrutar con detenimiento paisajes de un verde cristalino de reflejos de agua, y sobretodo, recobrar fuerzas en pequeños ryokan de pueblos solitarios que resisten estoicos en apartados enclaves de montaña han compensado una metereología, que al menos, ha creado el anhelo de regresar una vez más antes de los rigores del invierno.

Un viaje que pese a no haber podido cumplir con muchos de los destinos previamente planificados, me dejó como contrapartida más tiempo para relajarme, la lectura y la inigualable sensación que se tiene en un rotenburo (aguas termales al aire libre) bajo la lluvia. Pese a ese ritmo relajado, tuve ocasión de hacer paradas en Suwa y su famoso lago; Matsumoto y su aire de pequeña ciudad medieval en torno a un magnífico castillo; la granja Daio Wasabi, famosa por sus campos de wasabi y por haber sido sus molinos de agua inmortalizados por Kurosawa Akira en "Yume" ("Sueños"); Besso Onsen, la más antigua concentración de aguas termales de la prefectura de Nagano; el precioso paisaje de parte de lo que se ha dado en llamar como "carretera romántica" que conecta las prefecturas de Nagano con Gunma; y sobretodo ese elegante pueblo de montaña que es Karuizawa. Lugares que quizás por el efecto de la lluvia, mostraban una nostalgia y un ritmo de vida contenido que daban un cariz especial a este pequeño país montañoso que es Nagano.