« japón oeste // día 4 | PRINCIPAL | yes we can »
japón oeste // día 5
Aunque el dormir al arrullo de las olas me había abierto el apetito, lo primero que hice al levantarme -antes incluso de tomar el zumo de naranja mañanero, fue subir el pequeño camino que desde la cala donde había acampado conducía hasta la cima del acantilado. En la cima, una placa conmemorativa junto a un pequeño faro recordaba el lugar donde se alzaba el castillo de Unomaru. Construido en 1571 por el clan Mori, y a cargo de los samurai al servicio de la familia Naito, este castillo fue de vital importancia para proteger los envíos de plata, que provenientes de las cercanas minas de Iwami Ginzan, salían con destino a España previa escala en México o Filipinas.
La historia se empezaba a hacer palpable en este enclave patrimonio de la humanidad, así que sin más dilación me aventuré al corazón de esta singular área histórica: Las minas de plata de Iwami Ginzan. Descubiertas a principios del siglo XIV, su explotación a gran escala no comenzaría hasta mediados del XVI, gracias en parte a las nuevas técnicas de extracción de la plata traídas por los españoles. Las exportaciones de plata crecieron de tal forma, que Francisco Javier en una carta de 1552 se refiere a Japón como la "isla de plata", la única de su tipo en el mundo. A partir del siglo XVIII, la mina empezó a mostrar signos de agotamiento y únicamente se hacían extracciones de cobre. La mina se cerró en 1923. aunque debido a la falta de materias primas durante la guerra, se reabrió en 1937. Se continuó extrayéndose cobre, hasta que en 1943 unas lluvias torrenciales inundaron múltiples galerías, forzando el cierre definitivo en 1945.

Con el cierre, los últimos trabajadores y sus familias se marcharon, y la zona entro en un estado de abandono que ayudó a preservar un encanto que fue reconocido con su inclusión como patrimonio de la humanidad en 2007. Un paseo por los numerosos templos y pozos de extracción es una vuelta al pasado, en concreto, al periodo Edo. Una época de aislamiento y autarquía que exprimió hasta el máximo los limitados recursos naturales de Japón. Afortunadamente el tiempo ha reconstruido la zona, y las diferentes mina se encuentran hoy en día enclavadas entre bosques en donde sólo el acceso peatonal es permitido. No hay que tener mucha imaginación para ver como sería esta mina en su época de febril actividad, en donde la madera era un bien al servicio de la producción, como se recoge en la película de animación "La princesa Mononoke".

La visita me llevó toda la mañana, por lo que sin tiempo que perder, deshice el camino del día anterior, y me dirigí de nuevo hacia el museo de fotografía Shoji Ueda. Afortunadamente esta vez si que estaba abierto, y pude disfrutar de su magnífica exposición permanente de fotografías, alojada en esta hermosa atalaya de hormigón con vistas al monte Daisen.

Entre la colección, descubro una colección de fotos que pese a no ser de sus más famosas, dicen mucho de este genial fotógrafo. Shoji Ueda empezó como un fotógrafo amateur haciendo retratando la pobreza de su tierra natal de Tottori. En cierta ocasión, un fotógrafo profesional de moda llegó al desierto de Tottori con toda tu troupe de asistentes y modelos con la idea de hacer un reportaje de moda en tan pintoresco paisaje. Shoji Ueda también estaba allí, y fue retratando a su estilo a tan singular colección de personajes llegados de la gran ciudad. El resultado fue una serie de fotos en donde se aprecia el contraste entre el fotógrafo artesano pendiente al detalle, y el de la superficialidad del fotógrafo profesional de moda. Toda una delicia.
El tiempo en el museo de se me pasó volando, y casi sin darme cuenta los bedeles me estaban echando amablemente al tiempo que me contaban batallitas de Shoji Ueda, complacidos de que un visitante extranjero haya peregrinado desde Tokio con el único fin de ver el museo, ¡y por dos veces!.
Estaba anocheciendo. Por un momento pensé en volver a las dunas de Tottori para intentar emular una vez más a Shoji Ueda. Pero un gris nubarrón que provenía de esa zona me hizo cambiar de idea, y decidí que era tiempo de cruzar la isla hacia la costa del mar interior de Seto.
La carretera 180 cruza las escarpadas montañas de Chugoku hasta Kurashiki. Una bella carretera flanqueada por ríos en su mayor parte, y en donde camiones sin control se deslizan a velocidades por encima de la ley. Pese a ser una carretera comarcal de montaña, apenas tiene curvas, lo que supone una alternativa gratuita a la autopista de peaje Yonago-Okayama. Frecuentada por camiones de gran tonelaje, la experiencia de cruzar estas montañas, lejos de ser una placentera experiencia, es una estresante persecución azuzada por camiones que no dudan en acercarse a menos de un metro a poco que te pongas a mirar el paisaje.
Por suerte llegué de una pieza a Kurashiki, y tras dar varias vueltas encontré un camping gratuito situado en medio de un parque público rodeado de enormes descampados. Un oasis en el desierto en donde instalé mi particular jaima, y me eché a dormir plácidamente pese a los varios perros callejeros que merodeaban alrededor de mi tienda.
Tiempo de viaje: 12h
Alojamiento: 0 yen
TrackBack
http://www.tokyonikki.com/cgi-bin/mt-tb.cgi/162
Comentarios para: "japón oeste // día 5"