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vuelta a Miyakejima
Algo más de tres años han pasado desde el realojo de Miyakejima, y pese a las advertencias de las autoridades de que hay que llevar máscara de gas en caso de emergencia, y de que no se puede acampar, muchos son los turistas que se animan a visitar la isla atraídos ya no sólo por su litoral apenas explotado, ni por los delfines que campan a sus anchas cercanos a Mikurejima; también por la curiosidad de ver una isla que por cuatro años estuvo deshabitada.

La vida se abre camino entre las rocas volcánicas
A medida que el ferry nocturno desde Tokio se va acercando a Miyakejima, los contornos de la isla se van dibujando en una neblina que no se sabe si es fruto del amanecer, o de algún nuevo escape de gas. Cuando por fin el barco está entrando al puerto, la primera imagen que reciben los turistas es desoladora: Cientos de árboles desnudos y blanquecinos, petrificados en un rictus de muerte, conforman un cementerio en la ladera del volcán que poco tiene que envidiar al famoso cementerio de lápidas blancas de Arlington. En el muelle, varias furgonetas desperdigas esperan a unos turistas que miran con resignación a los compañeros de fiesta de un barco, que sigue su ruta hacia Hachiojima, isla de surferos que ante el panorama que se vislumbra suena a paraíso. Apremiados por las prisas de los conductores, los turistas apenas tienen tiempo de darse cuenta que el barco ya ha partido y que irremediablemente tienen que quedarse.

Escuela comida por la lava
Afortunadamente, el panorama de desolación va cambiando gradualmente a medida que se va al norte de la isla. Con los primeros signos de vegetación, aparecen también las primeras casas, y los primeros edificios que por suerte, no muestran signo alguna de abandono. La isla, frecuentada principalmente por submarinistas, pescadores, y turistas deseosos de bañarse con delfines, tiene ese aire de isla tropical al modo de Okinawa, pero influenciada a la vez por esa especial atmósfera que tienen las islas de Tokio. El único alojamiento posible son las pensiones desperdigadas por toda la costa, en donde sus dueños, hablan sin pudor sobre el exilio en Tokio, y sobre la alegría que supone reencontrarse en la isla durante la época estival. Y es que muchos optaron por fijar su residencia y su familia en Tokio, aunque luego vuelvan en verano a llevar el negocio familiar.

Faro de Izu Misaki
Es en esta época de verano cuando la isla vive sus dos momentos más importantes del año: el festival (matsuri) de Gozutenno (deidad india Gavagriva), y el WeRide, una concentración motera creada para reactivar el turismo, con aspiraciones de convertirse en el equivalente japonés de la la isla de Mann. Con la llegada del matsuri a mediados de Julio, muchos de los antiguos habitantes de la isla ahora instalados en Tokio, o familiares de los que todavían persisten en enfrentarse al volcán, regresan para reencontrarse con sus orígenes, sin importarles que una vez esa misma tierra se rebeló contra sus humanos moradores. La bebida corre gratuitamente durante el festival, hasta que llegadas las 23h lentamente y sin protestar, la gente vuelve a sus casas, a sus pensiones, y a sus vidas de continua lucha y temor. Agradeciendo que un día más, las emanaciones del volcán no hayan alcanzado niveles de toxicidad.
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