Tokyo Nikki - Algunas notas fugaces y digresivas de una vida en Tokio

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Octubre 10, 2008

japón oeste // día 3

Me despertó un rugido de motores. A la luz de la mañana comprobé que efectivamente el camping estaba al lado del mar, en plena bahía de Miyazu. Sus tranquilas aguas eran surcadas por pequeños veleros, y por potentes lanchas rápidas que salían de un embarcadero adyacente al camping. A la izquierda se distinguía una playa entre pinos sin construcciones que llamaba la atención en una bahía poblada de hormigón. ¿Sería el famoso brazo de de Amanohashidate?

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Amanohashidate desde el mirador

En cinco minutos llegué hasta el telesilla por el que se accedía al mejor mirador de Amanohashidate. Mientras subía pude comprobar que efectivamente ese brazo de arena y pinos que separaba la bahía de Miyazu era el famoso paisaje conocido como hakusha seisho (arenas blancas y verdes árboles). Famoso porque es uno de los tres más famosos paisajes de Japón (Nihon sankei), un centenario ranking que comparte con la isla de Miyajima en Hiroshima, y el conjunto de islas de Matsushima en Sendai. Amanohashidate se traduce como "las puertas del cielo", y dice la leyenda que si dando la espalda lo miras agachado entre tus piernas, serás capaz de ver las puertas al cielo. Todo el mundo en el mirador, independientemente de su edad, intentaba vislumbrar la entrada al cielo.

Se ve que no son muchos los turistas extranjeros que visitan Amanohashidate, ya que los ancianos guardas del parking incumplieron la regla de oro del timador profesional: "No vayas jactándote de tu timo con tu amigo, el guiri puede hablar tu idioma". Dejé a los guardias blancos de ira, y me dirigí al brazo de arena con la intención de atravesarlo. Por suerte no fue necesario infringir la ley, ya que aunque cortado al tráfico, bicicletas y motos de menos de 125cc pueden atravesar sus algo más de tres kilómetros de arena y pinos. Tranquilamente fui recorriendo el camino de tierra, parándome ocasionalmente a contemplar el paisaje.

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La senda de las puertas del cielo

Desde Amanohashidate atravesé una montañosa zona para llegar a Kinosaki Onsen, en la prefectura de Hyogo, un pequeño pueblo junto al río Murayama famoso por sus aguas termales. La zona de onsen se concentra en torno a un tranquilo canal flanqueado por árboles, bancos donde sentarse, y antiguos comercios y tiendas de souvenirs que te trasladan a eas épocas nostálgicas de un Japón recién salido de posguerra. Remojé mis pies en las aguas termales, y tras el descanso, continué mi camino en dirección a la prefectura de Tottori.

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Viaje al pasado: Kinosaki onsen

Atravesando una carretera flanqueda por aerogeneradores mecidos al son de la brisa del mar de Japón, me preguntaba cuando la vegetación empezaría a disminuir para dejar paso al famoso desierto de dunas de Tottori. La verdad es que en ningún momento cambio la típica frondosa vegetación japonesa, y sólo cuando llegué al parking del centro de turismo del desierto, percibí realmente que lo que tenía frente a mis ojos no era una playa grande, sino un pequeño desierto de 16 kilómetros de largo y dos de ancho. Acostumbrado al paisaje japonés, el ver esta árida extensión me sorprendió en parte por la novedad del paisaje, la enorme duna en donde la gente se veía como pequeñas hormigas, o quizás porque este fue el lugar en donde Ueda Shoji tomó sus mejores fotografías. El lugar es cada día asaltado por miles de turistas atraídos por la promesa de un paisaje que sin duda es único en todo Japón, convirtiendo este repositorio de arena de playa, en un pequeño parque temático en torno al desierto, en donde hay que pagar hasta por hacer una foto de los camellos que lo recorren.

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Imposible llegar a la maestría de Ueda Shoji

Contento por dejar atrás la marabunta turística, pasé por la laguna de Koyama y me dirigí al corazón de la prefectura de Tottori. Ya era tarde para intentar la subida al templo Mitokusan Sanbutsuji, por lo que me localicé un camping en los alrededores y me dirigí hasta allí. De camino pasé por el lago Togo, en donde me paré a ver un hermoso atardecer encaramado a una tradicional casa de pescadores. Cuando terminó el reconfortante espectáculo, dí un par de vueltas al lago hasta que por fin logré orientarme y pude localizar un camping escondido en una colina rodeada por campos de arroz. Al llegar al desierto camping por un estrecho camino, me sorprendió encontrarme en un camping gratuito limpio y bien conservado que hasta tenía zona de juego infantil con tirolina incluida. Aunque lo que me sorprendió fue el estruendo proveniente de una cascada al lado del parque. Sin siquiera quitarme el casco me dirigí a la cascada, y pude comprobar que era en realidad un santuario al que se accedía por un pequeño torii (característica puerta de entrada de los templos sintoístas) cubierto de musgo. No me fue difícil encontrar un lugar en donde acampar en este vacío camping, y tras considerar la idea una ablución bajo la cascada sagrada, me decidí por aguas más calientes, y me dirigí a un pequeño pueblo llamado Hawai-onsen. El nombre no es casual, ya que la provincia en donde me encontraba (Yurihama) está hermanada con Hawai. Aunque se ve que la relación no es tan próspera como debiera parecer, ya que al lado del lago Toga, una enorme reproducción de la Ciudad Prohibida de Pekin se anuncia como el principal reclamo turístico de la zona. Tras un relajante baño en las aguas termales de un pequeño ryokan, volví a mi tienda a dormir protegido por el estruendo místico de la cascada, y el suave arrullo de unos árboles que apenas dejaban entrever el cielo estrellado.

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Caseta de pescadores sobre el lago Togo


Día 3 Amanohashidate - Hawaionsen
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Distancia recorrida: 228 Km
Tiempo de viaje: 10h
Alojamiento: 0 yen