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japón oeste // día 2
Tras una agotadora primera jornada de viaje, dormí del tirón en la espaciosa habitación de tatami del albergue. No llegué a tiempo para las habitaciones compartidas, pero para mi sorpresa, la habitación individual resultó ser limpia y funcional. Apurando la hora de salida y con buen tiempo, en menos de diez minutos me planté en el santuario de Atsuta.
De todos los santuarios sintoistas de Japón, este de Nagoya es el tercero en importancia tras el de Ise e Izumo. En Atsuta se guarda una espada que según la leyenda la encontró el dios sintoísta Susano en la cola de un dragón de ocho cabezas. Este tesoro mitológico, junto con un espejo y una joya, son los tres tesoros japoneses que dan legitimidad a la milenaria estirpe imperial. La joya se guarda en el santuario de Ise y el espejo en el palacio imperial de Tokio.

Templo de Atsuta
Como todos los santuarios sintoistas, el de Atsuta esta rodeado de un frondoso bosque que hace sumergirte en esa paz espiritual de raíces animistas, origen del sintoismo. Por grandes avenidas de tierra se accede a un recinto sagrado que poco se diferencia del de otros santuarios. Quizá el único signo diferencial de este santuario son los gallos, que salvajes, pululan cacareando por el recinto a sus anchas, enzarzándose ocasionalmente en furtivas peleas. Por supuesto, la famosa espada no está expuesta al público, y ni si quiera existen fotografías. Al menos, paseando por el recinto descubrí un legendario árbol plantado por el mismísimo Kobo Daishi hace más de 1300 años. ¿Quizás una señal de buenaventura?
Mi siguiente parada fue el castillo de Nagoya, uno de esos castillos reconstruidos durante la posguerra, que parece hecho siguiendo el mismo patrón que los de Osaka, Hiroshima, Kokura, etc Al menos, el de Nagoya tiene la singularidad de que su tejado está coronado por dos estatuas de oro representando a un shachihoko, un animal mitológico con cabeza de tigre y cuerpo de pez. Aunque las estatuas son también reconstrucciones, son el símbolo y orgullo de una ciudad llamada a ocupar un papel relevante en este siglo, como muestran sus desafiantes rascacielos junto a la estación central. Capital de la industria automovilística japonesa, y situada entre Osaka y Tokio, esta ciudad de amplias avenidas será sin duda el motor económico que empuje (con el permiso de Fukuoka) una locomotora japonesa algo renqueante por el inminente colapso de Tokio, y el ya ocurrido de Osaka.

Castillo de Nagoya. Bonito pese a ser nuevo
En el noroeste de Nagoya se encuentra el pequeño pueblo de Inuyama y su castillo, el más antiguo de Japón (siglo XVI), y de los pocos que sobrevivieron a las bombas aliadas. Aunque pequeño, su magnífica situación en lo alto de una colina bordeada por el río Kisogawa engrandece su presencia, y le dota de una particular belleza que no tienen otros castillos más famosos. El castillo está abierto al público, y el interior restaurado nos muestra empinadísimas escaleras, espacios estrechos, techos bajos, y unas vistas de la planicie de Nobi que quitan la respiración. Una experiencia obligada, que se verá doblemente recompensada si se recorren las vetustas casas de samurai de los alrededores, o el apacible jardín yurakuen.

Castillo de Inuyama. Imprescindible.
Mientras me marchaba por la carretera paralela al río y veía al castillo alejarse, no podía evitar pensar en la fantástica foto que hubiese conseguido si me hubiese esperado hasta el atardecer, para retratar a contraluz el torreón desafiante rasgando un cielo sangre. Pero el tiempo apremiaba y los lugares por visitar eran muchos, así que emprendí el camino de nuevo sin ser consciente de que la carretera me depararía una sorpresa. En dirección al lago Biwako, me topé con Sekigahara, lugar donde aconteció una de las batallas más sangrientas de la historia de Japón el 21 de Octubre del 1600. Tokugawa ieyasu fue el vencedor de una batalla que cambiaría la historia, unificando finalmente Japón y dando comienzo al periodo conocido como Tokugawa (o Edo) que duraría más de doscientos años. Hoy en día el lugar de la batalla es una gran planicie jalonada de campos de arroz, en donde varios monumentos y placas conmemoran a los vencedores y caídos.

Sobre la colina, imponente el castillo de Inuyama
Siguiendo por la carretera 21 llegué por fin a la prefectura de Shiga y al lago Biwa, el más grande de Japón. Un mar interior que alcanza más allá del horizonte, imposible de abarcar con la mirada. Acercarse a este lago es confundir a los sentidos. Por un lado, la vista identifica esta enorme extensión con un mar de tranquilidad sin apenas oscilaciones, mientras que por otro lado, la falta de olores salinos y de la característica pegajosa humedad marina, hacen que no sepamos bien ante que nos encontramos. Con todo, un paisaje precioso el de este lago rodeado de montañas, y en el que la metereología no me permitió bañarme. En otra ocasión será.

Embarcadero en el norte del lago Biwako
Fui bordeando el lago en el sentido contrario a las agujas del reloj hasta mi próximo destino, un jardín zen situado en la ciudad de Takashima. Para llegar, hay que atravesar una pequeña zona de montañas desde la que primero se divisa el lago Biwa, para luego meterse en las profundidades de valles y bosques. Lejos de ser una carretera tortuosa, los ingenieros simplificaron el proceso e hicieron una carretera en línea recta (367) que cruza en perpendicular toda la serranía. Una carretera entre pinos, que especialmente bajando a más de cien hora por la montaña, hace que se te meta el frío hasta los huesos. Casi tiritando llegué al pequeño templo de Kosoji, antiguamente conocido como Shurinji, situado al pie de las montañas Hira. En el recinto de este templo estaba el jardín que sirvió de inspiración al discípulo de Kobori Enshu, para crear el famoso jardín de la villa imperial de Katsura. Un jardín famoso por la singular angularidad de su laguna, y sus disposiciones rocosas que semejantes a islas se comocían como tsurujima (isla de grulla) y kamejima (isla de tortuga). Decían las crónicas históricas que la belleza de este jardín era tal, que se asemejaba a "Hourai Shinsen", una legendaria tierra de inmortalidad, en donde se suponía que residían los alquimistas chinos. Pero a pesar de que este jardín zen fue mencionado por la revista Brutus en su lista de los 45 mejores ejemplos de arquitectura tradicional japonesa en Septiembre del 2007, este lugar ha pasado a mejor época. Quizás por la falta de turistas de este recóndito templo, el jardín ha sido abandonado a su suerte, y la maleza desfigura lo que debió ser un precioso jardín zen con vistas a las montañas. Todavia quedan restos de su época de esplendor, como una destartalada taquilla, y un enmohecido cartel con entradas a 300 yenes.

Lo que queda del otrora bello jardín de Shurinji
Decepcionado por desviarme 40 km de mi ruta con el fin de ver un futuro descampado, emprendí el camino de regreso por el mismo puerto por donde había bajado. Ante la perspectiva de volver a congelarme de frío, decidí tomar algo caliente en un curioso café llamado "Loft Cafe" por el que había pasado en el empiece de la subida al puerto. El café, aislado en el bosque en un claro de la carretera, resultó ser un lugar con solera. De sus paredes de casa prefabricada colgaban clásicos vinilos de jazz perfectamente embalados, y fotos de concentraciones moteras y coches de época. Dos parroquianos eran el único aforo del pequeño local atiborrado de recuerdos, y pronto empecé una anima conversación en torno a motos, rutas, y detalles más personales de esos que gustan indagar a la gente de pueblo. Sin darme cuenta la noche se me había echado encima, y todavía me quedaban por recorrer cien kilómetros hasta mi destino. Aunque me invitaron a pasar la noche en tan curiosos enclave, la carretera me urgía continuar con mi ruta, y con pena, decidí reemprender la marcha reconfortado no tanto por el café como con el calor humano.
Volando por carreteras desiertas, llegué a Amanohasidate. Acampé en un camping gratuito que por la guía parecía estar al lado del mar, y me dirigí al onsen (aguas termales) más cercano a quitarme el todavía insistente frío del puerto de montaña. Relajado y cenado me acosté con el lejano murmullo del mar y las estrellas. ¡Por fin dormía al aire libre!
Tiempo de viaje: 11h
Alojamiento: 0 yen
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Comentarios para: "japón oeste // día 2"
Estupendas fotos ¿qué revelador usas? He probado con varios carretes y no consigo un cielo blanco; siempre grisáceo, como en día nublado. Utilizo el revelador de marca Ilford y carretes tanto Ilford como Fujifilm. Un saludo.
Gracias por tu comentario.
Yo generalmente utilizo un clásico, el D-76 de Kodak. Para no extenderme te diré que de todos los que he probado, es el que más me gusta.
Para peículas no lo tengo tan claro. Suelo utilizar Kodak T-max 100. Me gusta la versatilidad de la Fuji Neopan 1600, y el grano de la Ildford 3200. Aunque si busco nitidez, la Ildford Pan 50 revelada con ID-11.
Lo mejor es que pruebes hasta encontrar lo que mas te guste. En cuanto a los cielos, también depende del papel de revelado, tiempos y lentes de la reveladora...
Gracias por tu respuesta. Siento no haberte contestado antes, pero llevo un tiempo sin internet... Lo cierto es he descubierto el mundo del blanco y negro gracias a tu blog. Pinté durante varios años y acostumbrado a encuadrar y a encajar composiciones encontré bastantes semejanzas -más de las esperadas- con la fotografía. Tengo una cámara digital corrientucha que me ha dado muchas satisfacciones, pero no me llegó a llenar como las fotos de siempre, las de grises, que con tanta maestría tomas. Llevo visitando tu blog desde hace un tiempo y no fue hasta hace poco que me decidí a revelar mis propias fotos -las primeras-. Cogí la Olympus Pen que había por casa, me dejaron una ampliadora Opemus Standard2, compré los líquidos Ilford y papeles Work normales. Parece que ahora me salen las fotos más limpias, pero aún muy lejos de la limpieza de las tuyas. Mientras pruebo depurar el revelado, estoy en busca de alguna cámara profesional -¿reflex?- que se ajuste a mi modesto presupuesto. En fin, gracias por contestame y muchísimas gracias por tu blog. Un saludo.