Tokyo Nikki - Algunas notas fugaces y digresivas de una vida en Tokio

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Julio 08, 2008

uv

Mientras en España la gente hace mezclas imposibles –aceite de oliva con nenuco- para intentar un bronceado exprés que les dure hasta el otoño, en Japón el vampirismo lleva a usar inventos imposibles para que ni el más mínimo rayo de sol llegue a la epidermis. En las tiendas es difícil encontrar crema con protección solar menor de 30, y la ropa con protección rayos UV se vende en cualquier tienda y para cualquier prenda, y no en tiendas especializadas como ocurre en otras partes del mundo.

El que muchas mujeres usen paraguas en verano es ya una estampa habitual que a nadie sorprende. Los grandes centros comerciales, museos y demás sitios públicos, sacan los paragüeros en días de sol como si de un día lluvioso se tratase. Y las más radicales, se arman de largos guantes que les protejan los antebrazos, y de enormes viseras opacas que además de impedir que los rayos de sol entren en contacto con la piel –convenientemente untada en maquillaje anti-uv, les den también un poco de anonimato por la ridícula estampa que componen. Nunca se me olvidará la imagen de una mujer equipada de esta guisa en la playa, intentando controlar a su hijo pequeño con la mano que le dejaba libre el paraguas.

Desde la antigüedad la piel blanca se ha considerado un signo de belleza en Japón. Ya en el periodo Heian las cortesanas vivían esclavas de la penumbra de palacio para no perder esa blancura de crisálida que realzase sus negras dentaduras. Una tonalidad fantasmagórica que degeneró en un embadurnamiento en polvos de arroz que a la larga creó un nuevo canon de belleza, en el que tanto hombres como mujeres competían en igualdad de condiciones. Algo queda hoy en día de esa estética antigua. A principios de siglo XX Tanizaki Junichiro reivindicó en “Elogio de la sombra” esa tonalidad de porcelana única, más blanca que la de esas mujeres occidentales que quizás amarillas por la envidia dieron de usar esta etiqueta a la raza asiática.

Y quizás en un problema de razas quede todo esto. A las japonesas levemente tostadas, de piel de caramelo, se las confunde a veces con hawaianas. Un epíteto que no deja de ser motivo de cierta satisfacción. Sin embargo, pasado ese umbral, cuando la piel adquiere esa oscuridad profunda de pescadores y obreros, se convierten en filipinas o tailandesas, perdiendo automáticamente todo el glamour de Hawaii, e incluso el respeto de sus conciudadanos que dudan de si están hablando con un extranjero, un inmigrante o un “medio humano” harufu (del inglés half, mitad, el término designa a personas mitad japonesa, mitad extranjera). Quizás los motivos raciales no sean tan importantes a la hora de decidir el vivir en la sombra, y lo sean más razones dermatológicas o de tendencia.

¿Y que pasa con los hombres japoneses? Hasta hace bien poco la sabiduría popular decía que para que los niños crecieran sanos y fuertes había que ponerles al sol. Medida que hoy día seguro que ha costado más de alguna discusión con la suegra. Aún así, el moreno sigue siendo un signo de vitalidad entre los niños japoneses, y pocos y raritos son aquellos niños de paupérrimo color. Lástima que cuando entran en el instituto, a la mayoría se les olvida que hay sol sobre sus cabezas.

::: escrito a las 10:22 PM | {comentarios} (2)