Tokyo Nikki - Algunas notas fugaces y digresivas de una vida en Tokio

« Abril 2008 | PRINCIPAL | Junio 2008 »

Mayo 30, 2008

basuku

Por fin otro especial dedicado a España. De entre la multitud de revistas japonesas, que mes a mes se repiten hasta la saciedad con especiales sobre Francia, Estados Unidos o Inglaterra, de vez en cuando alguna revista se salta la norma y habla sobre algún otro país. Ha tenido que ser de nuevo la revista PEN, con un especial en su número de mayo sobre Euskal Herria en toda su amplitud, incluyendo Navarra y el País Vasco francés.

penvasco.jpg

Interesante número que en unas sesenta páginas repasa no sólo la gastronomía y otros típicos lugares turísticos, sino también la politica, la historia, la música, el cine, etc ofreciendo una mirada alternativa y original sobre Euskadi lejos de tópicos y cliches, como demuestra el hecho de que en vez de entrevistar a Fermin Muguruza (habitual en los festivales veraniegos japoneses) eligieran a Kepa Junkera.

::: escrito a las 12:20 AM | {comentarios} (3)

Mayo 29, 2008

japón oeste // día 1

Para salir de Tokio con dirección a la región de Chubu siguiendo carreteras nacionales hay dos opciones: nacional 1 o nacional 246. A la altura de Numazu, una vez pasada la península de Izu se convierten en una sola, la nacional uno, por lo que la diferencia estriba entre atravesar el puerto de Hakone siguiendo la uno, o dar un pequeño rodeo al puerto siguiendo la 246. Siendo como era un soleado domingo, decidí evitar a los domingueros que infestan la carretera uno dirección a Yokohama y Hakone, optando por una 246 que para mi sorpresa apenas presentaba tráfico.

La salida de Tokio es bastante monótona. Una sucesión interminable de edificios de viviendas, restaurantes y autopistas elevadas que lo mismo van paralelas a la carretera, o desaparecen y reaparecen sin lógica aparente. Sólo a la altura de Atsugi, a unos cincuenta kilómetros de la capital, el paisaje muestra signos de cambio. Quizás por la cercanía de la base aérea norteamericana, Atsugi presenta el aspecto de un pueblo grande de los suburbios americanos. Restaurantes drive-thru por doquier, profusión de letreros en inglés, y cierta amplitud en la distribución de las calles en donde algún descampado se mantiene estoico contra el furor inmobiliario de una zona no tan lejana a Tokio. Y no sólo el paisaje, también la gente de este lugar, que he podido conocer en otras ocasiones, es de un proselitismo yankee sorprendente incluso para la media japonesa.

Pasado Atsugi la atmósfera se dilata y por fin el olor a campo se hace notar. Son las zonas de montaña de Oyama y Naeba, zonas verdes de la prefectura de Shizuoka, famosas por sus ríos, zonas de camping, y en el caso de Naeba, por un outlet (centro comercial de descuento) que es lugar de peregrinaje obligado para miles de tokiotas a la búsqueda de gangas.

west1.jpg
Mar de Enshu-nada, a la altura de Hamamatsu, prefectura de Shizuoka

Una vez pasado Numazu, me encontré con una estampa típica del sudeste asiático: la de campos de arroz flanqueados por enormes fábricas expeliendo humo. Tradición y progreso. Me encontraba en Fuji. Pese a su nombre, tomado de la famosa y cercana montaña, son raros los días que la famosa silueta del monte consigue traspasar la contaminación de la ciudad. Un conjunto interminable de fábricas, que convierte el paso por esta ciudad en una desagradable experiencia de olores desagradables, hollín en suspensión y un opresivo ambiente que desde luego no huele a progreso, sino a revolución industrial. Afortunadamente, una vez pasado este pueblo, la carretra se abre a la bahía de Suruga, y la brisa del mar refresca los poco antes oprimidos pulmones. Recuperado el aliento, atravesé Shizuoka y los dos grandes ríos que la flanquean, el Oigawa y el Tenryogawa. Siguiendo por la ruta, llegué a Hamamatsu y al lago Hamana, originalmente un lago de agua dulce, que por diversas causas naturales se mezcló con las saladas aguas del cercano mar de Enshu-nada. Famoso por sus anguilas y su diversidad natural, Hamamatsu es también una zona que alberga una de las mayores comunidades brasileras de Japón, que se hace notar a base de restaurantes y locales patrios, además de anuncios bilingües que denotan una mezcla atípica en la homogeneidad de este país.

A unos 50 km de Nagoya localicé dos camping en la guía Mapple situados en Kotamachi. Según la guía eran camping salvajes y gratuitos (literalmente), por lo que sin duda el lugar perfecto para pasar la noche. Tras casi dos horas de búsqueda entre caminos de montaña, encontré un hotel y tras preguntar me dijeron que ambos camping llevaban cerrados un par de años y que era imposible acceder a ellos. Primer punto negro de una guía edición del 2008, que de actualizada sólo tiene las tapas. No habiendo por la zona más lugares de acampada, decidí ir al Albergue juvenil de Nagoya. In extremis conseguí llegar a las once de la noche, justo en el mismo momento en que acaban de cerrar la puerta. Suerte que se apiadaron de mi y me dieron habitación para poder pasar la noche, aunque desperdiciar una bonita noche entre cuatro paredes no me hacía augurar nada bueno.

Día 1 Tokio - Nagoya
westmap1.jpg
Distancia recorrida: 417 Km
Tiempo de viaje: 11h
Alojamiento: 4400 yen
::: escrito a las 12:15 AM | {comentarios} (0)

Mayo 25, 2008

aromas

Tras la lluvia el olor de la tierra dispara nuestro aletargado olfato. Es el olor del humus, que en su lenta putrefacción desprende una fragancia que poco tiene que ver con olores de descomposición. Incluso recuerdo haber visto en un documental de cocinas imposibles, a un chef japonés que utilizaba esta, al fin y al cabo, tierra, para aderezar sus platos de fusión francesa.

No sólo a humus huele Tokio tras la lluvia. De vez en cuando llega un olor que me trae recuerdos de las serranías castellanas y sus rojizos pinos albares. Olor de madera mojada que se funde a veces con el del humo de la madera recién quemada. Reminiscencias de chimeneas de montaña. Fragancias de resinas nobles ocupando la habitación en algo que alguien vendería después como aromaterapia. Son maderas usadas para calentar el agua de antiguos baños públicos, de esos que todavía conservan un cobertizo de Uralita con madera apilada y cortada, que en la espera a ser quemadas destilan sus fragancias en contacto a la fresca humedad de la lluvia caída. Aromas de pueblo que por momentos enmascaran la realidad urbana de la ciudad, como cuando furtivamente brisas de sabor salitre se cuelan entre el muro de rascacielos, reivindicando un mar tan cercano como olvidado.

De la madera recién cortada que mientras se desangra grita en un estallido de fragancias, a la difunta madera de templos y santuarios. Maderas de cedro, oscuras por el paso del tiempo y ahumadas por la adsorción continuada de incienso, liberan al ser humedecidas una mezcolanza de olores sacramentales embalsamados en el perenne incienso. Olores que fluyen y se diluyen por los alrededores, a modo de silenciosa y subrepticia homilía que denota la presencia del recinto sagrado. Olores muy diferentes a la marasma de olores encerrados en catedrales; aromas estancos sin ventilar, de una crasitud solemne y artificiosa, que poco tiene que ver con la comunión natural de los santuarios japoneses.

Perfumes cargados de memoria que fugaces se disipan por la carcoma del asfalto.

::: escrito a las 10:50 PM | {comentarios} (2)

Mayo 23, 2008

glamour

Kinoshita Takanori (1894-1973) es un pintor apenas conocido en Japón, cuya obra nunca hubiese sido objeto de una retrospectiva en el museo de arte de Yokohama, si no fuera porque este pintor nació y vivió toda su vida en esta cosmopolita villa. Retrospectiva construida a base de prestamos de modestas colecciones privadas y familiares, y de cuadros venidos de numerosos museos provinciales y metropolitanos, muestra del relativo olvido en el que estaba este pintor. En los años veinte, en pleno florecimiento Taisho (época de apertura democrática en Japón, 1912-26) se trasladó a la Ecole de Paris para realizar estudios de pintura. Como muchos otros pintores japoneses fascinados por occidente, Kinoshita cumpliço su sueño de estudiar en la meca de la pintura mundial, con la salvedad de que fue de los pocos pintores que se mantuvo fiel al estilo clásico. Dadaismo, surrealismo, cubismo o futurismo fueron tendencias que no lograron calar en el estilo académico de Kinoshita. Cuando regresó a Japón en los convulsos años previos a la guerra, fundó una sociedad con pintores clásicos como él que llamo simplemente con el año de su fundación: 1930. Con el tiempo, se fue quedando sólo como único estandarte del clasicismo, y con la guerra, y gracias a su acomodada posición, evitó el tener que participar como pintor de propaganda. Con la paz y la ocupación de posguerra, el sueño americano llegó a Japón, y con él, la mayor fuente de inspiración de Kinoshita.

gl1.jpg

La dorada década de los cincuenta. Kinoshita pasará a la historia por sus retratos de mujeres japonesas occidentalizadas. De un estilo realista marcado por sus trazos suaves, en la mayoría de sus cuadros de esta época no hay kimonos, ni referencias japonesas. Los lugares en donde posan las retratadas (clases de piano o de ballet, bibliotecas, cafés) son de clara importación europea. Incluso si aparece algún libro o revista entre las manos de la modelo, no hay caracteres chinos, sino clara caligrafía occidental. Sin embargo, los cuadros reflejan la elitista moda de la época, y un glamour que explica la fascinación de los japoneses por Audrey Hepburn. Mujeres estilizadas posando con estilo y contención en las formas, de una pasta muy distinta a la de esas mujeres fatales del mejor Shangai de los treinta. Y es que pese al atrezzo del cuadro, inequívocamente nos encontramos ante esa mezcla de inocencia y timidez impuesta a las mujeres japonesas. En todos los retratos de Kinoshita las mujeres tienen la mirada perdida, ruborizadas, sin atreverse a mirar directamente al espectador. Incluso los numerosos desnudos transmiten el pudor de unas modelos reacias a enseñar sus formas, y que parecen que en cualquier momento cogerán la almohada para taparse. Ni rastro de esa mirada entre pícara y complaciente que denota seguridad, de la famosa Maja desnuda pintada por Goya.

gl2.jpg

Paseando entre el glamour de los cuadros, me vino a la cabeza la excelente serie americana de televisión “Mad Men”. Basada en la misma época en la que Kinoshita pintó sus más famosos cuadros, ofrece una visión del mundo laboral estadounidense de la época que recuerda al japonés de hoy en día. Los americanos abandonaron Japón a finales de los cincuenta, y les dejaron un “sueño” y unos valores que se olvidaron de ir renovándolos con el tiempo. En “Mad Men” las mujeres son los floreros de la oficina, y como tal, están sujetas a un comportamiento deliberadamente machista que hoy en día sería considerado delito. No en Japón. Las mujeres japonesas aceptan su rol laboral secundario, y como aquellas mujeres de la Madison Avenue, sólo aspiran a cazar a algún compañero que las retire, les ponga una casita en los suburbios, y un par de hijos para pasar el rato. Cumplido el objetivo, la venda esta puesta y hacen la vista gorda a las cada vez más frecuentes reuniones hasta madrugada, inesperados viajes de negocios de fin de semana, y fragancias de perfume femenino enmascaradas en el rancio olor de tabaco, whisky y tergal. Eso si, mientras dura su floración, mantienen un impecable estilo construido a base de prestigiosas marcas, y pulido día a día con las últimas revistas de moda. Incluso el propio Kinoshita fue ilustrador de moda en revistas como “Shukan Asahi”, de ahí su extremada sensibilidad para captar esa sofisticación femenina, única arma para desenvolverse en un mundo de hombres.