Tokyo Nikki - Algunas notas fugaces y digresivas de una vida en Tokio

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Febrero 25, 2008

volta

Del concierto de Björk en el Budokan no esperaba mucho. Todavía tenía en mente la frialdad del público en el concierto de Coldplay, y el último álbum que además da nombre a la gira, "Volta", no me terminaba de convencer. Cuán equivocado estaba.

Desde el principio el público se entregó. Pese a ser todas las localidades sentadas, la gente de la zona de platea estuvo desde el principio de pie, y poco a poco el calor fue subiendo por las localidades más altas, hasta que finalmente todo el público se levanto y se puso a bailar en un fin de fiesta de ritmos de discoteca que hacían pedir más marcha y una visita a alguna discoteca para rematar la noche del viernes. Realmente los fans de Björk japoneses están echos de otra pasta. El pabellón a reventar, el merchandising casi agotado, y los reventas haciéndose de oro a la entrada. Una energía que caló en los miembros de la banda, que calificaron el concierto del viernes como wild (salvaje).

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Y en cuanto al concierto, fue un repaso a todos los clásicos, y si no a todos, si a todas mis canciones favoritas de las que sólo eché en falta algún tema del "Selmasongs". Canciones todas ellas con un cuerpo especial, el que daban diez músicos islandenses con sus trompetas, trompas y trombones, acompañando de forma soberbia a la artista, y dando una nueva textura sonora a esos clásicos que despojados de la electrónica del estudio, sonaban mucho más cálidos y cercanos. Emocionante.

Un conciertazo pese a los noventa minutos justitos que duró, y en el que hubo desde un cumpleaños feliz cantado en islandés por Björk para felicitar al teclista, hasta un guiño político cuando dedicó la última canción, "Declare Independence", a Kosovo. Aunque a esas alturas el público ya estaba demasiado extasiado como para enterarse.

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Febrero 22, 2008

anagnórisis

Se habla de lo sublime como ese momento que parece elevarnos espiritualmente en la contemplación de una obra de arte, ateridos por un sentimiento desconocido, ajeno a nosotros como el de esa inusual belleza que escapa a nuestra comprensión. Puede ser lo sublime el culmen de una obra de arte, aunque hay otro sentimiento que por cercano, se sitúa por encima de lo sublime: la familiaridad de algunas obras de arte. Una especie de anagnórisis artística que ocurre cuando en la contemplación de una obra, ves rasgos, indicios, muescas de tu propia personalidad vertida en algo ajeno, ese algo que tus manos no han creado por inoperancia entre tú consciencia y el arte manual requerido. Son obras de una familiaridad dolorosa, que sin embargo te atrapan precisamente por su cercanía y falta de perfección en comparación con la eterna permanencia de lo sublime.

Algo de este sentimiento lo experimento con las obras de Matsui Fuyuko, una artista que desde que la ví hace un par de años en ese alejado museo de arte contemporáneo de Tokio, he ido siguiendo su trayectoria fascinándome con cada nueva obra. Desde aquella exposición, entró a formar parte de la galería Naruyama, una pequeñísima galería que ocupa un cuarto de apenas cuatro metros cuadrados en un antiguo edificio de viviendas reconvertido en oficinas, en Kudanshita, entre el Palacio imperial y el templo Yasukuni. En esta galería que trata con mimo a sus artistas, Matsui se ha hecho un nombre en el nuevo panorama artístico del nihonga con su fusión de técnicas tradicionales con sugerentes -por su fantasmagórica evanescencia- temas contemporáneos.

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"Scattered deformities in the end". Matsui Fuyuko, 2007

Su última exposición bajo el título "Narcissus" ha recibido excelentes críticas, hasta el punto que fue portada de la biblia de las revistas de arte japonesas, "Bijutsu Techo" ("Cuadernos de arte"), que además le dedicó casi cincuenta páginas entre entrevistas, artículos y fotografías de su trabajo. Una exposición que vista in situ en ese pequeño espacio de exposición que recuerda a un cuarto de estar del siglo XIX, mientras eres observado con indiferencia por el mismo señor Naruyama - dueño y señor de la galería-, propicia un ambiente en donde lo tenebroso de la exposición apenas desentona con el ambiente. Y así las miradas perdidas de los cuadros, cuerpos desmembrados o incluso el aura de suicido del bosque de Aokigahara, que inspiró uno de sus cuadros, se ven con normalidad y con verdadero placer estético.

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Matsui Fuyuko trabajando en su atelier

Y justo el mismo día de clausura de la exposicón, se pone a la venta un libro de Matsui Fuyuko editado por Editions Treville, una de esas rarezas editoriales de buen gusto y mejor saber hacer. Aunque si eres un sibarita de los libros de arte, quizás mejor encargar a la galería Naruyama su libro edición limitada autografiado.



Mas información

Entrevista, artículo e imágenes de Matsui Fuyuko en la revista Art-Signal

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Febrero 19, 2008

repaso

El pasado viernes se dieron los premios de la academia de cine japonesa y como todos los años, la gala fue soporífera. Las galas de cine occidentales son un espectáculo, un derrocho de ingenio guionizado en donde se opta por la brevedad, y por un conductor dinámico y con chispa que sepa dar ingenio y frescura a la a veces interminable sucesión de caras conocidas. Sin embargo, la gala japonesa es un derroche de tedio, formalidad y preguntas estúpidas que refrendan la idea de que los guionistas de este país llevan por lo menos una década en servicios mínimos, como demuestra el hecho de que el galardón al mejor guión no distingue entre mejor guión adaptado ni mejor guión original. Doscientos cincuenta euros es lo que cuesta el cubierto de la gala, y gracias a esta cena es como consiguen los nominados aguantar esta farsa. Comienza la gala, y los nominados van subiendo al estrado en donde son interrogados por la pareja de presentadores con preguntas que van desde ¿por qué has cambiado tu peinado? a ¿cuál fue tu escena favorita?. Preguntas que diligentemente y sin gracia contestan unos nominados un poco disgustados porque no se les ha preguntado cual es su color favorito. Tras la interminable ronde presentaciones, y ahora que ya se conocen todos, comienza por fin la entrega de premios. De nuevo la misma fría indiferencia en la presentación, y otra vez el ganador al estrado para hacer su correcto discursito. Por suerte, a estas alturas de la gala muchos ya están un poco achispados por el alcohol y dejan alguna perla, o están ya tan mamados dormidos que apenas se distingue un gracias en su breve lista de agradecimientos. Termina la gala, y la impresión es que ni siquiera las actrices pudieron lucir palmito. No se porqué extraña razón en la gala de este año casi todas las nominadas llevaban falda, enseñando unas piernas sin medias en donde con toda claridad se distinguía el feo contorno de unos calcetines recién quitados.

Y en cuanto a las películas, dos dramas coparon todos los premios: “Bizan” y “Tokyo Tower”. Dos dramas que no pasarán a la historia de la filmografía japonesa, en especial “Bizan”, el típico drama de muerte mezclado con recuerdos que tanto gusta últimamente en Japón. De "Tokyo Tower", mejor película del año según la academia, algo más se podría decir. Con el epígrafe de "Mi madre y yo, y a veces mi padre", la película, basada en la autobiografía homónima de Lily Franky cuenta la historia de este todoterreno de las artes, que antes del libro se paseaba por la televisión dando glamour y un toque "cultural" a los programas que le acogían. Odagiri Jo encarna el papel protagonista, haciendo de él mismo, ya que estoy seguro que de mayor le gustaría vivir del cuento "artístico" como hace Lily. Menos mal que la academia no le premió pese a estar nominado, y en su lugar concedió el premio a mejor actor y actriz a los otros dos protagonistas de la película: la madre, Kiki Kirin, y el padre, Kobayashi Kaoru, dos veteranos actores que sin duda se lo merecían. En especial Kiki Kirin, una veteranísima actriz que por fin ve recompensado su trabajo con un premio que siempre le era esquivo, gracias a una interpretación memorable. Sin lugar a dudas, la mejor interpretación femenina del cine japonés en años. Una derroche de fuerza, sensibilidad, naturalidad y pasión que por desgracia no ha transmitido a su hija, que hace el papel de joven madre.

De las otras películas galardonadas, "Soredemo boku wa yattenai" ("Eso no lo hice") es un soplo de aire fresco en una industria viciada por la ñoñería, y también una película valiente que denuncia el caduco sistema penal japonés. Escrita y dirigida por Suo Masayuki, famoso por su película "Shall we dance?", cuenta la historia de un joven acusado falsamente de acoso sexual en el tren, enfrentado en solitario a un sistema judicial que hace aguas. Y del resto de películas nominadas y no nominadas, se deduce que este año ha sido especialmente flojo. Este es mi repaso personal del cine japonés en el año 2007:

-La esperada película de Kitano Takeshi fue una nueva página personal aprovechada para relatar sus disquisiciones como creador sin importarle un ápice la audiencia, pese a que en los treinta primeros minutos hace un brillantísimo análisis a la vez que una ácida crítica, de lo que se ha convertido el cine japonés contemporáneo.

-Pese a que fue galardonada en Cannes, “Mogari no mori” pasó desapercibida en Japón, con una distribución muy limitada que además se vió frenada con su estreno simultáneo por televisión por cable. Aun así, es para mi la mejor película del año. Por la interpretación, por el tempo, y por lo arriesgado de una historia poco convencional que trata de esos marginados que son los ancianos.

-No hay término medio, para unos “Dainipponjin” es la película del año y para otros un engaño. Matsumoto Hitoshi, famosísimo cómico japonés, emula los pasos de Kitano escribiendo, dirigiendo e interpretando su ópera prima. Aunque la historia de monstruos gigantes arrasando Tokio no tiene por donde cogerse, y menos el estrambótico final, lo cierto es que entre combate y combate la película tiene momentos brillantes, a la vez que incisivas críticas de la sociedad japonesa. Momentos que desgraciadamente no compensan el excesivo metraje, dejando cierta desazón de lo que pudo haber sido si no se hubiera abusado de tantos combates.

-Otra de las películas que acaparó nominaciones, “Tennen kokekko”, es una énesima historia de amor de instituto, con la originalidad que está situada en un perdido pueblo que sólo cuenta con seis estudiantes. Ahí acaba la originalidad de una historia estival, que al igual que el calor del verano, se hace soporífera e interminable.

- De “Sakuran”, la película de la fotógrafa Ninagawa Mika, resultó ser exactamente lo que parecía. Un colorista ejercicio visual y punto. Interpretaciones vacías, especialmente la de la modelo protagonista (llamarla actriz es decir mucho), y una historia mal dirigida y llevada sin ritmo.

- La segunda parte de “Pacchigi!” resultó ser más de lo mismo. Coreanos, broncas y peleas callejeras. Redundancia que esta vez no contó con el apoyo de público ni de crítica, pasando desapercibida pese a los infructuosos esfuerzos de ese soberbio Garcí a la japonesa que es Izutsu Kazuyuki.

Muchos más bodrios me he tragado este año que ni si quiera merecen unas líneas. Al menos, mantengo la esperanza de arreglar este año cinematográfico cuando consiga ver en DVD: la última película de Aoyama Shinji, “Sad Vacation”; “Megane”, de Ogigami Naoko, directora de la genial “Kamome shokudo”; y “Kokudo 20”, una prometedora road movie. Y es que pese a haber visto mucho cine japonés reciente, siempre me quedo con la sensación de que cualquier película japonesa antigua fue mejor...

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Febrero 14, 2008

hombría

Desde hace más de mil años, en el pequeño pueblo de Kokuseki en la provincia de Iwate (norte de Japón), la noche del séptimo día del nuevo año lunar se celebra un festival que es el orgullo de la región. Hombres semidesnudos desafían al invierno, y ajenos a la abundante nieve de la región, se lanzan a visitar el templo de Kokusekiji en una ceremonial procesión para pedir por la abundancia de las cosechas, y por la buena ventura del año entrante. Desnudos hasta por la mañana, y con la única ayuda para entrar en calor de toneladas de sake bendecido y pequeñas fogatas, estos hombres hacen penitencia por todo el pueblo, hasta que su demostración de hombría alcanza el punto cumbre cuando el sacerdote lanza una bolsa que simboliza la nación, y que traerá suerte y fertilidad a aquel que la consiga. Es entonces cuando la batalla comienza sin importarles el hielo ni el lacerante frío de la noche.

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Es el festival "Kokusekiji Sominsai", que cada año atrae cientos de visitantes, gracias en parte a los posters promocionales colocados en muchas estaciones de trenes. Sin embargo, el poster elegido para promocionar el festival, que este año caía en trece de febrero, fue censurado. Se alega que el poster en cuestión era de mal gusto, y que violentaba a las delicadas féminas japonesas, no acostumbradas a ver hombres de pelo en pecho. Vale que el poster podría servir de reclamo para una fiesta de osos, pero su estilo un tanto hortera no es más que una forma de potenciar esa hombría de la región, de la que carecen tantos afeminados hombres japoneses. Al final y como suele suceder, la censura ha sido la mejor campaña de publicidad, y miles de japoneses colapsaron el festival de este año. Incluso el barbudo protagonista de la foto se ha hecho un hueco en la televisión japonesa, demostrando una simpatía que poco tiene que ver con la etiqueta de violador que le habían colgado escandalizadas oficinistas japonesas.

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