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Enero 24, 2008
peregrino en Shikoku
Introducción
Paradójicamente, para muchos el peregrinaje de los 88-templos de Shikoku no comienza en la isla del mismo nombre, sino en la cercana y principal isla de Honshu. En concreto en el Monte Koya, centro neurálgico de la orden budista creada por Kobo Daishi, y lugar en donde reposan sus cenizas. Es por tanto el Monte Koya el fin, el punto último, como bien sabía Kobo Daishi en la primavera del año 835 cuando, tras volver de un viaje que presagiaba a despedida de la imperial Kyoto, anunció el día de su muerte, y el emplazamiento donde deberían descansar sus cenizas: el monte Koya.
El peregrinaje de la isla de Shikoku debe de empezar por el principio, por la tierra que vió nacer a este monje budista llamado Kukai, antes de que un edicto imperial póstumo del 921 cambiara su nombre por el más conocido como Kobo Daishi. Título que le elevó a la categoría de santo nacional e indiscutible figura mística del país. Kobo significa “transmitir ampliamente las enseñanzas del budismo” mientras que Daishi siginifica “gran maestro”, y aunque ha habido muchos monjes con ese título, la simple mención de Daishi hoy en día evoca la de Kobo Daishi, el más grande de todos, y por tanto único merecedor de ese sobrenombre. Fue en Shikoku, en sus profundos bosques, sus inaccesibles montañas, o en los abruptos acantilados que dan al mar, donde Kukai descubrió el ascetismo, y el camino que debería de llevarle a su santificación. A pesar de toda la santidad y leyenda que le rodean, Kukai simplemente fue un hombre adelantado a su tiempo, un Da Vinci japonés que sobresalió en campos tan diversos como la pintura, la caligrafía, la ingeniería civil o la poesía, además de ser un gran pensador cuyas enseñanzas, algo diferentes a las que imperaban en la época, formaron una secta que es hoy en día una de las más importantes de Japón: el budismo Shingon. Acercarnos a la figura de este ilustrado personaje no es un acto de fe ni fruto de una motivación religiosa. Es simplemente la indagación en la figura de un hombre que supo entender la idiosincrasia de su pueblo, cuyas raíces encontró en sus largos e incansables viajes por la isla de Shikoku. Un peregrinaje, que despojado de toda su carga religiosa, es un forma de introspección y de conocimiento de una realidad humana que no entiende de naciones ni de banales construcciones religiosas.
El objeto de este relato no es por tanto el de ofrecer una detallada descripción de los templos ni de las divinidades a las que honran, para ese fin existen numerosos libros en japonés, e incluso una guía en inglés. Tampoco será un guía detallada de información práctica sobre el peregrinaje. Para eso también existen numerosas guías especializadas acompañadas de excelentes mapas, imprescindibles para acometer el peregrinaje a pie, pero útiles también para ahorrar tiempo cuando se conduce por carreteras comarcales. Por supuesto la figura de Kobo Daishi estará omnipresente en este viaje, no en vano la inscripción en sánscrito y japonés que a modo de amuleto acompaña al peregrino en todo el viaje, reza “dogyo ninin”, que se puede traducir como “dos haciendo el camino” en referencia a que Kobo Daishi siempre te acompaña. Pero tampoco pretende este texto ser una biografía fiel de Kobo Daishi, ni un repositorio de sus enseñanzas budistas. Este relato simplemente pretenderá ofrecer mi mirada sobre este especial camino que por casi dos mil kilómetros me llevó por lugares sagrados, recónditos templos, e inaccesibles caminos. Un peregrinaje cargado de reminiscencias históricas, que es parte indisoluble del espíritu japonés. Un camino que debido a la falta de material en castellano, creo que merece la pena contarse.
Enero 23, 2008
ibiza
A los asiduos noctámbulos de los clubes de Tokio, la palabra "Ibiza" es un estimulante cargado de reminiscencias de fiestas, noches sin fin, y mucho de leyenda para los no iniciados. Ibiza es algo así como la meca del tecno, el místico valhalla a donde ir a parar muerto de sobredosis. Un paraíso de fiestas non-stop en donde el tiempo se detiene hasta donde aguante el dinero. Atraídos por los cantos de sirenas ibicencas, el Unit presentaba un inmejorable aspecto para recibir a uno de los patriarcas de las isla: DJ Alfredo. No creo que haya club en la isla en donde no haya pinchado este veterano DJ, residente en las más grandes discotecas ibicencas: Privilege, Amnesia, Pacha, Space, etc. Al él se le atribuye el haber creado el house ibicenco, un inconfundible sonido que es ya banda sonora de la isla verano tras verano.

Quizás por mimetismo, el público japonés presentaba un aspecto muy ibicenco: Gafas de sol por doquier y mucha pose. Una fiesta de maniquíes movidos al son de la música de Alfredo, que gracias a su variado repertorio mantuvo el ritmo durante hora y media, mezclando desde los sonidos ibicencos más tradicionales, a clásicos "remixes" de Chemical Brothers, o incluso pequeños guiños de samba o tecno más minimal. El público se entregó, y a medida que se acercaban las cinco de la mañana -fatídica hora en la que empiezan de nuevo los trenes-, la gente no parecía tener ganas de moverse. Al final, todos al "búnker" del sótano B3, y el staff como loco repartiendo fotocopias en donde nos emplazaba a una nueva sesión after-hour no programada de DJ Alfredo a partir de las seis de la mañana. Espíritu de Ibiza.
Enero 16, 2008
año nuevo
El 25 de diciembre acaba la navidad en Japón. Súbitamente y sin ambagajes. Mero trámite. De la noche a la mañana los adornos festivos desaparecen de las tiendas, los árboles de navidad se esfuman, y los gorros de Papá Noél desaparecen de las cabezas de los aliviados empleados de restaurantes de comida rápida. Una navidad tan corta, que sólo así se explica que en Japón comience a principios de noviembre. Tras la breve navidad, es tiempo de o-shogatsu (正月,), la verdadera fiesta tradicional japonesa del año nuevo, y no esa navidad importada de tintes rojos capitalistas e ilusiones empaquetadas.
Los adornos navideños se ven reemplazados por kadomatsu (門松), un adorno tradicional consistente en bambú y ramas de pino, colocados en las entradas de centros comerciales, oficinas y viviendas. Redecorado Japón en cuestión de horas, la gente aguarda las vacaciones para atrincherarse en casa con la familia, y beber y comer y volver a beber durante tres días como si la vida les fuera en ello. Tres días en donde la única salida es al templo para descubrir la ventura del nuevo año (omikuji), o la visita a alguno de los centros comerciales, únicos comercios abiertos y motor ecónomico del país, que en medio de las celebraciones del nuevo año han preparado las rebajas. Por lo demás, en o-shogatsu la gente se engancha a la televisión. Programas interminables inundan la parrilla, y humoristas y demás showman alternan aparaciones por una y otra cadena hasta el hastío. Si se pudiese hablar de una pasatiempo nacional en Japón, ese sería comer y ver la tele. O mejor aún, ver en la tele como otros comen. Al menos de entre toda la telebasura de esos días, hay un evento deportivo que se ha convertido en una tradición: la carrera de relevos Hakone ekiden. Es una carrera en la que estudiantes universitarios compiten por relevos para cubrir en el plazo de dos días la distancia entre Tokyo y Hakone. Unos cien kilómetros de ida y otros cien de vuelta.

La carrera es una síntesis del espíritu japonés, y como tal atrae a millones de espectadores que se conmueven con las lesiones de los corredores. Y es que aunque cada corredor tiene que completar 20 kilómetros de forma individual, una lesión que le obligue a retirarse acabaría con el equipo fuera de competición, y sin plaza para la carrera del próximo año. Por lo que una carrera individual se convierte en una carrera de equipo, en donde todos los corredores tienen que dar el máximo para lograr que su equipo gane. Aunque al final, lo que atrae al espectador no es el resultado ni la curiosidad por ver que universidad se hará con el título (la universidad de Komazawa este año), sino el morbo de ver a unos jóvenes corredores desplomarse a pocos metros de la línea de relevo, incapaces de dar un paso más, para fundirse después en lágrimas con el resto de un conmovido equipo. Es entonces cuando se produce la comunión del espectador con ese espíritu colectivo tan de la tierra.