Tokyo Nikki - Algunas notas fugaces y disgresivas de una vida en Tokio

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kagurazaka

A menos de quince minutos en bicicleta desde mi casa se sitúa Kagurazaka, una larga cuesta que empieza frente al puente Ushigome (estación de Iidabashi) y que termina con la salida más alejada de la estación de Kagurazaka. Antiguamente un popular barrio de geishas, hoy día ha sido tomado por la colonia francesa. En sus alrededores se sitúa el Liceo y el Instituto francés, además de concentrar la mayor oferta de restaurantes franceses de todo Tokio. Y como suele ocurrir en Tokio con la etiqueta “francés”, el barrio hoy día es considerado un lugar de moda y elegante. Lo cierto es que hay buenos restaurantes y cafés por doquier, y no sólo de comida francesa. Famosa es una pastelería de Fujiya, por ser la única en Japón que produce Peko-chan yaki, un dulce con el famoso carácter de la compañía. Hay ademas un izakaya (bar de tapas) en donde comer un más que decente guiso de tortuga (suppon), una pequeña tienda donde disfrutar de unos nikuman (bollos chinos rellenos de carne) jugosos y extragrandes, y una escondida creperie en donde degustar auténticos crepes, y no sucedáneos como los que venden en Harajuku. Aparte, basta con perderse un poco por alguno de los pequeños callejones laterales a la calle principal, para descubrir restaurantes y cafés decorados con mimo y estilo, aislados del bullicio.

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Kagurazaka en la época Edo

Entre semana, la calle se llena de hombres de negocios vestidos de negro, que en interminable procesión por todos los bares, buscan una evasión etílica que les libere de sus interminables jornadas en alguna de las oficinas cercanas. Pero el fin de semana la calle se vuelve peatonal, y los borrachos y sus vómitos dejan paso a un ambiente festivo de tiendas que salen a la calle, jóvenes parejas prometiéndose amor en francés, y ancianos un poco descolocados en un barrio que les empieza a ser ajeno.

Pero mi lugar favorito de este barrio es su pequeño teatro de Noh, llamando Kanze Kyukokai, lugar consagrado al Noh desde 1849. En este teatro de reducidas dimensiones, la cercania a los actores hace si cabe más intensa la experiencia de este bello teatro. El peso de las vestimentas se hace palpable, al igual que el esfuerzo de sostener rígidas poses; esfuerzo vislumbrado a partir de pequeñas gotas de sudor que escapan por los bordes de las máscaras. Incluso la monótona salmodia acompañada de la temblorosa flauta, se nos clava brutalmente en el alma. Son acordes crudos, naturales, de esos en los que la llamada de la selva, de los insitintos al fin, nos perturban despertándonos nuestro hombre primitivo. Sin embargo, el refinamiento de los movimientos y la elegancia de los ropajes nos crea una paradoja que afortunadamente nos retiene en este mundo civilizado. Es la magia de la danza, y la experiencia extásica del arte en estado puro, sin sublimar.

Aunque son muchas las sesiones de este teatro, en las sesiones de mediodia la luz que se cuela por los pequeños ventanucos resta magia a este teatro de máscaras. El Noh, como teatro fantasmagórico que es, debe de verse en la penumbra. Las máscaras entonces cobran vida por medio de sus reflejos nacarados, y las apariciones presentes en casi todas las obras, nos infunden miedo y respeto. Y sólo después de haber experimentado el teatro, nos acercaremos con el corazón encogido a cercano templo sintoista de Akagi , para descubrir que ahora, capaces de descifrar parte de la simbología sacramental japonesa, el recinto sagrado nos causa el mismo efecto que experimentamos al entrar en cualquier centenaria catedral...

::: escrito en Diciembre 27, 2007 09:20 PM |

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