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patria
"El escritor siempre es patriota. Está vinculado con el idioma, con el paisaje, con la historia de un país, y es muy difícil que no sea patriota. Los que no eran patriotas en España, eran las gentes de la alta burguesía y de la aristocracia [...] Según ellos, la gente del pueblo es brutal, las costumbres toscas, la industria primitiva, la comida mala. La mayoría de esos seudoaristócratas y ricos no tenían los vicios de los españoles, sino las condiciones de los rastacueros internacionales"
Suele pasar. Deslumbrados por las costumbres diferentes del país extranjero, o quizás orgullos por la "excepcionalidad" de vivir fuera de su patria, el emigrante voluntario y acomodado reniega de su propio país (que es renegar al fin de si mismo), ensalzando el país en donde vive en un paroxismo utópico que no hace sino enmascarar las carencias afectivas del desarraigo. No es un hecho nuevo. Los grandes efugios urbanos del último siglo, pusieron al emigrante en contraposición con la actitud discriminatoria de los pequeños burgueses de la ciudad, creándoles a muchos de ellos la ilusión de un falso cosmopolitismo basado en la negación de sus raíces rurales. La realidad era que todos vivían de un cosmopolitismo provinciano, como bien criticaba Josep Pla desde su retiro de Palafrugell. Pla, un incansable viajero que había recorrido más de medio mundo como corresponsal, nunca perdió sus raíces, e intuyó a la perfección el provincianismo de una burguesía barcelonesa que se veía a si misma más cerca de Francia que de España.
Nuestra patria chica, nuestro barrio, nuestro pueblo, el lugar donde nos criamos, no entiende construcciones nacionales ni de equivocados epítetos de exaltación patriótica. Simplemente son unas raíces transmitidas como la leche materna: desde la inconsciencia y el instinto. Como ese Ignacio de la novela de Unamuno "Paz en la Guerra", hijo de emigrantes nacido en Bilbao, pero que sólo encuentra sosiego cuando vuelve al campo de sus padres -aldeanos que cambiaron la libertad de espíritu de verdes colinas por el encierro voluntario entre agobiantes muros de ciudad.
Perder las raíces o caer en la ensalzación fácil y gratuita del país extranjero, o en la crítica manida y tópica cargada de un pesimismo más propio del 98 que de la época en que nos encontramos; son los primeros síntomas del desarraigo, o primera evidencia de que en realidad somos unos rastacueros sin remedio.
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Comentarios para: "patria"
Pero muchísimo peor que la crítica o la alabanza del desarraigo es la tozuda mirada al ombligo del temeroso turista social, más chovinista y arrogante.
Por decreto en cada "patria" se debería promover el convertirse en "apátrida" por una vez en la vida para saber lo mucho que nos sobra y lo mucho que nos falta.