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Abril 28, 2007
88
A wave is but a single thing we're told but from it's hue
You'd think it was a mixture- flowers and snow
Vacaciones de Golden Week. Abandono los rigores de la ciudad para emprender un peregrinaje por la isla de Shikoku. Durante una semana intentaré completar ese ciclo kármico de los 88 templos, aunque por falta de tiempo no andando como debiera de ser.
Voy ligero de equipaje y con el ánimo de empaparme de los paisajes que cientos de años atrás despertaron el misticismo del joven monje Kobo Daishi. A la postre máximo representante de la secta budista Shingon -la más espiritual de todas las corrientas budistas de Japón-, sin duda la que mejor supo adaptarse a las prácticas sintoistas / animistas primigenias.

Y todo viaje no está completo sin unas referencias literarias que nos hagan recorrer el camino (a veces sólo espiritual) que recorrieron otros antes que nosotros. Camino que pasa por los apuntes y poemas marítimos del "Tosa Nikki", viaje de vuelta desde la que es hoy la prefectura de Kochi en Shikoku; y por supuesto, camino dedicado a la memoria de un Kobo Daishi, cuyo espíritu espero rememorar con la lectura sobre el terreno del que hoy es un libro imprescindible para todo peregrino no nativo: "Japanese Pilgrimage" de Oliver Statler.
Y no, la Komura Memorial Library en donde pernoctaba ese joven Kafka no existe. Fue simplemente una idealística construcción de Murakami Haruki...
Abril 26, 2007
Tokyo-Hokkaido // día 12
A la luz de la mañana el camping resultó ser una enorme explanada verde, situada junto a lo que parecía un pequeño parque temático con un ferrocarril y todo. Como hacía un día estupendo y todavía teníamos tiempo antes de regresar a Tokio, nos dirigimos hacia el oeste dispuestos a explorar una parte de la provincia de Fukushima famosa por sus lagos y sus pueblos.
Atravesando pequeños caminos entre montañas salpicadas de aisladas villas rurales, nos topamos con una representación gigante de un bodhisattva blanco visible desde cualquier parte del amplio valle. Intrigados por el significado de un escultura tan desproporcionada como hortera, paramos a la entrada del templo, aunque viendo que nos cobraban entrada seguimos nuestro camino. Decidimos desviarnos un poco, y fuimos bordeando el lago Inawashiroko, el cuarto más grande de Japón. Como no teníamos mucho tiempo nos quedamos con las ganas de bañarnos, aunque ya teníamos asumido que el de hoy iba a ser un turismo más cultural.

La ciudad de Kitakata fue famosa en Japón por sus destilerias de sake, que gracias a los arroces de calidad de la zona y a las cristalinas aguas de montaña de la región, consiguieron alcanzar fama nacional. Aunque muchas de las destilerías han desaparecido y otras han cambiado de lugar a polígonos industriales en donde aumentar su producción, todavía quedan algunas de las antiguas destilerías en funcionamiento, aunque muchas museos para turistas y otras mantienen una pequeña producción de sake artesanal sólo apto para sibaritas. Tras informarnos en el centro de turismo de la estación de tren, y conocer a un simpático guía local norteamericano que nos invitó incluso a quedarnos para asisitir a un festival de reggae local, aparcamos nuestras motos y nos dispusimos a recorrer andando el centro histórico de este pequeño pueblo. Sorprende la cantidad de edificios preservados del periodo Edo que contiene este pueblo, quizás la mayor concentración de ellos que he visto en todo Japón. Muchos de estos edificios necesitan reformas urgentes lo que da idea de la falta de implicación del estado por conservar estas reliquias. Tienen que ser los propios habitantes de unas casas heredadas de generación en generación los que por el módico precio de una entrada, hagan frente a los gastos de conservación y a los de su propia subsistencia. Dinero que en la mayoría de los casos apenas alcanza a cubrir los gastos de preservación de tan magnífico patrimonio. Pese al deterioro de muchas, hay otras casas bellamente preservadas que hacen de este un pintoresco pueblo que merece la pena ser visitado.

La principal razón por la que hoy en día es conocido el pueblo es por su ramen. Presenta Kitakata el mayor número de restaurantes de ramen por habitante de todo Japón, y uno de los primeros mapas que se reciben en la oficina de turismo es uno en donde localizar los restaurantes más famosos. Recuerda el ramen de kitakata al de tonkotsu (de carne de cerdo), aunque con un sabor no tan fuerte. O al menos esa fue la impresión al comer una de las muchas especialidades en un famoso restaurante en donde la gente hacía una larga cola para poder probarlo.
Abandonamos Kitakata con el estómago lleno, y dirección sur nos fuimos adentrando por estrechas carreteras locales que atravesaban pequeños pueblos escóndidos en recónditas colinas. Un muy agradable viaje de suaves pendientes y frescos bosques, en donde el ruido de las cigarras competía por hacerse oir con el suave ronroneo de nuestras motos. Casi sin darnos cuenta, llegamos al paso de Shirakawa, y aunque no nos detuvimos, nos asaltó la certeza de que el final del viaje se aproximába, y más a medida que la concentración de edificios se multiplicaba.
Y así, con la noche salpicada por las luces de la gran megalópolis, desplazándonos por una de esas enormes autovías que aquí llaman by-pass, entramos con velocidad en una ciudad en donde el ritmo de sus habitantes poco tenía que ver con el de nuestros biorritmos de los últimos días. El viaje llegaba a su fin, y atrás quedaban tres mil doscientas sensaciones para el recuerdo.
Tiempo de viaje: 12h
Alojamiento: 0 yen
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Mapa de ruta

Abril 24, 2007
Tokyo-Hokkaido // día 11
Hacía un día espléndido en Aomori, que David aprovechó mientras estabamos todavía en el barco para hacer unas muy buenas fotos mientras yo seguía dormido. Atracamos en Hachinohe, y salimos dispuestos a recorrer sin casi descanso la carretera nacional 4 (国道4号), la misma por la que habíamos venido. Nuestra intención era avanzar lo más posible, y sólo en caso de que nos sobrase tiempo el siguiente día, pararíamos para visitar alguna ciudad que estuviese de camino a Tokio.

Tras el ya típico desayuno de konbini, avanzamos tostándonos bajo el sol, ganando la carrera a unas grises nubes que parecían perseguirnos desde Hokkaido. Casi sin darnos cuenta, estabamos comiendo otra de nuestras comidas revitalizantes en un restaurante familiar junto a la carretera a la altura de Sendai. Descandados continuamos el camino, y ya de noche nos adentramos en unas montañas cercanas a Nihonmatsu, en donde el cambio de temperatura nos sorprendió subiendo un pequeño puerto. Compramos algo de comer en un konbini en medio de la niebla, y nos dirigimos a un lugar de acampada gratuito en medio de la montaña. Pese a lo apartado del lugar, había un solitario motero que ya había plantado su tienda y dormía, lo que nos dió algo de confianza para acampar en un camping más siniestro por la cerrada noche que había.
Tiempo de viaje: 12h
Alojamiento: 0 yen
Abril 23, 2007
Tokyo-Hokkaido // día 10
Lo que era una tibia llovizna cuando nos metimos en la tienda para dormir, se debió de convertir en una tormenta en condiciones mientras dormíamos, porque cuando despertamos nos encontramos con una camping anegado y el agua filtrándose en la tienda. Incluso las mochilas que habíamos dejado debajo de un banco aparecieron totalmente empapadas. Aún lloviendo, recogimos nuestras cosas y con la humedad en el cuerpo salimos de aquel barrizal dispuestos a apurar nuestras últimas horas en Hokkaido antes de coger el ferry de vuelta a Honshu.

David si tuvo ánimo de hacer una foto tras la inundación
Nos dirigimos a la región conocida como Biratori, zona de Hokkaido donde tradicionalmente se concentraba la población ainu, y que aún hoy en día presenta la más alta poblacion de ainu de toda la isla. En concreto, nos dirigimos a Nibutani, junto al río Sarugawa, en donde se encuentra uno de los museos dedicados a los ainu más importantes de Japón, "Nibutani Ainu Culture Museum", y el único que reproduce al aire libre un típico poblado ainu. Junto al museo, un pequeño pueblo en donde comprar recuerdos e incluso donde digustar platos típicos de la gastronomía ainu (de sabores demasiado fuertes para mi gusto), y otro museo dedicado al río Sagurawa, imprescindible para entender la mitología ainu y el desarrollo de esta zona de Japón. Afortunadamente la lluvia remitió un poco durante nuestra visita al museo, y pudimos visitar tranquilamente el pequeño poblado exterior. En el museo, pudimos también secarnos y quitarnos el frío que llevabamos en el cuerpo, adormilados en un sofa frente a un televisor en donde podíamos poner y quitar a nuestro gusto decenas de documentales sobre ainu en VHS.

Cabaña ainu
Debímos de pasar un par de horas empapándonos de la cultura ainu (subconscientemente a veces), hasta que por fin decidimos emprender de nuevo el camino. Seguía lloviendo y no tenía pinta de remitir, por lo que decidimos cancelar nuestra visita a Shiraoi -otro famoso emplazamiento de ainu-, y a Yubari, pueblo por el que tenía ciertas simpatías por su festival de cine, aunque debido a la mala gestión de su alcalde, el festival ya no se celebra y es actualmente el pueblo japonés con mayor deuda contraída, y en donde se pagan los impuestos más altos de todo Japón.
Nuestra estancia en Hokkaido llegaba a su fin, y la isla nos despedía como nos recibió: con lluvia. Llegamos a Tomakomai, y tras comprobar la salida de nuestro ferry, nos dimos una buena comilona en un excelente restaurante de yakiniku. A punto de explotar salimos del restaurante, y tras pasar por una lavandería, decidimos quemar nuestras últimas horas relajándonos en un supa-sento: Un enorme baño público en donde poder retozar, dormir en sillones de masajes, o simplemente sentarse y ver la tele cómodamente vestido de yukata todas las horas que quieras.

Río Sagurawa
Llegamos casi los últimos para coger el barco, y esta vez nos colocaron en una pequeña habitación separada del resto compartida con no más de seis moteros. Todo un detalle por eso de la intimidad, aunque los moteros somos personas como el resto... Todavía bajo los placenteros efectos del baño, caímos enseguida dormidos mientras nos alejábamos del industrial puerto de Tomakomai rumbo a Aomori.
Tiempo de viaje: 6h
Alojamiento: 6280 yen (ferry)
Abril 19, 2007
Tokyo-Hokkaido // día 9
Cuando nos despertamos, nuestros compañeros de chamizo ya no estaban. Habíamos dormido tan profundamente que ni si quiera les habíamos escuchado marcharse. Otra mañana que se abría un tnto gris, y tras la lata de zumo de naranja de rigor, nos hicimos una foto en donde acababa la carretera, uno de los puntos accesibles por carretera más orientales de Japón. En nuestra bajada hasta el pueblo de Rausu, paramos primero en el rotenburo de Aidomari, un afloramiento de aguas termales frente al mar, gratuito y de libre acceso. Por la eleveda temperatura del agua apenas pudimos disfrutarlo, aunque nos relajamos contemplando el nublado horizonte, donde en días despejados sobresale la isla de Kunashiri, la más meridional de las islas Kuriles, sobre las que Rusia y Japón mantienen un tenso litigio desde que el ejército rojo se las apropiase al término de la II Guerra Mundial. A la salida de nuestro relajante baño, entablamos conversación con un anciano viajero, que a parte de contarnos sus viajes por todo Japón, nos regaló una fotografía del Monte Fuji realizada por él mismo.

En el konbini de Rausu donde la noche anterior habíamos estado cenando, desayunamos mientras pensábamos nuestro recorrido para el día que empezaba. En esas estábamos cuando un motero entabló conversación con nosotros en un rudimentario español. Nos contó alternando el español, inglés y japonés que llevaba un mes de viaje "salvaje" por Hokkaido, recorriendo con su moto de cross las pistas forestales y caminos menos transitados de la isla. Iba escaso de equipaje, aunque entre sus pertenencias no faltaba una caña de pescar con la que imaginamos conseguiría cada noche su cena. Tras sugerirnos varios lugares para visitar y ayudarnos con nuestro plan del día, nos deseamos suerte y emprendimos nuestro viaje por carreteras diferentes.
Aunque nuestro plan original era dirigirnos hasta la península de Nemuro, seguimos los consejos de nuestro compañero de desayuno, y nos dirigimos a la zona de lagos situada en el parque nacional de Akan. El primer lago que visitamos fue el lago de Masshu, considerado como un de los más bellos de todo Japón, además de ser el de aguas más cristalinas. Aguas tan puras que para nuestra decepción, no estaba permitido bañarse en él. Situado en un cráter, suele estar permanentemente cubierto por una espesa niebla, por lo que cuenta la leyenda que la gente "afortunada" que consigue ver todo el lago en un día despejado (como nos pasó a nosotros) , se casará tarde.

Paramos después en el pequeño pueblo de Kawayuonsen, en donde por casualidad paramos en su coqueta estación de tren. Una antigua estación con aguas termales en donde relajarse las piernas tras un largo viaje, y en donde comimos un buenísimo helado de leche, especialidad culinaria por la que Hokkaido es especialemente conocido. Tras el breve descanso, visitamos el monte Iozan, una montaña volcánica con afloramientos de azufre, que en paisaje recuerda al de Owakudani en Hakone. Un poco molestos por tener que pagar el parking, decidimos dejar las motos frente a la entrada del parking, y para sorpresa de los un poco enfadados guardias entramos en el parque a pie para conseguir nuestra foto. Al final, incluso se apiadaron de nosotros y nos invitaron a entrar gratis al parking, aunque para entonces ya teníamos nuestra foto y no había nada más que ver.


El siguiente lago de nuestro recorrido y el más grande del parque Akan fue el lago Kussharo. Siendo como es una zona volcánica con numerosos afloramientos, las playas de arena que bordean este lago son famosas por sus barros volcánicos, y por unas aguas que manan con sólo excarbar un poco la arena. Sunayu es un famoso sitio junto al lago Kussharo en donde disfrutar gratuitamente de los barros y las aguas. Excarbando un poco nos hicimos una improvisada piscina, que al poco se fue llenando de agua caliente que naturalemente salía de la tierra. Tras disfrutar como cerdos en el lodo, nos quitamos el barro en las cristalinas aguas del lago, y tras un refrescante baño emprendimos de nuevo nuestro viaje hacia el siguiente lago.
El lago Akan, que da nombre al aprque, es famoso por ser el lugar donde se encuentra una de las mayores colonias de marimo, una extraña alga esférica que puede llegar a alcanzar el tamaño de un balón de fútbol. Los marimo son un reclamo turístico más de Hokkaido, y se pueden encontrar fácilmente en cualquier tienda de souvenirs. En torno a este lago, todo el turismo gira en torno a esta musgosa alga, siendo famosos los paseos en barco por el lago para observar in situ a los marimo, o la visita obligada a un museo. Como buenos turistas cumplimos con nuestros deberes, y no ajenos a tanta promoción, nos decantamos por probar el helado de marimo.

Acabada de visitar la zona de los lagos nos dirigimos hacia Obihiro. Tras comprobar como de nuevo el mapa de carreteras nos engañó con un camping que resultó estar cerrado, nos dirigimos a otro cercano llamado Oakway, que resultó ser una bonita casona de estilo americano, que pese a funcionar como Bed&breakfast y Café, tenía una pequeña zona de acampada en el jardín posterior. Nos quedamos con las ganas de pernoctar ne una cama de verdad tras varios días durmiendo en el saco, pero por estar completa la casa no nos quedó más remedio que montar nuestra tienda en el solitario camping. Una vez acomodados, nos dirigimos al cercano onsen de yumorukawakita, en donde nos quedamos traspuestos un buen rato, hasta que por fin reunimos fuerzas para regresar al camping en medio de una tibia llovizna.
Tiempo de viaje: 15h
Alojamiento: 500 yen
Abril 17, 2007
Tokyo-Hokkaido // día 8
Dormimos como nunca habíamos dormido antes en la tienda, quizás por la falta de sueño acumulada en nuestros dos días en Sapporo. Pese a ser las siete de la mañana, nos levantamos como nuevos y tras empaquetar todo, nos pusimos a bajar el puerto en un maravilloso día de verano. Sin niebla y sin lluvia, el ir tomando las curvas del puerto mientras bajabamos fue una auténtica gozada, que se multiplicó cuando las curvas dejaron paso a una enorme recta que marcaba y atravesaba el valle donde esperaba nuestra próxima parada: Abashiri y los territorios japoneses bañados por el mar de Okhotsk.
Es famosa la ciudad de Abashiri por albergar desde los albores del periodo Meiji, una cárcel que desde su fundación en 1890 hasta hoy, sigue siendo una de las más duras y estrictas del sistema penitenciario japonés. Hoy en día, la cárcel es un moderno bloque de hormigón separada de la ciudad por un río, y localizada lo suficientemente lejos como para no molestar a unos por otra parte ya acostumbrados vecinos. Muchos de los viejos edificios de la cárcel fueron movidos a una explanada situada en el otro margen del río, para funcionar junto a otras reproducciones de edificios típicos de la cárcel como un museo en donde mostrar las duras condiciones de un penal, que como toda cárcel hecha leyenda, tiene también su historia negra. Historias como las de los cientos de reclusos que sometidos a trabajos forzados, perecieron en la construcción de la carretera que debía de comunicar Abashiri con Asahikawa, y que hoy es conocida como la carretera nacional 39 (国道39号), la misma por la que llegamos hasta esta ciudad, sin ser conscientes de que bajo el asfalto había algo más que sudor... Aunque de todas las historias, es la del preso que logró escapar de Abashiri la más famosa de todas. Proeza que le ha convertido en un héroe local, inmortalizado en una serie de televisión que narra su particular "Fuga de Alcatraz", y que fue grabada en las localizaciones originales.


Un buen lugar para disfrutar el paisaje de esta región es el observatorio del Monte Tento, un fantasmal edificio rodeado por macizos de flores multicolores, desde donde se aprecian los grandes lagos de Abashiri, Notoro y Tofutsu, empequeñecidos en tamaño frente a la inmensidad del mar de Okhotsk.
Unas de las cosas que teníamos bien presentes antes de emprender el viaje a Hokkaido, fue que queríamos profundizar más en la cultura de los Ainu, primigenios habitantes de esta isla, y única minoría étnica dentro de la a veces enfermiza homogeneidad japonesa. Pese a haber estudiado previamente sobre la cultura Ainu, el viaje por Hokkaido me enseñó muchos aspectos que no conocía, además de tener la ocasión de conocer a algunos en persona. Por todo, les debo un completo artículo que complemente la escasa información que se tiene en los países hispanohablantes sobre este pueblo. De los muchos museos dedicados a los Ainu en Hokkaido, muchos carecen de rigor académico y son meras atracciones turísticas. Una de las pocas excepciones es el situado en Abashiri y conocido como "Hokkaido Museum of Northern Peoples". Sin ser un museo centrado en los ainu, lo interesante precisamente reside en la comparación que hace entre todos los pueblos que poblaron las regiones polares más septentrionales, lo que permite establecer rasgos culturales propios de los ainu que permiten clasificarlos como un pueblo independiente. A través de numerosos objetos de uso cotidiano o ceremonial, así como de reproducciones a escala natural de viviendas, se nos presentan las conclusiones etnográficas de un pueblo cuya memoria nos llega como ecos de una fuerza vital como sólo la tienen aquellas tradiciones transmitidas oralmente.
Tras nuestra ración de stamina (léase carnaza), nos dirigimos hacia la península de Shiretoko, cambiando esta vez nuestra habitual carretera entre montañas, por una bella carretera (244) que paralela al mar, nos permitió contemplar las verdes planicies en donde pastan los únicos caballos salvajes de todo Japón. Llamados Dosanko o Washu, fueron introducidos en Hokkaido desde Tohoku en el siglo XV, siendo hoy en día un tipo de caballo paticorto, fuerte y resistente a los duros inviernos, de un tamaño algo mayor al habitual de los caballos autóctonos japoneses. Aunque muchos son cuidados en granjas, la gran mayoría permanece en una libertad "controlada" en algunas de las enormes praderas de Hokkaido.

En la pequeña ciudad pesquera de Shari, cambiamos a la carretera 334, que también paralela a la costa, nos ofreció un bello atardecer con la cascada de Oshinkoshin a nuestras espaldas, que marca el comienzo del parque nacional de Shiretoko. Toda la península es un parque nacional creado en 1964, que en el 2005 fue distinguido por la UNESCO como Patrimonio de la Humanidad, distinción compartida con la isla de Yakushima, y el parque de Shirakami-Sanchi en la prefectura de Aomori. Shiretoko es el más grande de los tres lugares, y quizás el único lugar de Japón en donde es posible internarse por parajes aún vírgenes. Aunque la carretera 334 es la única carretera de acceso al parque que además lo divide en dos mitades, sólo a través de senderos y rutas se puede acceder al interior de la península, aunque por su boscosidad y falta de caminos transitados, suele ser el barco el medio de transporte usado para llegar a los lugares más bellos y remotos.


Con los últimos rayos de sol hundiéndose en el mar de Okhotsk, atravesamos la península por la solitaria carretera. A medida que ibamos subiendo el puerto en torno al Monte Rausu (1661mts), la niebla empezó a envolvernos hasta el punto en que eramos incapaces de distinguirnos, y sólo el ronroneo de las motos nos indicaba que apenas unos metros nos separaban. Poco a poco fuimos avanzando, tanteando cada tramo de carretera, no sólo por el peligro de las curvas, sino por el miedo a cruzarnos con uno de los numerosos osos, ciervos o cualquier tipo de animal salvaje de los muchos que pueblan el parque. Sanos y salvos llegamos al otro lado de la península, hasta el pequeño pueblo de Rausu. Tras una frugal cena de konbini, nos dirigimos por la carretera 87 hasta el punto accesible por carretera más lejano de Shiretoko: Un pequeñísimo pueblo llamado Aidomari en donde según los mapas, podíamos pernoctar en una rider house. Fue en esta oscura carretera cuando se nos cruzó el tan temido ciervo, aunque afortunadamente reaccionamos a tiempo, y el ciervo ahuyó asustado, no sin antes quedarse un buen rato examinándonos. El alojamiento resultó ser una de esas casas prefabricadas usadas en la construcción, en donde coincidimos con otros dos moteros que habían montado su tienda dentro por eso de tener algo de privacidad. Sin apenas intercambiar palabra nos metimos en nuestros sacos, y al poco nos quedamos dormidos.
Tiempo de viaje: 13h
Alojamiento: 0 yen
Abril 06, 2007
spring break
Yeah, well, a lot of exceptional writers contribute to Playboy. There's Philip Roth, Norman Mailer, the late Roald Dahl. An interview with Shintaro Ishihara!?
Don't worry, Dr. Fleischman. It's that time of year. Everybody's libido has run amuck!
Es la época. Primavera, elecciones, y de nuevo el controvertido Ishihara -aquel que se convirtió en el estandarte contra el imperialismo americano y aventuró "el Japón que puede decir NO"-, se presenta a las elecciones municipales de Tokio.

Abril 04, 2007
smile
La actual exposición en el Mori Art Museum, "The Smile in Japanese Art: From the Jomon Period to the Early Twentieth Century ", es una de esas muestras en las que apenas se aprecia la difusa y a veces absurda separación entre arqueología y arte. El repaso a la sonrisa en el arte japonés desde las primeras manifestaciones prehistóricas del periodo Jomon hasta nuestro días, es un interesante ejercicio de evolución histórica desde la perspectiva del arte, que sin embargo carece de una sólida interpretación teórica. Los comisarios de la exposición se han limitado a buscar y seleccionar obras de arte japonés que contengan una mueca que invite a la sonrisa, y las han presentado sin marcar ningún tipo de pauta ni explicación que permita justificar este tipo de obras "bufas" en su contexto histórico.
Empezando por las pequeñas figuras de terracota de los periodos Jomon y Kofu, conocidas como Dogu y Haniwa respectivamente, sorprende el encontrar ya en estas figuras una clara mueca que inequívocamente corresponde a una tímida sonrisa a veces, o a una sonora carcajada en otras. Los comisarios, sin ahondar mucho en el tema, clasifican el origen de estas figuras como muñecas para niños, que es lo mismo que afirmar que las pinturas rupestres de Altamira fueron la gamberrada "grafitera" de unos cuantos niños en taparrabos, que se dedicaban a ensuciar las paredes de la cueva por el tedio que suponía esperar a sus padres a que volviesen de cacería. La otra explicación a la que recurren es la típica que habla de místicas y religiones "shamánicas" un poco en la línea de esa otra oscura teoría que dice que las representaciones vagamente humanoides de las figuras Dogu corresponden a seres venidos de otros planetas con trajes de buzo y de turismo por Japón.
El resto de la exposición apenas necesita documentación, ya que tanto los grabados como las pinturas no necesitan especiales explicaciones más allá de la del impulso de un artista deseoso de captar las naturales sonrisas surgidas en fiestas de palacio, o las más exquisitamente forzadas sonridas de aquellas cortesanas dispuestas a valerse únicamente de esa turgente mueca bajo máscaras de arroz para seducir al capitán de turno. Aunque comparar el arte un tanto plano y naif de Kishida Ryusei, pintor de la época Taisho, con Leornardo da Vinci, raya incluso el mal gusto. Vale que los comisarios quieran apuntarse a la larga sombra del "Código da Vinci" para captar a algún visitante perdido, pero de ahí a decir que las sonrisas pintadas por Kishida en los retratos de su hija Reiko están inspirados en los de la Mona Lisa, es una comparación insostenible. Menos mal que siempre nos quedarán para relajarnos y olvidar todos los desprópositos de la exhibición las beatíficas sonrisas de santos, santones y demás budas, ya que como bien es sabido, todo arte budista tanto en su ejecución como en su contemplación llevan a a la meditación y al nirvana.

Sin duda es la risa la expresión de un sentimiento tan inequívicamente humano, que el que esos primeros habitantes de Japón intentaran representarlo con sus propias manos -en el que es sin duda uno de los primeros registros de una sonrisa por parte del hombre-, es un ejemplo de autoconciencia a la vez que de humanidad. Miles de años nos separan de esos primeros homínidos, pero nuestros resortes emocionales poco se diferencian de ese "atajo de instintos" a los que reducimos al hombre prehistórico. Estas enigmáticas sonrisas de terracota y su significado llevaban perturbándome desde que hace un par de meses visitase este exposición, y la clave me llegó por casualidad, cuando me topé en las páginas del Babelia con la clasificación de la risa realizada por el sociólogo Peter L. Berger, y descubrí que esas risas modeladas burdamente en arcilla, corresponden a la categoría de aquellas risas que "transmiten la inverosímil pero irrenunciable esperanza de que existe la posibilidad de una vida sin dolor y sin miedo a la miseria o a la muerte"...