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Febrero 19, 2007
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La lluvia y el frío no hicieron mella, y el maratón de Tokio ha sido todo un éxito. El que un keniata ganase la prueba con un tiempo de 2 horas y 9 minutos es anecdótico en una prueba en la que el 98% de los participantes lograron acabarla, gracias al empuje de un público y de unos voluntarios presentes en todo momento, y que con sus gritos de ánimo dieron el apoyo moral tan necesario en una prueba de esta envergadura.

En lo personal, logré acabarlo -que no es poco- con un tiempo oficial de 5 horas y 4 minutos, y digo oficial porque perdí más de veinte minutos esperando en las colas de los servicios -único punto negro de la organización. Independientemente del registro, la prueba me resultó mucho más dura de lo esperado, supongo que en parte por la mala climatología, y también por ser el primer maratón que corro y verme por tanto un poco falto de experiencia en la dosificación del esfuerzo. Aunque creo que la causa principal fue el de no haber podido entrenar lo suficiente por falta de tiempo, y por unas rodillas bastante castigadas por tantos años de crujirse contra el parqué jugando al baloncesto. Gracias a ese maravilloso invento de Nike+ipod, pudé planificar mis entrenamientos a un mes vista, aunque como se ve en la gráfica sólo pude hacer 6 carreras de más de 15 kilómetros. Entrenamiento insufiente pese a combinarlo con mis habituales pachangas y partidillos del domingo.

Curioso también ver la progresión de la carrera que hice. Un comienzo dubitativo en el que iba midiendo mis fuerzas hasta coger un buen ritmo, que empezó a decrecer a partir del kilómetro 30, cuando empecé a sufrir con cada kilómetro recorrido hasta que roto por el desnivel de los puentes que conectan Tsukishima con Odaiba, me hice un kilómetro andando. Y finalmente, reanimado por la señal de que sólo faltaban dos kilómetros para la meta, pude sacar fuerzas para hacer un sprint final.

Al llegar a meta, físicamente destrozado pero feliz, me colgaron una medalla, me pusieron un enorme poncho para no enfriarme, y me dieron más bebida energética aparte de plátanos y barritas energéticas. Y maltrecho como estaba me dirigí al interior del Tokyo Big Sight con un sólo pensamiento: apuntarme a otro maratón lo antes posible...
Febrero 15, 2007
the grasshopper lies heavy
"Others had opened similar places, taking advantage of the evergrowing Japanese craze for Americana"
En "The Man in the high Castle", Philip K. Dick hace un ejercicio que va más allá de la ciencia-ficción, planteando un futuro alternativo en el que los vencedores de la II Guerra Mundial fueron las potencias del Eje, y Estados Unidos el gran perdedor, repartido a la manera en que lo fue Alemania, entre Japón y Estados Unidos. En esa realidad alternativa construida en plena guerra fría, en donde simplemente por reconocer el rol soviético en la contienda te podían quemar en la hoguera, Dick hace un ensayo histórico basado en las vidas de varios perdedores, no sólo moralmente, sino también socialmente.
Ni que decir tiene que en comparación con los nazis, los japoneses salen bastante bien parados en esta reconstrucción metahistórica, aunque parece que Dick se le cruzó un poco su sentido del orientalismo, y presenta unos japoneses bastante místicos sometidos a los designios del "I Ching", el famoso "libro de los cambios" crucial para entender muchas de las supersticiones chinas. A pesar de algunas impreciosiones, Philip K. Dick se muestra revelador al presentar a los japoneses como ávidos coleccionistas de antiguedades norteaméricanas, como si en parte y pese a ser los vencedores, añorasen el espíritu salvaje y de hacerse a si mismo tan típico en la cultura norteamericana. Una postura bien vigente hoy en día, en donde los cadillac americanos son piezas codiciadas por los amantes del Hip-hop y del tunning, o en donde el mercado de las Harley-Davidson es incluso superior al de su lugar de origen. Piezas todas de cultura popular, que mueven millones de yenes en un país en donde lo americano sigue causando fascinación, pese a que por vez primera el año pasado las películas de Hollywood hayan recaudado menos que las japonesas.
El detonante de esta pequeña reflexión, fue el Colt guardado con cuidado por Watanabe Ken en "Cartas desde Iwo-Jima": Una pistola símbolo de la cultura americana y sus famosas enmiendas, modelo de arma que en la novela de Dick juega también un papel esencial.
Febrero 07, 2007
multiplicidad
No se por qué razón, pero cuando llega la navidad en Madrid los espectáculos de danza desaparecen de la cartelera, o en su defecto se reciclan en burdas adaptaciones para niños de escaso interés, a no ser que tengas un churumbel a quién llevar. De esa escasez escénica, acabé viendo "Sun Flower Moon", el espectáculo auto-homenaje a los veinticinco años en escena de Momix, la famosa compañía creada por Moses Pendleton. A mi, que los excesos en la línea Cirque du Soleil me dejan bastante indiferente, no entiendo como hay todavía críticos que califican a estos juegos corporeo-visuales como danza, cuando en realidad no son más que acrobacias circenses remozadas con modernas técnicas visuales.
Un poco frustrado por esto, y por la irregular "Las visitas deberían estar prohibidas por el Código Penal", popurrí de Mihura sin pies ni cabeza, homenaje tardío y malo por parte del Centro Dramático Nacional- necesitaba desquitarme. Y el quite vino a buscarme a Yokohama, de la mano de Nacho Duato y mi querida Compañía Nacional de Danza.

Por vez primera, la CND en Japón y representando "Multiplicidad. Formas de Silencio y Vacío", pieza homenaje a Bach y al mismo Duato, que interviene con dos pequeñas apariciones al principio y al final de la obra, demostrando con su exquisita y delicada forma de bailar que el que tuvo retuvo, y que a sus "alumnos" todavía les queda mucho que aprender para saber canalizar de esa forma sus sentimientos al público.
Hacía mucho tiempo que no veía a la CND, y en todo este tiempo se percibe como aquellos proyectos experimentales de coreografías ensayadas con la CND2, han fructificado y se han incorporado al repertorio de la compañía principal. Es un lujazo poco apreciado el que España cuente con dos compañías de tan altísimo nivel y perfectamente complementadas. "Multiplicidad" encierra tantas tendencias de danza contemporánea, que se hace difícil definir el conjunto global. Es la música de Bach, con sus ricos matices, la que hace de hilo conductor a una obra que no decae en ningún momento, y que alterna los momentos de locura controlada con todos los bailarínes en escena, a idílicos duetos que en ocasiones me trajeron a la memoria las bellísimas coreografías de "Romeo y Julieta". La pena fue un público un tanto desconocedor, que al aplaudir al final de cada interpretación, convirtió la primera parte en una sucesión de escenas aparentemente inconexas, cuando la realidad es que estaban perfectamente hiladas. Menos mal que para la segunda parte se dieron cuenta de su error, y se pudo por fin disfrutar de la obra sin inoportunas intervenciones. Al final, el escaso público que ocupaba sólo la primera planta del Kanagawa Kenmin Hall se entregó totalmente, y con sus aplausos dieron una calurosa muestra de afecto no sólo a su compatriota la bailarina Tamako Akiyama (excelente, como siempre) sino a toda la compañía. Agradecimiento que espero sea tenido en cuenta para incluir Japón en futuras giras, y demostrar así que en España no sólo hay flamenco.