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Narayama bushiko
Un domingo por la tarde, y derrotado tras una intensa mañana de baloncesto me dirijo a mi sento favorito. El camino es en realidad una bajada por un barrio de estrechas calles cerradas al tráfico, surcadas por escaleras de gastados escalones y pasamanos pulidos por el uso y el óxido. En la oscuridad de estos callejones, retumba de vez en cuando el ruido de finísimos tacones, aunque son los silenciosos ancianos que parecen creados por la penumbra los que dan un cariz un tanto siniestro a este barrio que por la mañana, tiene sin embargo el encanto de las viejas barriadas de antes de la guerra.
Precio especial. Sin saberlo, hoy es el aniversario del sento, y para celebrarlo la entrada sólo cuesta 100 yenes. Como era previsible, el ambiente difiere mucho del de otro domingo a última hora de la tarde. Casi hay que hacer tiempo en el vestuario, hasta que algún taburete del interior quede libre para poder enjabonarse. El público, pese a la oferta, es el mismo de siempre: Ancianos de ropas desteñidas y gastadas, y trabajadores de manos bastas que disfrutan leyendo la prensa deportiva. De fondo, quebradas voces femeninas por los años ponen la banda sonora a un vestuario, en donde los hombres nos desvestimos con urgencia, ahorrando movimientos, y sin mirarnos nunca directamente.
Cumplo con el ritual del baño como todos los presentes, intentando parecer indiferente a muchas de las miradas de sorpresa de la parroquia. Sumergido en un baño que parece una caldera, un anciano me lanza una suplicante mirada de curiosidad, que sugiere el arranque de una conversación. Esto es Tokio, y el respeto por la intimidad es una afección más de esa soledad urbana congénita. Por fin el anciano cierra los ojos, fundiendo sus deseos en el vapor que nos rodea.
Relajado y algo dolorido por la excesiva temperatura, pero satisfecho al fin, me tomo mi tiempo al secarme. Muchos de los ancianos visten sus ropas, y observo que la mayoría son trabajadores por sus uniformes. Pertenecen a ese fuerza de trabajo de mayores de cincuenta, jubilados anticipadamente de sus empresas, y que subsisten como pueden hasta que les llegue la ansiada pensión a los sesenta y cinco. Hasta que llegue su retiro, la mayoría de estos solitarios hombres y mujeres representan el rol que en otras sociedades está reservado a los inmigrantes. Las empresas se aprovechan del filón de unos trabajadores conformistas y diligentes, mientras que la sociedad hace tiempo que dejó de sonrojarse por ver a sus mayores en tan vergonzosa situación. Situación que lleva, especialmente a las ancianas con alguna reputación que mantener, a aceptar horarios de madrugada en tiendas de 24 horas para evitar la indiscrección cruel de sus vecinas.
Salgo del sento relajado, en el momento en que una joven pareja pasa por la puerta, y tras echarme una primera mirada sorprendidos, se dan la vuelta varias veces para comprobar que efectivamente hay un joven extranjero saliendo del viejo sento de su barrio. Es este territorio restringido a la tercera edad, para unos jóvenes que prefieren frecuentar modernos baños públicos ahora llamados spa, antes que alternar con unos viejos desterrados en vida a ese monte Narayama de la indiferencia.
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Comentarios para: "Narayama bushiko"
Un comentario muy emotivo.
Es un placer sentirse partícipe de tus vivencias cotidianas.
Espero que continues compartiendolas con nosotros.
Muchas gracias.