Tokyo Nikki - Algunas notas fugaces y digresivas de una vida en Tokio

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Enero 29, 2007

Narayama bushiko

Un domingo por la tarde, y derrotado tras una intensa mañana de baloncesto me dirijo a mi sento favorito. El camino es en realidad una bajada por un barrio de estrechas calles cerradas al tráfico, surcadas por escaleras de gastados escalones y pasamanos pulidos por el uso y el óxido. En la oscuridad de estos callejones, retumba de vez en cuando el ruido de finísimos tacones, aunque son los silenciosos ancianos que parecen creados por la penumbra los que dan un cariz un tanto siniestro a este barrio que por la mañana, tiene sin embargo el encanto de las viejas barriadas de antes de la guerra.

Precio especial. Sin saberlo, hoy es el aniversario del sento, y para celebrarlo la entrada sólo cuesta 100 yenes. Como era previsible, el ambiente difiere mucho del de otro domingo a última hora de la tarde. Casi hay que hacer tiempo en el vestuario, hasta que algún taburete del interior quede libre para poder enjabonarse. El público, pese a la oferta, es el mismo de siempre: Ancianos de ropas desteñidas y gastadas, y trabajadores de manos bastas que disfrutan leyendo la prensa deportiva. De fondo, quebradas voces femeninas por los años ponen la banda sonora a un vestuario, en donde los hombres nos desvestimos con urgencia, ahorrando movimientos, y sin mirarnos nunca directamente.

Cumplo con el ritual del baño como todos los presentes, intentando parecer indiferente a muchas de las miradas de sorpresa de la parroquia. Sumergido en un baño que parece una caldera, un anciano me lanza una suplicante mirada de curiosidad, que sugiere el arranque de una conversación. Esto es Tokio, y el respeto por la intimidad es una afección más de esa soledad urbana congénita. Por fin el anciano cierra los ojos, fundiendo sus deseos en el vapor que nos rodea.

Relajado y algo dolorido por la excesiva temperatura, pero satisfecho al fin, me tomo mi tiempo al secarme. Muchos de los ancianos visten sus ropas, y observo que la mayoría son trabajadores por sus uniformes. Pertenecen a ese fuerza de trabajo de mayores de cincuenta, jubilados anticipadamente de sus empresas, y que subsisten como pueden hasta que les llegue la ansiada pensión a los sesenta y cinco. Hasta que llegue su retiro, la mayoría de estos solitarios hombres y mujeres representan el rol que en otras sociedades está reservado a los inmigrantes. Las empresas se aprovechan del filón de unos trabajadores conformistas y diligentes, mientras que la sociedad hace tiempo que dejó de sonrojarse por ver a sus mayores en tan vergonzosa situación. Situación que lleva, especialmente a las ancianas con alguna reputación que mantener, a aceptar horarios de madrugada en tiendas de 24 horas para evitar la indiscrección cruel de sus vecinas.

Salgo del sento relajado, en el momento en que una joven pareja pasa por la puerta, y tras echarme una primera mirada sorprendidos, se dan la vuelta varias veces para comprobar que efectivamente hay un joven extranjero saliendo del viejo sento de su barrio. Es este territorio restringido a la tercera edad, para unos jóvenes que prefieren frecuentar modernos baños públicos ahora llamados spa, antes que alternar con unos viejos desterrados en vida a ese monte Narayama de la indiferencia.

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Enero 26, 2007

Tokyo-Hokkaido // día 4

Tras pasar la noche durmiendo en el ferry, Hokkaido nos recibió con un día gris y lluvioso que no hacía presagiar nada bueno. No era un día especialmente frío, aunque estabamos algo atenazados ante la posible perspectiva de que el tiempo no cambiase durante los días que viajásemos por la isla. Salimos del puerto de Tomakomai por la carretera 276 en dirección al Parque Nacional Shikotsu-Toya , y aún bajo la lluvia tuvimos la primera toma de contacto con las carreteras de Hokkaido. Enormes y solitarias vías sin apenas curvas, bien pavimentadas y señalizadas, con carriles lo suficientemente anchos para permitir cómodos adelantamientos sin necesidad de invadir el carril en dirección contraria.

Debido a la pereza de la lluvia, pasamos bordeando el lago Shikotsuko sin pararnos a contemplar el que es el segundo lago más profundo de todo Japón y el cuarto en cuanto a la pureza de sus aguas. Cuando ya llevábamos unos 40 kilómetros recorridos, y tras pasar el túnel Takibue situado en lo alto de un pequeño puerto, David se quedó sin gasolina. Afortunadamente había una gasolinera cerca para repostar, y no hubo mayores complicaciones. Además, curiosamente al otro lado del túnel hacía un tiempo despejado con un sol que lentamente empezaba a calentar y a secar nuestras mojadas ropas. Fue también en esta carretera cuando nos cruzamos con los primeros moteros de la isla, que nos saludaron desde sus monturas como es costumbre en Hokkaido. Contagiados del buen rollo y la amabilidad de los moteros, decidimos ponernos a buscar algún sitio donde poder desayunar.

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Al borde la carretera paramos en lo que parecía un pequeño y coqueto café llamado Aivalley, que resultó ser una especie de jazz-bar. Pese a ser todavía bastante pronto, la amable anciana nos invitóa entrar, y aunque sólo podía servirnos café o curry, optamos por tomarnos un reconfortante café que nos quitase la humedad de los huesos. Azorada quizás por ni si quiera poder ofrecernos algo de comer, entabló conversación con nosotros y nos sugirió la visita a un cercano onsen del que ella era clienta habitual. Tras llamar por teléfono al propietario y acordar un buen precio y que nos dejaran pasar pese a no estar todavía abierto al público, nos dirigimos a tomar un merecido baño para empezar, ahora sí, con buen bien nuestro periplo por Hokkaido. El onsen resultó pertencer a un albergue situado en una pequeña colina junto al río Nagarugawa en una zona con numerosos afloramientos de aguas termales y ryokan conocida como Kitayuzawa. Solos como estabamos, disfrutamos de las magníficas vistas desde el onsen, y recuperamos fuerzas sonrientes ante el buen tiempo que parecía por fin acompañarnos.

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Tras un frugal aperitivo de konbini de un pequeño pueblo sacado de "Doctor en Alaska" nos dirigimos al lago Toyako. Fue ver el sol brillar con intensidad sobre las aguas cristalinas del lago -que a modo de foso bordea el peñón central llamado Nakashima-, y sin mediar palabra paramos en una pequeña zona de descanso de la carretera para bañarnos y disfrutar como niños tirándonos a las increiblemente claras aguas del lago, desde las alturas de un pequeño muelle. Nunca me había bañado en un lago de estas caracterísitcas, en donde la pureza de sus aguas caldeadas por el sol, hicieron de esta experiencia una de las mejores de toda nuestra estancia en Hokkaido.

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Bordeando el lago, pasamos casi sin enterarnos si no llega a ser por las nubes blancas de azufre junto al Monte Usu, uno de los volcanes más activos de todo Japón, cuya última erupción fue en el año 2000. Tras parar a comer en el restaurante de un excelente mirador junto al lago, emprendimos el camino hacia Otaru, destino final de este primer día en Hokkaido. Durante el camino por pequeños puertos de montaña de la región Kutchan, en torno al volcán Yotei (1898m) y debido a obras en la carretera, nos encontramos con un tráfico denso que incluso formaba enormes caravanas. Momentos estos de gloria y felicidad por conducir una moto que te evite esta insufrible espera. Pasamos por pequeños ríos y lagos enclavados en la serranía, así como por una imponente presa sobre la que hicimos una pequeña parada para contemplar el paisaje.

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Casi al anochecer llegamos a Otaru, y tras aparcar las motos dimos un paseo por esta pequeña ciudad famosa por su gran canal, y por sus bien conservados edificios. Era Otaru a principios del siglo XX un transitado puerto entre Hokkaido y el resto de Japón, debido en parte a su cercanía a Sapporo, y a un canal que favorecía las operaciones de carga y descarga. Hoy en día, aunque todavía conserva parte de su actividad portuaria, la ciudad se ha convertido en una atracción turística gracias a su conservado canal, y a la reforma de los antiguos almacenes portuarios en restaurantes, museos y tiendas. Su pequeño casco histórico, con edificios bien conservados, es en mi opinión el mejor sitio para hacerse una idea de como era la arquitectura y el ambiente del Japón del periodo Meiji. Una visita desde luego recomendable para todos aquellos que pasan por Sapporo.

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Tras localizar en la guía una rider house cercana a Otaru llamada Wataridoritetsuya, nos dirigimos allí para pasar la noche. Cuando por fin la encontramos situada en la cima de una pequeña colina junto a la carretera, y vimos que no había nadie, estuvimos por un momento tentados a "okuparla". Menos mal que aunque tarde, conseguimos localizar por teléfono al dueño de la casa, y tras comprobar que seríamos los únicos huéspedes de la noche, nos fuimos a celebrar, de nuevo bajo una incipiente lluvia, nuestra llegada a Hokkaido con una cena típica de la tierra: cerveza Sapporo y jingiskan, una parrillada de finas lonchas de carne de cordero, preparada sobre una parrilla que recuerda al casco usado por Genghis Khan...

Día 4 Tomakomai - Otaru (Hokkaido)
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Distancia recorrida: 338 Km
Tiempo de viaje: 12h
Alojamiento: 500 yen

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Apéndice.

Las rider house son unos alojamientos típicos de Hokkaido, que como su nombre indica son para moteros. Por lo general, constan de un dormitorio común en donde poder extender tu saco, y poco más, aunque las hay también más parecidas a albergues. Son opciones económicas donde poder pasar una noche a cubierto y conocer a otros moteros, o cuanto menos, obtener información sobre rutas, onsen cercanos o lugares de interés.

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Enero 25, 2007

memento

...cosas así de simples y soberbias...

Para Caballero Bonald, esta frase es la suma de sus pequeñas experiencias recordadas en la soledad decrépita de una noche de insomnio. Muchas veces, gracias a estas pequeñas sensaciones estivales acumuladas entre las capas de nuestra conciencia que poco a poco van consumiendose en placentreros recuerdos, sobrevivimos al forzado hibernamiento del ya no tan crudo invierno.

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...junto a los barrizales suntuosos del Éufrates...

Recuerdos de la belleza del parque Sesshutei de Yamaguchi, una pequeña ciudad que otrora compitiese en refinamiento con Kioto, pero que hoy en día es un mosaico de aislados puntos turísticos en donde apenas se percibe la grandeza de una ciudad indistenguible en su crecimiento de otras ciudades de Japón. Dice la leyenda que el parque fue diseñado por el gran artista y monje budista zen Sesshu, y así lo anuncian y lo venden. Aunque una vez dentro del parque la humildad se impone, y todo queda en una mera coincidencia temporal que medió entre la visita de Sesshu a la ciudad, y la primera planificación del parque. Aún así, es este un parque de espíritu inimitablemente japonés, que observado desde la cómoda veranda de madera del antiguo pabellón, conforma un paisaje atrapado en la paradoja de una perfección orgánica que no es fruto de la naturaleza. Gracias a ese artificio humano, nuestros sentidos creen encontrar el equilibro, en un sentimiento muy diferente al sobrecogimiento producido por otros fenómenos naturales espontáneos.

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... de todo lo que amé en días inconstantes ya sólo van quedando rastros...

Son los jardínes japoneses lugares para la contemplación, como demuestra el hecho de que los artistas en su diseño seleccionen hasta los mejores lugares de observación. El paseo por estos jardínes provocan un estado de trance, atrapados como estamos por una belleza que camuflada en "fortuitas" disposiciones arbóreas y florales, nos parece desligada a un síndrome de Stendhal que en su origen despreció toda aquella belleza no moldeada por el hombre. En un estado de frío estupor nos dejamos llevar por el parque, sin encontrar un momento para el sosiego salvo cuando el caliente macha (variedad japonesa de té verde) nos despeja de tan elevados pensamientos, y con su fuerte sabor nos baja a la tierra. Sensaciones que por el frío invierno, toman un cariz ascético en ocasiones incómodo.

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...el cuerpo de Manuela tendido entre los juncos de Doñana...

Es por esa incomidad por la que prefiero el esparcimiento en parques donde se pueden invadir las zonas verdes. Experiencia ahora imposible, y que por tanto me hace añorar tardes calurosas en el parque Rinkaikoen. Allí, tumbado entre la suave textua vegetal y un aroma que no es sino el gemido de la hierba aplastada, disfruto de las soberbias formas de cirros y nimbos, alternandolo con la lenta y apacible lectura de un libro, mecido por el salino ronroneo de una brisa marina, que envuelve a este particular parque costero.

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Enero 23, 2007

eiga

Uno. Arriesgada la propuesta de Eastwood sobre la guerra del pacífico, y muestra de como un director con sentido común y oficio (cualidades bien escasas) es capaz de hacer la mirada más objetiva sobre esa guerra en particular, aunque extensiva a las demás. "Flags of our fathers" es una mirada bastante original sobre las miserias de la victoria, representada en una fotografía que como bien dicen en la película, sirvió quizás no para ganar la guerra, pero desde luego para dar el último empujón de apoyo moral que necesitaba un pueblo hastíado por conflictos en países que ni sabían situar en el mapa -que poco ha cambiado todo. Una película claramente antibelicista que aun siendo un buen filme, dista bastante de clásicos como "Apocalypse Now" o "The thin red line". "Letters from Iwo Jima" (硫黄島からの手紙) sigue un esquema casi calcado a esa otra película sobre perdedores que fue "La batalla de Okinawa" de Okamoto Kihachi. Esto es, el del general pragmático, que a parte de plantear una estrategia defensiva contra un enemigo infinitamente superior, debe de hacerse imponer entre viejos generales guiados por caducos códigos de honor, deseosos de inmolarse sin ni siquiera ofrecer resistencia al enemigo. Postura que se mire por donde se mire, es la más innoble de todas. Como suele suceder en otras geografías, son los directores foráneos los más indicados para ofrecer una mirada objetiva sobre episodios históricos ciertamente incómodos, y pese a que han sido muchos los directores japoneses en ofrecer una visión más o menos objetiva del conflicto, nunca ha sido una visión liberada al ciento por cien de la corrección política exigida a un episodio todavía políticamente silenciado. A través de Eastwood, vemos las dudas de los soldados japoneses, sus anhelos, sus falsas creencias, y su hastío por una guerra que saben perdida. Opiniones que no desvirtúan la intachable moral del glorioso ejército imperial, sino que simplemente reflejan el lado humano común a todos los soldados de todos los países del mundo. La película no se mete en complicadas críticas políticas ni en ningún reparto de responsabilidades morales, simplemente habla sobre emociones humanas, soledades, crueldades, y amor a una patria que no va más allá del apego a la familia más cercana, y no al humo de sentimientos nacionalistas proclamados por demagogos desde que el hombre tuvo uso de razón. Viendo la película se entiende así la cruel ironía que sintió el mismo Eastwood al ver como una película que habla de sentimientos universales, sea vea desplaza en los festivales de cine de Estados Unidos a la categoría de mejor película extranjera. Como si el tema no fuese con ellos.

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Dos. Hay un código no escrito en la cinematografía japonesa que dice que todo director que se precie, debe de pasar la prueba de fuego de dirigir un filme de época (jidaigeki) y salir airoso. Así por ejemplo todo un veterano director como Yamada Yoji, con más de 60 películas a sus espaldas no alcanzó reconocimiento por parte de la crítica hasta que realizó "Tasogare Seibei", atípica película de samurais que sigue la épica de personajes perdidos redimidos por su honor estilo "Yojimbo". Kitano Takeshi también salió airoso de la prueba con una película de época marca del Studio Takeshi, al igual Koreeda Hirakazu y su "Hanayorimonaho" (花よりもなほ). Encontramos también en esta película la particual atmósfera sentimental de otros filmes de Koreeda, traslada a un suburbio de perdedores de la antigua Edo, que en ocasiones tiene la dinámica de esa otra banda de desheredados del Japón de posguerra que retrató Kurosawa en "Dodeskaden". Tomando como fondo la famosa historia de los cuarenta y siete ronin (samurai sin señor al que servir) que se inmolaron tras vengar la muerte de sus señor, la película profundiza en los rígidos códigos de unos samurai que en plena época de paz, eran vestigios inservibles de una época de guerras tiempo atrás olvidada. Y el joven e inepto samurai protagonista de la historia, llamado a consumar la venganza por su padre muerto, se enfrenta al dilema de morir inultimente arrastrando en la desgracia a sus seres queridos, o vivir dignamente saboreando los pequeños placeres de la vida. Una deliciosa película con un reparto de excepción, que sin embargo no ha tenido la acogido deseada por un público ávido de conductas más honorables, que detesta verse reflejado tal cual es.

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Tres. Y por fin el estreno en Japón de "The secret life of words" (あなたになら言える秘密のこと) de Isabel Coixet. Tras el éxito que tuvo en Japón "My life without me", era obvio que también se estrenaría en pantalla grande la siguiente de la Coixet. La espera ha merecido la pena, y el próximo diez de febrero la espera de dos años habrá llegado a su fin. Ya que no pude verla en España en pantalla grande, por dos años resistí la tentación de verla en DVD. Sacrificios que se hacen por una directora de una sensibilidad excepcional. De momento sólo puedo comentar el horrible poster que han hecho para la distribución en Japón, que demuestra mi teoría de que salvo contadas excepciones, en Japón no saben como diseñar carteles de cine, y harían bien en usar los de la distribución nacional.

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Cuatro. Y otra película que verá su estreno en febrero será "Starfish Hotel", segunda película del realizador estadounidense afincado en Japón John Williams. No es que sea una noticia trascendente ni mucho menos, al igual que no lo fue su primera película "Firefly dreams", una lenta y algo ñoña película que cosechó algún premio en algún festival de tercera. Lo único reseñable es la de un director que tras llegar a Japón en 1988 y foguearse con algunos cortometrajes y documentales, ha logrado realizar su segunda película de producción 100% japonesa, aunque la Academia de cine japonés parece que no le perdone el hecho de ser extranjero. Y de esta última película y a tenor del trailer, bien podría llamarse "Dolphin Hotel" y ser una versión del libro de Murakami "Dance Dance Dance", ya que presenta todos los ingredientes sobrenaturales de una historia de Murakami, pasados por la coctelera visual del siempre plagiado David Lynch. Habrá que darla una oportunidad cuando salga en DVD.

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Enero 22, 2007

suite parménides

A finales de diciembre, el todavía amarillo de los árboles desmigándose en el asfalto alargaba la percepción de un otoño que debería de haber ya acabado, y que en esas fechas entraba en conflicto con una navidad que visualmente te saturaba con sus llamadas comerciales de rojo bermellón. Confundido por este tiempo otoñal, me dirigía al aeropuerto como cada año por esas fechas para cumplir con la penitencia del españolito inmigrante. Vuelta a casa por navidad, y peregrinaje por los mismos lugares recorridos una y otra vez por la memoria. Sin embargo, son lugares que vistos sin la bella pátina del recuerdo, se muestran envilecidos por un tiempo que no perdona, fríos por la falta de ese contacto cotidiano que otrora los convertía en parte de una vida tiempo atrás perdida. Ni la visita fugaz a amigos y familiares sirve para curar la nostalgia por una vida que parece transcurrir congelada en una realidad paralela voluntariamente abandonada.

De vuelta en Tokio, la tibia monotonía del quehacer diario es un bálsamo en donde los recuerdos de la Tierra fermentan en imposibles combinaciones organolépticas, fruto de la magnificación de unas sensaciones hace tiempo olvidadas. Nuestro pasado servido gota a gota por el alambique de nuestra memoria es ese raro elixir que nos permite seguir viviendo como lo que somos: extraños coleccionistas de recuerdos y sensaciones, sibaritas de una vida corpórea que se nos escapa día a día.

Aunque hay que ver que bien envejecen los recuerdos en esa barrica de espeso tinto que es nuestro corazón.

::: escrito a las 11:12 AM | {comentarios} (0)