« crossover jazz | PRINCIPAL | spiral »
Tokyo-Hokkaido // día 3
Nos levantamos como nuevos tras apurar al máximo la hora de salida del hotel, y felices por comprobar que había parado de llover nos dirigimos al cercano conjunto de templos de Chusonji, visita obligada para todos aquellos que peregrinos al igual que Basho, paran en Hiraizumi. Andando entre los templos que salpican esta empinada colina, recuperamos el placer de andar y nos dejamos llevar por la belleza de una ciudad que dicen llegó a rivalizar con Kioto, aunque hoy día sólo queden estos templos como testimonio de una ciudad arrasada por cruentas batallas.

Entrada a uno de los templos de Chusonji
Tras un desayuno un tanto tardío con café frío para refrescarnos del calor de la mañana, emprendimos de nuevo el viaje, contentos de estas secos, descansados, y con un excelente tiempo por delante. Durante varios kilómetros recorrimos pequeños pueblos que salpicaban una campiña de verdes campos de arroz, apenas interrumpidos por escondidas acequias y pequeños caminos. Me sorprendio pese al calor ver que en los campos siempre había alguien trabajandolos, o cuanto menos inspeccionandolos, una imagen que no tenía de mis viajes por España donde rara la vez era ver a un agricultor en faena, y menos a unas horas tan calurosas y tardías. Fue entonces cuando en la soledad de una carretera de llanos prados verdes de arroz, me dio por pensar en la hermosas austeridad y sequedad de nuestra meseta castellana. En esos pensamientos estaba cuando casi sin enterarnos llegamos a Morioka, capital de de la prefectura de Iwate y ciudad de respetable tamaño. Aunque nuestra intención era probar el famoso wankosoba de Morioka, ante la incertidumbre de si llegaríamos a tiempo a coger el ferry, y todavía con el desayuno a medio digerir, continuamos el viaje.
A poco de dejar atrás Morioka, el paisaje camnio abruptamente y dejamos los amplios campos de arroz, para dentrarnos en una sierra de frondosos cedros, guiados por una serpenteante carretera paralela al famoso río Kitakamigawa que por no tener demasiada pendiente, nos llevó suavemente entre bosques y frecos aromas de montaña. El paisaje nos abrió el apetito, y decidimos hacer fonda en un restaurante recomendado por la guía pasado el pequeño pueblo de Iwatekawaguchi, y situado en la ribera del Kitakamigawa. De nuevo la guía nos falló, y no pudimos encontrarlo, por lo que nuestros deseos de tomar una soba del lugar se fueron al traste, y nos tuvimos que conformar conn un triste obento de konbini.
Tras la frugal comida, vencimos las ganas de siesta y de un baño en el río, y continuamos el delicioso camino tostandonos al sol. Al poco llegamos a Ichinohe, que podría traducirse libremente como primera posta (一戸), ya que es la primera parada de una serie de nueve pueblos numerados consecutivamente en el periodo Muromachi, y que hoy en día se extienden entre las prefecturas de Iwate y Aomori. Fuimos pasando las diferentes postas con la mente puesta en la octava, Hachinohe, importante puerto de Aomori en donde deberíamos de tomar el ferry nocturno que por fin nos conduciría a la isla de Hokkaido.
Casi sin darnos cuenta estabamos ya en la entrada de Hachinohe, y todavía apenas había empezado a atardecer, por lo que no hizo falta apenas ponernos de acuerdo cuando ante la visión del río Mabechigawa, nos pusimos a buscar un buen lugar en donde descansar y poder bañarnos. Tras el caluroso viaje y ante un sol que no cejaba en su empeño de quemarnos vivos, nos dimos un refrescante baño en las aguas de un río que bajaban con fuerza pese a estar próxima su desembocadura. De espaldas a la corriente, su fuerza actuaba a modo de silla que mantenía nuestro peso en una cómoda postura ideal para una siesta. Entre árboles y campos de arroz estabamos descansando cuando el sonido lejano de una escopeta lejana nos hizo rememorar historias camperas de guardias forestales y escopetas de pueblo, hasta que la cercana fumigación de un campo de arroz nos hizo pensar que quizás el agua no estaba tan limpia como parecía, y que ya iba siendo hora de dirigirnos al muelle.

En el río Mabechigawa
Con los últimos rayos de sol llegamos a Hachinohe, y tras confirmar nuestras reservas nos dimos una vuelta por las factorías de la ciudad para hacer tiempo hasta la salida, y de paso cenar otro de nuestros menú calóricos y cárnicos de restaurante familiar. Tras la cena, embarcamos junto con los demás motoristas los primeros, y nos condujeron a la "suite" de motoristas, una enorme habitación enmoquetada separada del resto de enormes compartimentos de tercera, donde habríamos de pasar la noche. El barco pronto se lleno de familias y grupos de jóvenes de excursión, que miraan con cierto recelo cada vez que pasaban por la zona sin tabiques de motoristas. Y no era para menos, ya que compartíamos habitación con unos temerarios ángeles del infierno, de esos de negras chupas de cuero con tachuelas, en donde bordados dragones y voluptuosas mujeres parecen mirar con ojos desafiantes. Lo cierto es que imponían cierto respeto, aunque como descubrimos más adelante, nos encontrabamos ante otra manifestación de mimetismo japonés. Atuendos perfectamente copiados, pero formas olvidadas. El grupo en cuestión era un grupo de talluditos sarariman miembros de algún club, disfrazados para la ocasión de motoristas, pero desde luego sin tatuajes, sin espíritu salvaje, abstemios, y con una jerarquía que nos impresionó al verles al día siguiente salir en formación del ferry, todos perfectamente conectados con sus comunicadores en el casco, aguardando las órdenes del cabecilla. La forma perfecta para destrozar ese espíritu motero del "born to be wild"...
Tiempo de viaje: 7h
Alojamiento: 6280 yen (ferry)
----------
Apéndice. Hiraizumi
"Me habían encomiado mucho las dos famosas capillas. Ambas estaban abiertas; en la de los sutras están las estatuas de los tres capitanes y en la de la Luz (Hikarido) yacen tres ataúdes, tres Budas velan. Los siete tesoros se han dispersado, el viento ha roto las puertas incustradas de perlas y las columnas doradas se pudren bajo la escarcha y la niebla. Hace tiempo que todo se habría derrumbado, agrietado por el abandono y comido por las plantas salvajes, pero han levantado nuevos muros y han construido un techo contra el agua y el viento. Estos monumentos, viejos mil años, todavía afrontarán al tiempo"
Cuanta razón tenia Basho. Estos templos, bien preservados hoy en día son ya un tesoro monumental y último vestigio de la gloria que una vez tuvo Hiraizumi, ciudad convertida por el clan Fujiwara en un centro cultural y administrativo que situado en las regiones del norte, pudiese rivalizar con la imperial Kioto. Antes de que en 1089 la familia Fujiwara cambiase la faz de Hiraizumi, el primer templo de Chusonji perteneciente a la secta budista Tendai ya había sido terminado, concreamente en el 850. Con la llegada del poderoso clan y hasta su ocaso a manos del clan rival de Minamoto, el número de templos no dejó de crecer, aunque hoy en día apenas quedan algunos vestigios del gran conjunto monumental que fue Hiraizumi, ciudad condenada desde entonces al olvido pero que sin embargo tuvo un breve pero incomparable apogeo.
Fue también en Hiraizumi donde abandonamos la senda marcada por Basho, para continuar nuestro viaje hacia Hokkaido. Sin embargo, son muchos los lugares que nos faltaron por recorrer en Tohoku, y de seguro que volveremos por los pasos de Basho para recorrer esta apenas conocida parte de Japón.
TrackBack
http://www.tokyonikki.com/cgi-bin/mt-tb.cgi/71
Comentarios para: "Tokyo-Hokkaido // día 3"