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hotel
Con la oficialista apertura de Japón en 1868, la creciente venida de extranjeros contratados para mejorar las infraestructuras del país presentaron un problema añadido: lugares donde alojarlos. Aunque muchos de estos extranjeros vieron con buenos ojos ocupar casas de comerciantes -algo más consistentes que las tradicionales casas de madera-, muchos de ellos no aceptaron alojar a su familia en endebles construcciones indígenas, y exigieron casas a imagen y semejanza de aquellas que dejaron en Estados Unidos o Europa. Estos mismos sibaritas domésticos, fueron los que impulsaron en parte la creación de hoteles de estilo occidental, que ofreciesen no sólo acomodo, sino que fuesen reductos culturales en donde los inmigrantes pudiesen salir de la barbarie y compartir las familiares tradiciones del mundo civilizado. Con el tiempo, los hoteles serían también las puntas de lanza de una "okupación" cultural que atraería irremisiblemente a una sociedad japonesa dispuesta a dejar de lado sus ancestrales costumbres, para abrazar las refinadas y aparatosas etiquetas sociales de una sociedad en extremo victoriana.
Al principio, se utilizó un pabellón conocido como Enryokan, situado en los famosos jardínes Hama Rikyu de Tokio. De exterior japonés pero decorado interiormente al estilo occidental, pronto se quedó pequeño y obsoleto, utilizándose finalmente como un exótico emplazamiento para recibir importantes dignitarios a la manera japonesa. Con el propósito de acomodar al creciente número de visitantes extrajeros, bajo la supervisión del Ministerio de Asuntos Exteriores, el famoso edificio conocido como Rokumeikan fue completado en 1883. Aunque desde luego no fue el primer edificio de estilo occidental construido en Japón, junto con el Hotel Fujiya construido en 1878 fue lo más aproximado a un hotel (los ryokan no cuentan) que tuvo Japón, y en torno a donde giró parte de la vida social de la época hasta la construcción, del no menos importante, famoso Hotel Imperial (Teitoku Hoteru) en 1890. La prensa de la época ensalzó el Rokumeikan como ejemplo de moderna construcción, siguiendo la línea de respeto al poder y admiración por todo lo extranjero que caracterizó al periodo Meiji, aunque por otro lado, dentro de la comunidad de extranjeros residentes en Tokio, se alzaron algunas voces críticas contra la construcción de este mausoleo tan fuera de lugar. En concreto, Pierre Loti (el autor de "Madame Chrysanthème") comparó este edificio con la aberración de construir un gran casino en algún pequeño y recoleto pueblo de la campiña francesa. El edificio fue tal y como se esperaba, famoso por sus decadentes fiestas y comidas de imitación europea, que de seguro convirtieron sus enormes ventanales en atracción para un pueblo que por vez primera vería chatos japoneses departir con estirados occidentales de grandes narices, todos ellos embutidos en curiosos trajes, ridículos sombreros, y brillantes zapatos. Fiestas de los maniquíes. Una función social que más tarde desempeñaría el Hotel Imperial, construido curiosamente al lado del Rokumeikan, y reconstruido por Frank Lloyd Wright en 1923 para dar paso a una anodina construcción de hormigón sin encanto en 1967.

Hoy en día aún quedan vestigios de estas construcciones de la época, en forma de dos hoteles construidos como residencias de verano que permitiesen a los sufridos visitantes extranjeros escapar de la opresiva humedad de los veranos tokiotas. Construido en 1878 y ampliado a lo largo de los años, el Hotel Fujiya es aún hoy día, un hotel con el encanto de los viejos hoteles europeos de gran lujo, a los que no tiene nada que envidiar, ya que es más antiguo que el mítico Hotel RItz de París (1898) o que el Hotel Palace de Madrid (1912), auque sobretodo es lugar en donde las tradiciones occidentales han ido encontrando acomodo a lo largo de los años junto con las costumbres japonesas. Situado en un tranquilo enclave de montaña en Hakone, y protegido por frondosos bosques de un verde tan intenso que en ocasiones se torna azabache, sus edificios son ejemplos de un perfecto equilibrio entre arquitectura japonesa reinterpretada a la manera occidental del art-decó, demostrando que las líneas suaves y redondeadas de inspiración orgánica son las formas más acogedoras. El Hotel en todos estos años ha sabido preservar sus principios fundacionales que le describían como un Hotel para extranjeros, y aunque su biblioteca de libros en inglés es hoy día un museo de viejos volúmenes cuarteados, el pequeñísimo baño público del hotel demuestra que no estamos ante un hotel japonés convencional. Traspasar las puertas de este singular alojamiento es transportarse un siglo atrás, cuando europeos con posibles y buscadores de fortuna llegados a Japón, alternaban en los salones de nobles maderas, consumiendo vino francés y comidas de unos sabores que rememoraban tiempos felices de latitudes conocidas. Para los privilegiados japoneses y miembros de la familia imperial que frecuentaban este hotel, los veranos en esta villa era un exámen diario sobre etiqueta, y una ventana a una civilización que se bañaba en agua fría por diversión y que practicaba extraños deportes en los que las mujeres también podían tomar parte. Tanto la piscina cubierta como la exterior todavía son utilizables hoy en día, así como un bello jardín de estilo japonés que aunque precioso a los ojos del turista extranjero, a ojos del turista japonés no es tan impactante como los viejos invernaderos al estilo de los melancólicos jardínes botánicos de ciudades europeas. Dentro de las habitaciones y de los distintos salones y pabellones, flota un olor de respetable antiguedad, parecido al de ese aire que invita a la reflexión y a la contemplación contenido en centenarias catedrales o marmóleos museos. Especialmente para aquellos extranjeros que han vivido un tiempo largo en Japón, el Hotel Fujiya produce una placentera sensación de familiariaridad, que emana de sus mullidas alfombras, gastados mármoles, bruñidos metales por el óxido, o cuidadas maderas de un brillo opaco que hace tiempo cambiaron sus fragancias por un leve crepitar semejante a una pequeña protesta por el paso del tiempo. Es en definitiva un destino casi obligado para aquel transeúnte que en cualquier época del año, busque un poco de acogedora tranquilidad; de esa que los modernos e impersonales hoteles de nuestro siglo, a pesar de todas sus comodidades, no pueden ofrecernos por faltarles ese calor humano y ese mimo por el detalle, como el que a lo largo de más de un siglo de historia ha ido destilando este hotel, tanto a sus más distinguidos huéspedes como a sus anónimos viajeros, sin distinción y con esmero.

Hotel Fujiya
Unos años antes a la construcción del Hotel Fujiya, en 1886, el misionero inglés Alexander Croft Shaw eligió los bellos parajes de Karuizawa para pasar el verano con sus familiares y amigos. Y al igual que siglos antes la nobleza japonesa quedó cautivada por el frescor y la belleza de estos bosques, extranjeros de varias nacionalidades hicieron suyo este lugar de recreo, y a través del boca a boca, cada verano fueron llegando más y más pequeños grupos de extranjeros, para divertimento de los sorprendidos parroquianos. Este hecho no pasó desapercibido para el empresario Yamamoto Naoyoshi, que siguiendo los pasos de Yamaguchi Senosuke y su Hotel Fujiya, decidió construir otro hotel de estilo occidental para disfrute y solaz de los numerosos distinguidos turistas de esta famosa villa. Terminado en 1906, pronto el Hotel Mikasa se convirtió en el símbolo de glamour de este pequeño destino vacacional, atrayendo numerosos huéspedes distinguidos de varias nacionalidades, y reactivando la economía de un pueblo que a partir de entonces adoptaría un marcado acento occidental. Además de fiestas de alta sociedad, visitas imperiales o de jefes de estado, el Hotel Mikasa fue también durante la guerra el emplazamiento elegido para reuniones clandestinas con oficiales nazis. Lamentablemente, el inmovilismo de los propietarios del Hotel a la hora de hacer reformas, terminó por provocar el cierre de este pequeño establecimiento en 1970, aunque a día de hoy continúa abierto como museo en donde aprender sobre la historia de este hotel considerado patrimonio nacional, y de su influencia en una época de Karuizawa que ya le pertenece.

Hotel Mikasa
De la visita al Hotel Mikasa no pude resistirme y acabé comprándome una perturbadora foto que pese a llevar el estigma de una maldición, a día de hoy parece no haberse cumplido. La fotografía fue tomada en los jardínes del Hotel Mikasa en 1912, en el curso de una representación teatral del "Flautista de Hamelin" por parte de la colonia extranjera residente, con el objeto de recaudar fondos para la construcción de un nuevo club naútico en Yokohama. Con sólo mirar las caras de maligna complicidad que emanan de esta foto, Agatha Christie hubiese escrito una excelente novela de misterio y asesinatos, o por lo menos, hubiese podido discernir el secreto que encierra esta fotografía.
Al principio no me di cuenta, pero la fotografía exhibida en el Hotel Mikasa tenía recortado el borde derecho, por lo que el último personaje que se aprecia es esa monjita de aspecto siniestro. Sin embargo, la fotografía que compré en una pequeña tienda de fotografía en Karuizawa está completa, aunque curiosamente, se ve claramamente que se intentó trucar rudimentariamente para que no apareciese cierto personaje cuyo cuerpo porta un bastón, y que se sitúa a la izquierda de otro sospechoso personaje de barbas postizas. Misterio que sin duda hace tiempo se perdió en el curso de la historia, pero que es un guiño más de esta fotografía deliciosamente siniestra.
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Comentarios para: "hotel"
Interesante historia nos ofreciste acerca de la ocupación hotelera en Japón, los materiales empleados, la visión de los empresarios, en estás bitácoras dedicadas a los países orientales, siempre aportan algo yo me inclino por estás me resultan interesantes y me dan una idea más clara de lo que un próximo tiempo visitare.
Saludos y gracias por tu crónica.