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Agosto 31, 2006
agosto esquimal
Algo más de un mes atrapado por el trabajo, visitas de amigos y familiares, y unas merecidas vacaciones que como suele pasar te dejan más cansado de lo que ya estabas, aunque ese cansancio físico libre de estrés y cargado de las reminiscencias de las vacaciones, se va gozandolo poco a poco a medida que se diluye en la monotonía de siempre. Un tiempo en el que cada noche, posponía mi habitual tiempo de reflexión en estas páginas a la vez que entonaba la loa de un Kerouac perdido en una lejana carretera blanca de algodón: "It was always mañana - mañana, a lovely word and one that probably means heaven".
Y por fin ese mañana fruto de la pereza se ha materializado hoy, y de nuevo continuaré con este anecdotario que por un tiempo girará en torno a un viaje que llevaba tiempo esperando realizar y que por fin pude llevar a cabo.
"Los meses y los días son viajeros de la eternidad. El año que se va y el que viene también son viajeros. Para aquellos que dejan flotar sus vidas a bordo de los barcos o envejecen conduciendo caballos, todos los días son viaje y su casa misma es viaje. Entre los antiguos, muchos murieron en plena ruta. A mí mismo, desde hace mucho, como jirón de nube arrastrado por el viento, me turban pensamientos de vagabundeo..."
Así comienza el famoso libro "Oku no hosomichi" ("Sendas de Oku") del gran poeta de haiku Matsuo Basho, y genialmente traducido por un Octavio Paz que demuestra como la poesía se debe traducir con el corazón más que con la razón fruto de un conocimiento metódico de una lengua extranjera. Libro que la casualidad quiso que releyera una vez más, y que como otras tantas veces, me encontrase reflejado en uno de sus párrafos. Ese espíritu de vagabundeo descrito por Basho fue el que quizás me llevó sin ser consciente de ello a pensar un viaje en moto hasta Hokkaido, la gran isla situada en el extremo más septentrional de Japón. En un principio, la idea era coger un ferry cercano a Tokio que me llevase hasta Hokkaido, pero debido a la temporada alta fruto del obon, fue imposible reservar y la única opción fue coger un ferry al norte de la isla de Honshu, en la última provincia de Tohoku antes del salto a Hokkaido: Aomori. De pronto, el viaje se alargó y me encontré con la sugerente posibilidad de hacer un viaje por Tohoku rememorando parte del camino recorrido por Basho hace algo más de trescientos años. Así empezó una nueva lectura de este libro, con el añadido de poder materializar la geografía imaginaria de los lugares, pueblos y caminos descritos en ese peregrinar por las tierras del norte, y que aún hoy en día cautiva los corazones de muchos japoneses dispuestos a rememorar los pasos por una región, que sin duda es en donde mejor se conservan muchas de las antiguas tradiciones japonesas.
Y al igual que Basho viajó con su inseparable Sora, mis deseos de un viaje en solitario se vieron felizmente truncados por la compañía de David. Ambos comenzamos un peregrinaje en moto sin finales de etapa definidos, simplemente dejándonos llevar por nuestras ganas de carretera, en el que recorrimos unos tres mil doscientos kilómetros en once días, y del que a medida que vaya revelando los carretes de fotos iré documentando.