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onna
En un relato de Tanizaki Junichiro -novelista y uno de los mayores teóricos de estética japonesa-, recuerdo como divagaba tangencialmente sobre la belleza femenina, y el atractivo de ciertos tipos de cánones en el Japón feudal. En concreto, sorprendido se preguntaba como esas mujeres-crisálidas cultivadas en oscuros palacios, de pieles lechosas que nunca habían visto el sol, y cuerpos escuálidos hundidos bajo pesados kimonos, portaban una enfermiza carga erótica, mortal en especial para curtidos hombres de campo intrigados por la exclusividad de la vida de palacio. El arte japonés de la época, influenciado quizás por místicas representaciones budistas, retroalimentaba la tendencia al tratar a la mujer como etéreos personajes ausentes, de una lúgubre fragilidad representativa sin embargo de una elitista minoría que poco tenía que ver con el estereotipo real de la mujer. Eran estas lozanas mujeres de pieles quemadas por el duro trabajo en el campo, rebosantes de vitalidad y de cuerpos bastos forjados por el quehacer diario y el parir. Y sin embargo, y en una muestra más de que el hombre poco esta sujeto a cualquier teoría de selección natural, estas mujeres nada tenían que hacer a la hora de competir en encantos, con la fragilidad de esas otras mujeres antinatura, cautivas en oscuras habitaciones de aire enrarecido.

"Honoo" - Uemura Shoen, 1918
En ese paraíso orgiástico para la época que fue la Montaña Mágica de Thomas Mann, la belleza tuberculosa de trémulas mujeres de pieles vahídas, causaba estragos entre aquellos románticos turbados por el calavérico erotismo de unos cuerpos salidos de ultratumba. Mujeres que al igual que sus contemporáneas japonesas, compartían ese brillo venoso surgido de entre translúcidas pieles salidas de fetales profundidades en donde no llega el sol. Sin embargo, el cautiverio de estas mujeres resultaba en una independencia intelectual que quizás en último término, era lo que realmente cautivaba al macho de la época que rondaba las clases altas. Ávidas lectoras de pliegos sedosos como sus cuerpos, las mujeres japonesas de palacio crearon por primera vez una cultura de género en un mundo eminentemente masculino. Leyendo y aprendiendo a hurtadillas la culta lengua china oficialmente sólo apta para hombres, ante sus ojos pasaron lejanos mundos literarios inconcebibles en el confinamiento de palacio, que fueron antídotos con los que combatir la cruel tiranía de vivir en claustrofóbicas jaulas de oro. En las horas de tedio, las mujeres adaptaron con sus trazos suaves y delicados la antigua transcripción fonética del manyogana, para escribir obras maestras de la literatura en el silabario hoy conocido como hiragana, accesible a todas las clases sociales. De entre estas pioneras escritoras del periodo Heian (794-1185 ), tres nombres lograron salir de entre las sombras de palacio:Murasaki Shikibu ("Genji monogatari"), la madre de Michitsuna ("Kagero nikki") y Sei Shonagon ("Makura no shosi"). Nombres y obras que apenas representan a las muchas obras perdidas en ese furtivo intercambio de pliegos escondidos entre las mangas del kimono.
A día de hoy, el antiguo canon japones de física fragilidad se ha extendido a la intelectualidad, aunque el prototipo de mujeres descerebradas y sumisas mantiene algunas características antiguas como pieles vírgenes de sol. Sin embargo, multitud de cánones surgidos de oscuras fantasías masculinas y alimentados por los media han terminado por distorsionar la imagen de clásica belleza de la mujer japonesa, y a tenor de mucha de la pornografía que se exhibe sin pudor en horario prime-time o en las estanterías de las librerías, el nuevo modelo ideal de belleza consta de algunas aberraciones como pechos rollizos, dientes imperfectos resemblando caras de púberes, o piernas deformadas que poco tienen que ver con el esbelto caminar de la mujer madura, pero que en su torpeza parecen traer el recuerdo de inocentes niñas que por primera vez calzan los zapatos de tacón de su madre. Características que no hacen más que degradar la imagen de una mujer demasiado maleable, cuya identidad se pierde en esta sociedad eminentemente machista.
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Comentarios para: "onna"
Ogenkidesuka... Mmm... Jorge, lo que escribes me resulta tan interesante como siempre (lo cual es mucho). Aunque no siento rubor al confesarte que algunas veces me cuesta no perderme entre tantos adjetivos...
Cuídate nen.
Ciertamente el canon de belleza oriental esta degradandose hasta limites que en muchos paises rallarian la ilegalidad o cuanto minaria la moral de muchos. Aqui lejos de verlo como algo ajeno asistimos a descabelladas proposiciones en algunos paises, que pretenden legalizar algunas aberraciones partiendo de premisas claramente machistas y moralmente reprobables. El genero humano lejos de usar la informacion y la facilidad de los medios para aumentar su cultura, tiende a usarlos para rebuscar en su inconsciente cual es la mayor locura que podria cometer y plasmarla como minimo de manera virtual.
Para mí lo peor de los canones de belleza japoneses es que las mujeres los acepten. Pasear por Shibuya es ver la degradación de las féminas japonesas en estado puro. La influencia de los medios en Japón es exagerada, parece que los ciudadanos se dejen guiar de forma desorbitada por lo que marque la última tendencia. No me puedo creer que haya tanta cabeza hueca en este país...
Hola! buscando un poco de información para llevarme a mi próxima visita a Tokio en septiembre, he dado con este interesantísimo blog. No sé si podrías darme algunos consejos básicos antes de perderme en tan impresionante ciudad.
Excelente........
me preguntaba que las hace tan seductoras...
yo te lo diré , la sumisión, no hay nada tan seductor y arrebatador para un hombre que poseer a alguien sumiso para complacer todas sus fantasías, muchas veces incluso fíngimos tal sumisión, aunque seas mucho más fuerte que el otro.
Un gran texto.