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Albéniz
"Los ciudadanos en un país libre y democrático, son los únicos propietarios y responsables de la ciudad en la que viven con sus decisiones y sus acciones. No nos dejemos hurtar el patrimonio"
Supongo que cada uno tendrá sus recuerdos de cuando pisó por primera vez el Teatro Albéniz. En mi caso, esa primera vez fue en solitario para ver una representación de danza contemporánea incluida en el siempre excelente Festival de Otoño. Luego llegarían más festivales, momentos históricos como "¿Quién teme a Virginia Woolf?" de Adolfo Marsillach y Nuria Espert, y por supuesto, las representaciones de unos Joglars que hicieron de este teatro su talismán en Madrid. Representaciones de calidad en un marco que sin embargo dejaba mucho que desear, y es que este no ha sido uno de mis teatros predilectos, pese a que en estos últimos años se han acometido algunas reformas menores, a la espera de presupuesto -supongo- para acometer un completo lavado de cara.
Llamemoslé encanto a ese aire de dejadez del teatro, o mejor aún, esperemos a que se apaguen las luces para que una vez absortos en plena función, olvidarnos de las las grietas y de ese olor a humedad ahora mezclado con el de miseria humana y perfume francés que emana de la platea. Porque si algo se ha caracterizado este teatro que amenazan con quitarnos, es una excelente y cuidada programación que ha atraído a miles de espectadores de muy diversos intereses que han hecho de este teatro su único nexo en común.
Ahora que los grandes cines se fragmentan en multicines sin glamour y con menos mármol, o que viejos teatros renacen bajo el impulso de modas comerciales -leáse musicales, es momento de defender un espacio escénico con solera, respetado tanto por el público como por el gremio. Un espacio en donde el peso de la cultura continúe ejerciendo de contrapeso en este Madrid hueco.
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