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レッドパージ reddo pâji
Hay que reconocer el mérito a George Clooney y Steven Soderbergh, fundadores de la productora Section Eight y que gracias a los beneficios de la saga Oceans, consiguen hacer cine independiente políticamente incorrecto. Que una película como "Buenas noches y buena suerte" a priori condenada al circuito alternativo, logre llegar al circuito comercial tiene mérito. Que Clooney tiene tirón no es la única razón. De entre las posibles causas está que es una película co-producida por la recién creada división de cine independiente de la Warner, y en el caso del estreno japonés, el que otra de las productoras implicadas sea Tohokashinsha (la misma de "Lost in Translation"), puede explicar el estreno de una película inusual en la limitada cartelera japonesa.

En un cine medio vacío de una nublosa tarde de domingo, la película empieza con una breve introducción política destinada a un público japonés que poco sabe de "caza de brujas", libertad de prensa, alternancia política, o democracia a fin de cuentas. La introducción no provocó ninguna indegestión a los espectadores parapetados bajo grandes cubos de palomitas, pero si que debió de dejar un gusto amargo a aquellos espectadores que pensaban ver el último blockbuster de Clooney. Impresión que debieron de ver vista confirmada con pánico, cuando vieron que el color no aparecía por ninguna parte. El blanco y negro límpido de una fotografía de estudio, ensuciado habilmente con constantes primeros planos desenfocados, es una obra como no podía ser menos del genial Robert Elswit, colaborador habitual de Paul Thomas Anderson. Un acertado tratamiento que huye del cliché habitual de los remakes en blanco y negro inspirados en películas de los cincuenta.
Mientras un genial David Strathairn rememoraba los discursos políticos del gran icono del periodismo Edward R. Murrow, el público japonés poco podía imaginar mientras leía los subtítulos, que ese problema tan lejano ocurrió también en Japón y dejó secuelas que aún hoy perduran. El miedo al comunismo empezó en Japón en el mismo momento en que terminó la guerra. No era un miedo fruto de las barbaries que el ejército rojo cometía sobre muchos de los presos de guerra japoneses. Era un miedo alimentado por las propias fuerzas de ocupación norteamericanas, que temerosas a que un rebrote comunista se extendiera por Japón, conducían interrogatorios entre los japoneses que iban volviendo a casa, y que podrían haber sido "reeducados" en el comunismo por sus captores en una especie de paranoica versión del síndrome de Estocolmo.
Sin embargo, las fuerzas de ocupación poco pudieron hacer por el rebrote de una izquierda que volvía a respirar tras los oscuros años de represión dictatorial, y que apenas podría intuir que se encontraba en una democracia ficticia orquestada por un régimen militar que poco se diferenciaría del anterior. El renacimiento de los grupos de izquierdas en todas sus variantes y grados de extremismo político, fue una bocanada de aire fresco en el recién inagurado panorama político japonés, y voz de un pueblo hambriento que coreaba con furia los eslóganes comunistas del tipo "kempôyori, meshida" (antes comida que constitución). El partido comunista fue el órgano político que canalizó el descontento de una población en plena penuria económica, y el sentimiento anti-americano que empezaba a surgir como respuesta a una ocupación que frecuentemente se excedía en sus cometidos. Cuando el partido comunista convergió con los recién creados sindicatos de trabajadores, impulsados por el propio MacArthur como uno de los símbolos necesarios para la democracia, se produjo la única respuesta posible que tienen los trabajadores para expresar su desconteno: Huelga General.
Encendida por los planes del gobierno de despedir a numeros trabajadores ferroviarios y funcionarios, los grandes sindicatos tomaron cartas en el asunto y secundaron una huelga general prevista para el uno de Febrero de 1947.
Las fuerzas de ocupación vieron en esta huelga un intento encubierto del partido comunista por llevar a cabo una revolución pacífica, que contaba con el apoyo de todas las fuerzas de izquierda, claramente anti-americanas. En un gesto de enormes consecuencias políticas que incluso hoy en día perduran, MacArthur prohibió el derecho a la huelga el 30 de Enero, lo que convirtió el papel de los sindicatos en Japón en meras marionetas sin ningún poder de presión real, que ha tenido mucho que ver en la situación actual de desprotección y abuso que sufren los trabajadores en Japón. Fue este también el momento en que comenzó lo que más tarde se conocería como reddo paji (red purge).
Tras la cancelación de la huelga, las fuerzas de ocupación en estrecha colaboración con políticos conservadores, burócratas y empresarios, comenzaron una purga con el fin de romper las uniones de trabajadores tanto en el sector público como en el privado. Esta primera limpia se llevó a más de once mil trabajdores ligados de alguna manera con algún sindicato, dejando el terreno abonado para la purga mediática teñida de rojo que comenzaría con el inicio de la guerra de Corea. Un año después del intento de huelga general, el departamento de censura de las fuerzas de ocupación ordenó la vigilancia de todos los medios de comunicación afines al partido comunista. Seis meses después el gobierno japonés redujo en un 60% el racionado papel de prensa a todas las publicaciones oficialmente comunistas. Fue sólo el inicio de una libertad de prensa propia de una "democracia", que con el inicio de la guerra de Corea el 25 de Junio de 1950, encontraría la excusa perfecta para el control indiscriminado de los medios de comunicación. Para MacArthur y el gobierno japonés, los líderes comunistas en poco se diferenciaban de aquellos militares condenados por manejables tribunales internacionales; una imagen que para muchos japoneses no encajaba en unos recuerdos formados por las detenciones de líderes de izquierda capturados antes de la guerra, precisamente por oponerse al militarismo y a la opresión. Sin embargo, el pueblo apenas tenía voz, y en las tres semanas posteriores al inicio de la guerra la afonía empeoró: setecientas publicaciones de izquierda fueron prohibidas, cifra que un año después aumentaría hasta las 1700. La purga no pararía ahí, y terminaría por alcanzar a los medios generalistas. En total, setecientos periodistas de prensa escrita serían despedidos acusados de "rojos", al igual que un centenar de periodistas de televisión y radio, e incluso 137 trabajadores de la industria del cine. Una "caza de brujas" en toda regla permitida por el gobierno del primer ministro Yoshida, y que apenas ha sido aireada en todos estos años por unos medios de comunicación que aún hoy día, parecen sujetos a una censura invisible que tiñe la política japonesa de un oscuro gris tecnocrático.
Good night, and good luck
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Comentarios para: "レッドパージ reddo pâji"
En todo esto surge la paradoja mas extraña, y es que tanto antes como despues de la guerra todo siguio igual. Cualquier nacion tutelada acaba por ser esgrimida como ejemplo a seguir, y es quiza lo que ahora sentimos la mayoria al ver Japon desde el televisor. La verdad parece ser otra, y es justo conocerla para que la gran mayoria de paises que ahora se van a convertir en potencias no acaben claudicando ante algun gobierno extranjero que los lleve a las portadas como su hijo prodigo.
¿"Redució"?... Perdona Jorge, no pude resistirlo ;-). Sé que en realidad querías desí redusío, verdá mi arma?. Cuidate, matané.
jajaja Gracias por avisarme del error. Como casi siempre, las prisas y escribir al vuelo me hacen cometer demasiados errores y faltas.
Douitashimashite ;-) . Eres un tio guay. Cuidate.
nesecito letras raras