estación de servicio
En estos días de asueto con motivo del puente de la Golden Week, aproveché para hacer un pequeño viaje de nuevo por el oeste de Japón. Partiendo desde Kobe fui enlazando trenes y autopistas con tranquilidad, pasando entre otras ciudades por Yamaguchi, Shimonoseki, Kokura, Beppu... Una ocasión para reencontrarse con el placer de viajar sin prisas y sin rumbo, parando acorde a la marcha de unos biorritmos somnolientos por el buen tiempo y la buena comida.
Ciudades, pueblos y paisajes que una vez más me han recordado ese Japón de viejas tradiciones, difícil de encontrar incluso en los barrios más conservados de la ciudad. Para muchos, el paisaje rural japonés es una repetición de pequeñas colinas, campos de arroz, anodinas construcciones de hormigón, y autopistas a nivel que horadan la geografía montañosa del país. Un paisaje que visto a través de las ventanillas del coche o del tren, es una monótona sucesión de estampas conocidas que ahogan el impulso del viajero a la busca de nuevos paisajes. Sin embargo, los contrastes entre las diferentes regiones no se ven en torno a las autopistas o las estaciones de trenes, si no en las estrechas carreteras secundarias, en las casi abandonadas vías donde trenes de un solo vagón chirrían junto a las cigarras, y sobretodo, en los pequeños afloramientos de aguas termales que no aparecen en ninguna de las numerosas revistas de viajes estilo "Descubrejapon". Lugares donde unos parroquianos curiosos, conversan con los extranjeros que prefieren el destartalado onsen del pueblo al del enorme complejo hotelero de las afueras.

En el vagabundeo al azar por los pequeños pueblos, se descubren hermosos paisajes que en su simplicidad y belleza sin artificios se entreven los rasgos de una cultura japonesa que reposa en la madera carcomida de pequeños santuarios, o en las rocas pulidas por el uso de los inagotables afloramientos termales. Un paisaje cubierto por una neblina perenne, pudoroso como las gentes que lo habitan.
Ha sido este un viaje de huida. De alejamiento de la marabunta de turistas que en estas fechas dejan un Tokio vacío, para encontrar su cuota de relax en esos paisajes irreales de los folletos de las agencias de viajes. Una escapada permanente por carreteras secundarias, en donde sin embargo fue inevitable escapar de los atascos y las familias en monovolumenes con DVD. Especialmente el encuentro con la civilización y con el grueso del pelotón de turistas se producía en las estaciones de servicio de las grandes autopistas de peaje.
La televisión en el primer día de vacaciones anunciaba atascos de más de 40 kilómetros en las principales vías de salida de las grandes ciudades, e imágenes de colapsadas estaciones de servicio en donde se podía llegar a esperar una hora para poder entrar al baño. Estos lugares de descanso en poco se diferencian de los de otras latitudes. Una heterogénea masa de gente que va desde camioneros, moteros, solitarios conductores o familias con niños y suegra incluida. Todos compartiendo un mismo espacio vital en donde los baños compiten en dimensión con la zona de restaurantes y maquinas expendedoras, y en donde los olores del udon barato se mezclan con los de los restos de la combustión de los innumerables vehículos. Estas estaciones en el medio de la nada, se antojan como pequeños oasis en el desierto del asfalto, cuando la realidad es que son un infierno de calima humana que en estas fechas de grandes desplazamientos mas vale evitarlos. Aun así, el muestrario de gentes que pasan por una de estas estaciones sirve para hacerse una idea bastante concreta de todos los estratos sociales que pueblan este país, echandose sólo en falta el cupo de inmigrantes camino de Algeciras.
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Comentarios para: "estación de servicio"
y siempre me pregunto como tienes el tiempo para hacer tantas cosas... :-)
Mmm... Yo creo que no tiene tiempo. Creo que aun vive en Madrid, todo lo que cuenta es producto de su imaginación y nos quiere comer la cabeza a todos :-P ... Un abrazo y cuidaos :-). Dewa mata.