Tokyo Nikki - Algunas notas fugaces y digresivas de una vida en Tokio

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Abril 25, 2006

ikea

Tras veinte años de ausencia, IKEA vuelve a Japón con el estilo que le ha hecho famoso en medio mundo: Enormes almacenes, precios competitivos, móntatelo tu mismo y ese intangible valor que es el diseño sueco. Con la apertura de la tienda, muchos japoneses tacharán de sus guías de viajes su obligatoria parada en el IKEA extranjero, ya que por fin podrán compartiresa experiencia tan europea de dominguear en un atestado IKEA sin nada concreto que comprar. Una bonita forma de pasar el fin de semana.

De momento, todos se muestran optimistas con la apertura ayer de la nueva tienda, y la presentación de lo que serán las nuevas aperturas por la zona de Kanto y Kansai. No es para menos. Desde que se anunció la apertura de la actual tienda en Chiba, más de 17000 japoneses han enviado su curriculum con la esperanza de obtener un puesto de trabajo en esta famosa tienda. Sin embargo, la frustrada experiencia anterior junto con los cambios en el mercado japonés, obligan a ser cautelosos.

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Cuando IKEA desembarcó por primera vez en el cerrado mercado japonés de los dorados ochenta, lo hizo como no podía ser de otra forma de la mano de socios japoneses. Si en Europa IKEA era la culminación pequeñoburguesa de los ideales de la Bauhaus, en Japón era un caro producto importado made-in-sweden. Pese al diseño, la calidad no se correspondía con el precio, por lo que sólo aquellos sibaritas del diseño pudieron permitirse unos artículos que casi recibían la consideración de obras de arte en aquellas tiendas de lo cool. El primer objetivo de IKEA es por tanto borrar la imagen de productos caros que tienen muchos japoneses de la marca sueca. Para tal fin, idearon una original iniciativa llamada "IKEA 4.5 museum".

Tomando como referencia el estandarizado espacio de los cuatro tatami y medio (yojôhan), crearon cubículos de esas dimensiones decorados únicamente con muebles IKEA recreando las distintas estancias de la casa. Por supuesto, el precio mostrado venía a demostrar como se podía conseguir con poco dinero y en un espacio reducido una de aquellas habitaciones de revista de estilo europeo.

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Sin embargo, hay todavía muchos peros a este nuevo desembarco sueco. Tras la crisis económica proliferan por todo Japón las tiendas de segunda mano, en donde se pueden encontrar muebles de calidad a precios irrisorios. La visita a una de estas tiendas es la primera salida del nuevo inquilino por su nuevo barrio, que así no tiene que desplazarse hasta la lejana Chiba en su vehículo propio. Y es que si el sistema de IKEA de "llévatelo y móntatelo tu mismo" es el secreto de unos bajos precios capaces de hacer olvidar las caravanas para llegar, en una sociedad como la japonesa acostumbrada a un buen servicio incluido en el precio, puede ser un freno a su expasión, más en un país donde el coche es un artículo de lujo. Además, IKEA se enfrenta a un competidor que ha copiado descaradamente su sistema: MUJI. Con una red de distribución amplísima, estas tiendas ofrecen una selección de muebles baratos de diseño simple adaptados a los gustos japoneses, que incluso pueden ser transportados en el tren local. El que IKEA se haga con una cuota del negocio ahora en manos de MUJI será clave para su éxito, así como la implantación de un buen sistema de comercio electrónico que haga olvidar la compra de muebles a través de portales de segundamano como yahoo auctions.

Sólo cuando pase la masiva peregrinación de ansiosos y curiosos por el diseño sueco, se podrá valorar el éxito de este icono de la globalización. Yo de momento intentaré hacerme con unas BILLY que me ayuden a descongestionar un poco mis pequeñas estanterías.

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Abril 19, 2006

Wenders is coming

Asi de tajantes titulan en "Brutus" las cuatro páginas que dedican a este profílico artista. Y no es para menos. Para el próximo mes, Wim Wenders llegará a Japón, y además de dar conferencias, inagurar una exhibición de fotos, y participar en una pequeña retrosprectiva sobre sus films, estoy seguro de que vagabundeará por las calles del Goldengai en Shinjuku, o por algunos de los más recónditos barrios de esta inmensa ciudad. Y es que la relación de Wenders con Tokio le ha llevado a hacer dos pequeñas películas documentales fruto de una fascinación reflejada tanto en sus escritos como en sus fotografías.

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En esa pequeña joya que recopila los ensayos de Wenders titulada "El acto de ver", Wenders habla de ciudades, vacíos, descampados, y también de Tokio como síntesis de una ciudad caótica que emana paz. La paradoja es fácil de entender a poco que uno se interne por algunas de las pequeñas calles de la ciudad. A pocos metros de las grandes vías comerciales en donde el neón compite con el tráfico en un curioso juego de luces, silenciosas calles resguardadas por la penumbra ofrecen la sensación de un pueblo residencial, en donde el olor húmedo de los pequeños jardínes de las casas bajas cambia por momentos el aroma de asfalto y grava. Al igual que pasa con el sentido estético del arte japonés, para Wenders las ciudades se definen por sus vacíos. No por sus parques o planificadas zonas verdes, sino por los espacios de viejas parcelas olvidadas, o de descampados en busca de una recalificación que parece que no llega. En estas zonas de vegetación salvaje y basura acumulada, la ciudad muestra su capacidad orgánica de regeneración, a la vez que nos recuerda que todavía hay vida esperando a salir bajo los adoquines. Y sin lugar a dudas, Tokio es quizás una de las ciudades del mundo con más espacios muertos, pese a que los bombardeos fueron hace mucho tiempo. La razón está en una obsoleta ley de posguerra, que establecía un mínimo de hectáreas de cultivo por municipo. La hambruna pasó, y durante la burbuja inmobiliaria estos huertos urbanos se convertían en intocables gallinas de huevos de oro. Y ahora que las excavadoras rompen el himen de estos vírgenes humus terrenales, todavía nos quedan esos solares que en la transición de un nuevo edificio, aguardan el día en que un ceremonial sintoísta marque el inicio de unas obras destinadas a civilizar unos descampados solaz de gatos y niños.

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Abril 12, 2006

Ryukyu

De Okinawa tenía en la mente la típica imagen compartida por todos los japoneses de playas paradisiacas enmarcadas en un azul transparente, y de un folclore particular concentrado en la música y en una fuerte bebida alcoholica conocida como awamori. A mi pesar, esta imagen idílica aparecía distorsionada en mi inconsciente, quizás debido a las influencias de películas rodadas en estas islas como "Kamigami no Fukai Yokubo" de Imamura, algo así como la versión japonesa de "La costa de los mosquitos" en donde el hielo es sustituido por la caña de azúcar. "Bakuto gaijin butai" de Fukasaku, quizás la mejor película sobre las relaciones entre la yakuza y los militares en Okinawa, y por supuesto la poética "Sonatine" de Kitano. Influencias que junto a la reciente historia de Okinawa teñida de sangre, añadían más atractivo si cabe a un viaje que deseaba hacer desde hace tiempo. En este caluroso interludio de esta fría primavera tokiota, además de haraganear en una playa solitaria, asistir a un concierto del famoso grupo Nenes, probar todo tipo de comida típica, pasear por un curioso mercado, visitar monumentos y sitios naturales históricos, pudé por fin desconectar del trajín diario.

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Naha es la capital de este archipiélago conocido como las Ryukyu, referido comúnmente como Okinawa en referencia a la isla más grande. Hasta la anexión forzosa con Japón en 1868, el Reino de las Ryukyu disfrutó de un floreciente estatus de independencia de más de 450 años, reconocido por las sucesivas dinastías imperiales chinas. Tanto el idioma como la cultura, son diferentes a las de Japón, aunque los historiadores japoneses bien se encargan de recalcar que los primeros habitantes de Okinawa llegaron desde Japón en el periodo Jomon. Pese a este lejano origen común, lejos de hablarse hoy en día de un estatuto de independencia para Okinawa, sus habitantes asumen con resignación su papel de olvidados por la administración central, y la pérdida de unas tradiciones orales que agonizan a la par que la anciana población. Pese a que muchas tradiciones todavía perduran, son más un reclamo exótico de cara a los turistas, que una verdadera reivindicación cultural.

La primera impresión que se tiene de Okinawa nada más salir del aeropuerto de Naha, es que la isla esta ocupada por una gran base militar estadounidense en el centro, y que la ciudad se distribuye como puede a sus lados. De camino por la carretera local que conducía al norte de la isla, el aspecto era el de una sucia carretera del Medio-oeste americano: Grandes restaurantes drive-in y centros comerciales se situaban frente a la interminable alambrada de las bases, en donde el único signo local eran los multicolores rotulos de los pachinko. Incluso por momentos, la sensación de estar en otro país se agudizaba, como cuando te encontrabas rodeado por musculosos clones de pelo cepillo, que conducían ruidosos coches, andaban altivamente por la calle, o salían atropelladamente de bares de carretera en donde el country se mezclaba con inteligibles letras de rap. No obstante, Okinawa fue la última posesión devuelta al gobierno japonés (y con reservas) en 1972, y aún hoy en día y debido a su importancia estratégica por su cercanía a Taiwan, estas islas seguirán bajo dominio estadounidense mucho tiempo más. La presencia de estas bases es motivo de protesta y manifestaciones por parte de los habitantes de las islas, que ven como los norteamericanos campan a sus anchas fuera de la ley, sin que nadie pueda hacerles frente. Los casos de violaciones y demás altercados en los que algún marine se ha visto envuelto, ya no ocupan páginas en los periódicos, lo que da una muestra de la normalidad que ha alcanzado esta incómoda convivencia. Aún así, el pueblo sigue movilizandose. Y particularmente ahora que la amistad Koizumi-Bush ha alumbrado el nacimiento de nuevas bases militares norteamericanas por todo Japón, los habitantes de Okinawa no quieren permitir que un nuevo complejo militar se añada a los existentes, y perturbe aún más el frágil equilibrio ecológico (y también social) del archipiélago.

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Propaganda en contra de las bases

A medida que se va avanzando hacia el norte por la famosa ruta 58, la sensación de estar en una colonia estadounidense te abandona, para verte en una carretera sinuosa en medio del campo que va atravesando pequeños pueblos en donde sólo las luces de los konbini añaden algo de familiaridad al paisaje. De vez en cuando, grupos de motos a gran velocidad pasan silbando peligrosamente a velocidades no permitidas por la ley, aunque su evasión dura la pequeña distancia que hay entre los innumerables semáforos. Cuando tras algo menos de dos horas de carretera -engañado por la inmensidad de una isla minúscula en los mapas-, llegas por fin al norte, descubres vacías playas salvajes de un azul intenso en donde la vegetación lucha por abrirse camino hasta el mar, compitiendo en exuberancia con una variada fauna tropical de peces multicolores, corales, estrellas, erizos... que indiferentes a la presencia humana nadan a sus anchas entre el coral y monolitos de formas imposibles, tallados por un paciente mar que parece también descansar recostado en la arena. Aunque no se pueda hablar de playas de fina arena, y sí de playas pedregosas llenas de conchas, los ancianos del lugar advierten a los coleccionistas de conchas de abstenerse de remover la arena para llevarse algún recuerdo, ya que existe el riesgo de que esa piedra de formas caprichosas resulte ser un resto humano... Al final de la II Guerra Mundial, más de un tercio de la población se inmoló por el emperador en estas paradisiacas islas, bien tirándose al mar desde alguno de los acantilados, o mediante granadas lanzadas en oscuras trincheras de entretierra. Si consigues descifrar el lenguaje de alguno de los pocos ancianos de la isla, escucharás historias de apariciones, espíritus errantes, y maldiciones traídas por haber removido alguno de los restos que yacen junto con los de moluscos. Historias que alcanzaron clima de terror en mi visita al monumento conmemorativo Himeyuri. Alzado junto a los subterráneos de un hospital de campaña, los guías cuentan historias de suicidios sin ningún tipo de pudor, y sin ahorrarse ninguno de los detalles más escatológicos. Hechos que hablan de gente suicidándose mediante axfisia usando sus propios orines, miembros descuartizados por bombas lanzadas en hacinados corredores, los terribles efectos de las bombas de gas, o relatos de enfermeras que ante la falta de medios y el temor a la grangrena, mutilaban a sangre fría y sin anestesia a los heridos en combate. Fruto del pánico a una ocupación que se preveía como un apocalipsis de sufrimiento del que era mejor escapar muerto. Este monumento se encuentra paradojicamente rodeado de innumerables tiendas de recuerdos, en donde poder comprar todo tipo de equipamiento militar de los vencedores, desde viejas granadas a cascos originales, o todo tipo de uniformes, como si el mercantilismo a costa del ejército invasor, aliviase en algo la memoria de unos muertos, que deben de conformarse con unas flores secas recicladas una y otra vez.

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Abril 7, 2006

escapada

Me voy de escapada a Okinawa, el archipiélago de islas más meridionales de Japón. En los apenas dos días que estaré, espero darme mi primer baño en el mar, disfrutar de sus famosas playas de aguas cristalinas, y alternar en algún pequeño bar en donde la bella música de Okinawa junto a los efluvios del awamori me evada del estrés de Tokio...

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Abril 6, 2006

macrobotellón

花見 はなみ hanami (lit. ver flores): Eufemismo japonés utilizado para designar a un botellón. Bajo la excusa de compartir la belleza de las flores de cerezo, miles de personas beben en espacios públicos hasta alcanzar el estado de ebriedad exigido en este tipo de celebración.

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Abril 4, 2006

de viejo

La acumulación de polvo y papel viejo, mohoso, de olor macilento, es quizás la experiencia más agradable cuando se visita una librería de viejo. Esa, y la incertidumbre de que un libro manoseado, gastado, y envejecido te encuentre, y te cuente no sólo la historia de sus páginas, sino la de todas aquellas manos por las que ha pasado. Notas a pie de página, subrayados, dobleces, manchas de café... son los estratos que nos permitirán reconstruir la historia de un libro vivido, que nos producirá emociones diferentes a la de esos virginales libros de las grandes superficies envueltos en profiláctico. Un libro está para manosearlo, sentirlo, olerlo, y por último, leerlo. Satisfacciones todas que se unen a la de rescatar un libro de entre el cieno de muchas viejas librarías, para tras una placentera lectura, guardarlo con mimo en tu blibioteca. El viaje se ha acado.

Echo de menos las frías y límpidas mañanas revolviendo en la Cuesta Moyano, los sofocantes paseos entre los puestos de la feria del Libro, o esas oscuras tarde-noches invernales a la luz de un cálido flexo titilando entre estrechos pasillos forrados de libros. O el silencio espeso de bibliotecas de barrio y las rápidas lecturas de pie entre estantes, consumiendo un tiempo que naufraga en la indecisión provocada por esas miles de voces pidiendo ser escuchadas

Pasear por Jimbocho no es suficiente. En el barrio librero por excelencia de Tokio, descubrí que los libros aquí huelen diferente. Quizás sea la húmedad. Pero también su tacto, su peso, e incluso su formato difieren de los gruesos libros de orondo alfabeto. En ese formato comprimido y estilizado que representan los ideogramas, las grandes novelas Europeas parece que pierden parte de su impronta.

Al menos el recorrido por las librerias de viejo anglosajonas alivia mis nostalgias, y me recuerda al de esa pequeña librería de Brighton con colillas en el suelo, y libros apilados sin orden ni concierto. Refugio en donde matar muchas horas perdidas junto a la silenciosa compañía de un viejo y voraz lector que decía trabajar allí, y en donde al final me decidí a rescatar una vieja antología de poesía japonesa, que ahora macera en su barrica de cartón.

Pese a que Caravan Books cerró el año pasado, todavía quedan dos buenas librerías de segundamano en Tokio. Una es "The Blue Parrot", en Takadanobaba. Pequeña y casi saturada por viejos bestseller de papel barato vendidos a precio de saldo, se hace difícil encontrar algún escritor que se salga de los grandes clásicos de siempre. Rebuscando siempre se encuentra algo, e incluso siempre quedará algún autor japonés por leer de su limitada selección de autores japoneses. La segunda opción es "Good Day Books" situada en Ebisu, una librería que además organiza numerosos actos culturales para la colonia anglosajona de Tokio. Más grande, ordenada y cara que la de Takadanobaba, se hace más fácil el encontrar algo, aunque a veces la diferencia entre el libro usado y el original que puedas encontrar en el Maruzen de Oazo sea inexistente. De hecho, en ocasiones merece más la pena comprar un libro usado a través de Amazon o Abebooks, pese a los gastos de envío desde alguna lejana geografía.

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Abril 3, 2006

dezain

El número de Marzo de la revista PEN puede llevar a errores. Si bien es cierto que en la portada puede leerse de forma bilingüe "Diseño en España", creo que las franjas rojo y gualda corresponden más a la senyera catalana que a la de España. Y la razón es que de este especial dedicado al diseño patrio, casi la mitad está dedicado a Barcelona. Una ciudad por la que los japoneses sienten cierta debilidad, y en la que a sus ojos, se concentra todo el diseño de España. Como si en ese remiendo de naciones que es España, el diseño fuese exclusivo de una sola ciudad. Afortunadamente, cuando se trata de hablar de individualidades, es cuando sale a relucir la pluralidad de trabajos de distintos lugares que conforman el panorama actual del diseño español, y que desde luego no se concentran en ningún polo como quieren hacernos creer.

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Al menos el especial sirve para confirmar lo que ya se intuía desde hace tiempo. Que lo español está de moda, y que afortunadamente poco a poco lo español va saliendo del gueto gastronómico-flamenco en el que se encontraba, para dar una imagen sofisticada y sin nada que envidiar a la ofrecida por los países nórdicos. Países que para el inconsciente japonés son algo así como la cuna del diseño, pese a las reinvidacaciones alemanas en torno a una gastada Bauhaus. La fiebre por lo nórdico, aunque en pleno retroceso, todavía es capaz de gestar una película japonesa ambientada en Finlandia, que bien podrían pasarla en la oficina de turismo en sesión continua.

Desgraciadamente, para los editores de la revista PEN un especial sobre diseño español es algo anecdótico e incluso exótico pero sin continuidad, o al menos, no con la suficiente relevancia como para mandar un corresponsal que cada mes mande su columna en torno a las novedades del diseño desde los centros cool (a su juicio) del planeta, como son Nueva York, Paris, Londres, Roma, Berlin, Estocolmo, Pekin y Sao Paulo. Asi que de nuevo a la normalidad, aunque en el número de Abril dedicado al diseño gráfico editorial, recibamos mención especial por las revistas Matador (¿su especial sobre oriente habrá tenido algo que ver?), Ojo de Pez y UHF.

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