« seguridad social | PRINCIPAL | placebo »
shitamachijôcho 下町情緒
La vida de barrio nos es arrancada por la aseptitud y la oferta del día de las grandes superficies. En la búsqueda del ahorro y de un impersonal trato de masas, compramos las cosas palpándolas a través de un film transparente de un brillo engañoso. Las bandejas de poliestireno chirrían amontonadas en las cámaras, conteniendo un género impreciso, del que sólo sabemos su origen por un onmipresente código de barras que ocupa más de la mitad del etiquetado.
En los barrios japoneses de nueva planta, las estaciones son grandes superficies comerciales capaces de absorber la voracidad de los habitantes en tránsito, ofreciendo una amplia gama de productos y contratos basura. Tradicionalmente, junto a las estaciones de tren se construía una galería comercial (shôtengai), donde los pequeños comerciantes se asociaban para unificar políticas en cuanto a recogida de basuras, limpieza de zonas comúnes, publicidad, embellecimiento de la galería, o incluso acometer pequeños proyectos que garantizasen más clientes como la subvención de pequeños cines o teatros de barrio. Hoy en día, estas pequeñas tiendas agonizan, y los shôtengai han pasado a convertirse en galerías ocuapdas por restaurantes de franquicia, tiendas 24h (konbini) y ruidosos salones de juego (pachinko). Los grandes supermercados con sus inhumanos horarios han terminado por fagocitar el grueso de unos clientes que bajo la tapadera de despersonalización de las grandes superficies, han perdido parte de la capacidad de socializar, y por tanto, de crear esas redes sociales de confianza tan necesarias descritas por Tocqueville.
El vértigo de la especulación inmobiliaria se deja notar en mi pequeño barrio, que afortunadamente aún cuenta con un pequeño shôtengai. Una pescadería, dos fruterías, una carnicería, una tienda de frutos secos japoneses tradicionales (senbeiya), otra de te, una freídura de tempura (agemonoya), un estanco y dos panaderías, son los útlimos reductos de unas pequeñas empresas regentadas por ancianos, que aguantan con disposición y buen humor a el cierre definitivo, cuando bien su salud o su economía, termine por resentirse frente a la batalla perdida de los supermercados de franquicia. Los hay que terminan por unirse al "enemigo", aunque son casos que me producen una inmensa tristeza, como la señora de unos 60 años que trabaja cada noche en el turno nocturno del konbini más cercano a mi casa. A su edad, aceptar un turno así sólo puede explicarse por la vergüenza que debe de ser para ella encontrarse con alguno de sus antiguos clientes, mientras les cobra con la cantinela aprendida, bajo los demasiado luminosos halógenos del establecimiento. Por supuesto es un suponer, pero lo cierto es que en esta envejecida sociedad japonesa, el capitalismo de masas ha triunfado sobre la iniciativa privada de los pequeños empresarios, que un día decidieron continuar con la pequeña tienda heredada de sus padres. Hoy día, los pocos clientes que frecuentan estos agónicos establecimientos son los mismos de hace unas décadas. Clientes que son verdaderos amigos, con los que intercambiar los pequeños acontecimientos que depara el día a día.
No sólo el servicio, sino también la variedad y ese binomio calidad/precio, son factores a los que las ofertas del día nunca podrán llegar. La calidad fruto de una cuidada selección en pequeñas cantidades de género, nunca podrá ser alcanzada por la compra a granel de las grandes superficies, y su aséptico e individual embalaje en aras del higiene.
De momento, la tienda de tofu del barrio hace tiempo que desapareció, aunque cada mañana, todavía es posible ver a un jóven haciendo el reparto, desde una tienda situada a unos quince minutos a pie de mi casa, y regentada, como no, por un trabajador anciano, que año tras año madruga para preparar un delicioso tofu de textura nunca alcanzada por el vendido en el supermercado. Similar es el caso de la panadería donde compro el pan, llevada por una anciana de gesto cansado pero de viva mirada, con la que he establecido una complicidad en torno a una barra de pan, que sorprendentemente, es un delicioso pan de leña imposible de encontrar incluso en las panaderías españolas surtidas por enormes panificadoras.
Hará unas dos semanas que cerró la última tienda de comestibles. Llevada por dos simpáticos ancianos, que incansables narraban las ofertas del día en la puerta, al tiempo que aconsejaban con diligencia sobre la calidad de los productos, o daban sugerencias a sufridas amas de casa sobre el idóneo menú del día. Será sustituido por una franquicia todo a 99 yenes, destinada a reventar las grandes superficies del barrio. Paradojas de la competencia.
Con todo, todavía hay esperanza. Poco a poco, una jóven pareja con su pequeña, llevan trabajando en lo que será la reconversión de un viejo restaurante abandonado por su anciana mama, en una floristería que promete dar encanto a este shôtengai.
Comentarios para: "shitamachijôcho 下町情緒"
Parece que esto es un mal comun en las sociedades. Las grandes superficies acaban por monopolizar el sector de las ventas del dia a dia. Por fortuna, en mayor o menos medida siempre suele quedar un reducto inexpugnable para estos comercios de masas, y es todo aquello que se elabora de forma artesanal, tanto en alimentos como en bienes, al menos los consumidores acaban por entender a la larga que lo mejor siempre lo tienen mas cerca.
Los consumidores de aquí. Pero y los de alli?. A ellos sí les pilla lejos :-Þ . Aunque lo de "siempre" sería discutible... Que tal? :-) . He escrito un comentario sobre esto y lo de la seguridad social, pero como lo he puesto en la página anterior, no sé si lo leerás. Güeno, un saludo y a cuidarse.
la verdad es que esta plagado de esos centros comerciales...aunque cerca de mi casa aun queda una pequena zonita con tiendecillas que son mas baratas y con pescado mas fresco,
un saludo desde Yokohama. Muchas gracias por escribir, te leo desde hace tiempo.
Carol.