Tokyo Nikki - Algunas notas fugaces y digresivas de una vida en Tokio

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Octubre 30, 2005

otoño de cine

Día de clausura. A ambos lados del globo, dos festivales de cine anunciando los ganadores, e intentando acaparar el glamour de este séptimo arte. Por un lado, el veterano Festival de cine de Valladolid en su quincuagenario aniversario, y por el otro, el más reciente Festival internacional de cine de Tokio. Las comparaciones son odiosas, pero necesarias para poder entender las trayectorias de dos festivales de diferente andadura.

A priori el festival internacional de cine de Tokio (TIFF) parece que tiene más prestigio, por pertenecer al circuito oficial de festivales de cine de la FIAPF, junto a honorables como el de Canes, San Sebastian, Venecia o Berlín. Y aunque en esta lista no figura el de Valladolid, nadie duda de su trabajada trayectoria desde sus comienzos como festival de cine religioso, hasta su apuesta por la independencia y por el cine de autor. Todo lo contrario a un festival de cine como el de Tokio, que tras dieciocho ediciones, va convirtiéndose en un escaparate comercial, que pasa desapercibido en la vorágine de eventos que se suceden en una gran metrópolis como es Tokio. La programación busca atraer a un público ávido de nuevos estrenos (si son de Hollywood mejor), que sólo concibe un cine de palomitas o de lacrimógenos dramas. Los cinéfilos de verdad son marginalizados, y las verdaderas películas de autor a competición son programadas en horarios imposibles y con un único pase abarrotado por la prensa especializa y sin hueco para el espectador. Toda la programación del festival se reparte en dos únicos cines: dos salas del Bunkamura (Shibuya) y en los multicines de Roppongi Hills. Un espacio a todas luces insuficiente para un festival que presume de ser internacional, y que pretende estar al mismo nivel que el resto. Y es que a pesar de la publicidad que se le da en las semanas previas, el festival parece que se hace de espaldas al espectador: Los precios de las entradas son los mismos que el de una sesión de cine normal, y los pases son insuficientes para cubrir la demanda. Incluso durante el festival, la cobertura de los medios de comunicación es insuficiente. El silencio informativo sólo es roto por la estrella invitada de turno a su paso por la alfombra roja, y sólo si una película japonesa resulta ganadora, es posible enterarse de los premiados. Por si fuera poca, cada año el festival va esponsorizando nuevos eventos que prácticamente coinciden con las fechas del festival, que contribuyen a una confusa diversificación que poco hacen por asentar el prestigo de este festival, además de hacer casi imposible tanto para la prensa especializada como para el público estar al tanto de todo.

Quizás por haber sido un habitual de los festivales de San Sebastián y Valladolid, el festival de Tokio me deja tan indiferente. Las escapadas de tres o cuatro días a estos festivales, eran un empacho de cine y la posibilidad de respirar el ambiente del festival en cada rincón de estas pequeñas ciudades. Toda la ciudad se volcaba con un festival, que representaba la oportunidad de ver cine, mucho cine de calidad, con precios baratos y un público entregado a las pequeñas tertulias en los cafés y bares de la ciudad. Coincidir entre las proyecciones con directores como Wim Wenders, Nanni Moretti o Wong kar Wai, e incluso cruzar algunas palabras con ellos era posible, lo que demostraba el ambiente casi familiar que se vivía en estos festivales ajenos al glamour made in Hollywood que cada año es importado por Canes o Venecia. Y entre película y película, recorridos gastronómicos y paseos por viejas calles, intentando refrescar un cerebro que tras el empacho de hasta cuatro películas diarias, ve la vida a veinticinco fotogramas por segundo.

En Japón, mi cinefilia no tiene cura. Los festivales apuestan por una comercialidad que me deja indiferente. La filmoteca tiene un programa escaso y deficiente. Los esfuerzos de la Japan Foundation por recuperar clásicos y promover tertulias con especialistas son loables pero insuficientes. Sólo la iniciativa privada de algunos colectivos o de pequeños cines en Shibuya o Shimokitazawa, consigue salirse de la mediocridad general, programando interesantes retrospectivas o ciclos de cine underground. Y fuera de Tokio, cada año va ganando más prestigio entre los cinéfilos japoneses un verdadero festival como el de Yamagata o el Tokyo Filmex. Respecto a este último, nacido como un foro para los profesionales, cada año va aumentando su programación abierta al público, con una decidida apuesta por el cine menos comercial que se produce en Asia. Mi única esperanza.

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Octubre 24, 2005

reciclaje

"Aquellos que no quieren imitar, no producen"

Salvador Dalí

La palabra copia se cierne sobre todos los aspectos culturales e industriales de Japón, como una sombra que pone en entredicho la excelencia del país. Para muchos, desde tiempos antiguos Japón ha sido un país que se ha limitado a copiar y asimilar las influencias que le iban llegando desde el continente, a través de filtros impuestos por China y Corea. Otros aceptando este hecho histórico, hablan de la copia y mejora realizada en Japón como el punto fuerte de un pueblo que ha sido capaz de mejorar desde la pintura en tinta china (suiboku) hasta un transistor. Aunque ambas son visiones parciales que no hacen justicia a una creatividad japonesa que ha producido una cultura singular con influencia internacional en todas las artes, reflejan un hecho que desde luego reside en los principios de la cultura japonesa.

La copia, que no el plagio, se resume en japonés con la palabra honka-dori. Y lejos de ser un adjetivo descalificativo, alude al homenaje y autorealización del alumno que intenta emular al maestro. El proceso de copia no es un acto creativo en si, pero si la forma por la que adquirir la técnica necesaria que permita una verdadera creación. En todas las artes japonesas, antiguas escuelas han sido depositarias de estilos diferentes que han preservado técnicas que de otro modo se hubieran perdido. En ellas, los artistas siguiendo un estilo fuertemente marcado, innovaban de acuerdo a los gustos de la época sin perder el respeto por la tradición. Algo muy diferente a las escuelas de pintura Europeas, en donde las fuertes individualidades terminaban aflorando y fragmentando la escuela cuando fallecía su fundador.

copy1.jpg Yamaguchi Akira - Caricature of Shino-Japanese war & Russo-Japanese war serie, 2002

Yamaguchi Akira, Aida Makoto y Tenmyouya Hisashi son pintores contemporáneos japoneses que se han servido del honka-dori para ofrecer una perturbadora mirada a las raíces del arte japonés. A primera vista, sus cuadros poco se diferencian de las clásicas pinturas contenidas en biombos (byobu) de los museos, con escenas que fácilmente podrían encontrarse en alguno de los más famosos ukiyo-e. Sin embargo, una cuidadosa observación revela que modernos elementos parecen haber hecho un viaje temporal. Así vemos modernos salary-man flirteando con cortesanas en kimono, samurai que han cambiado sus caballos por modernas motocicletas, o robots como personificación de antiguos demonios. No hay estridencias en estos cuerpos extraños, que encajan a la perfección en estos modificados cuadros que parecen revelaciones de un futuro posible pintados por algún pintor de época bajo los efectos de algún alucinógeno. La síntesis entre tradición y modernidad es alcanzada con precisión y respeto por los maestros, mostrando a la vez aspectos de la vida moderna que al contraponerlos con la vida antigua, demuestra que hay jerarquías demasiado arraigadas en la sociedad japonesa difíciles de limar por el paso de los siglos.

copy2.jpg Tenmyouya Hisashi - Legendary warriors serie, 1996

Curiosamente, este "trío de ases" está representado por Mizuma Art Gallery.

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Octubre 23, 2005

placebo

Tras una semana de toses, aspirinas, pañuelos, dolores de cabeza y humores varios, decidí que ya era hora de sobreponerme a las limitaciones de este catarro mal curado antes de que se convirtiera en algo crónico. Asi que desafiando el frío de un neblinoso sábado por la tarde, quedé para jugar una pachanga con los amigos.

Reencontrarme con los viejos olores y sensaciones fue la mejor medicina que podría haber tomado. El tacto del gastado cuero, el olor a madera vieja del parqué, el rítmico sonido del bote, el crujir de las gomas de las zapatillas, la hormigueante sensación del trabajo físico... Y aunque el jugar convaleciente restó varios puntos a mi reputación por estas pistas, el catarro se fue, aunque me dejó un dedo como una "morcilla" que poco a poco va recuperando su movilidad.

Lances del juego.

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Octubre 16, 2005

shitamachijôcho 下町情緒

La vida de barrio nos es arrancada por la aseptitud y la oferta del día de las grandes superficies. En la búsqueda del ahorro y de un impersonal trato de masas, compramos las cosas palpándolas a través de un film transparente de un brillo engañoso. Las bandejas de poliestireno chirrían amontonadas en las cámaras, conteniendo un género impreciso, del que sólo sabemos su origen por un onmipresente código de barras que ocupa más de la mitad del etiquetado.

En los barrios japoneses de nueva planta, las estaciones son grandes superficies comerciales capaces de absorber la voracidad de los habitantes en tránsito, ofreciendo una amplia gama de productos y contratos basura. Tradicionalmente, junto a las estaciones de tren se construía una galería comercial (shôtengai), donde los pequeños comerciantes se asociaban para unificar políticas en cuanto a recogida de basuras, limpieza de zonas comúnes, publicidad, embellecimiento de la galería, o incluso acometer pequeños proyectos que garantizasen más clientes como la subvención de pequeños cines o teatros de barrio. Hoy en día, estas pequeñas tiendas agonizan, y los shôtengai han pasado a convertirse en galerías ocuapdas por restaurantes de franquicia, tiendas 24h (konbini) y ruidosos salones de juego (pachinko). Los grandes supermercados con sus inhumanos horarios han terminado por fagocitar el grueso de unos clientes que bajo la tapadera de despersonalización de las grandes superficies, han perdido parte de la capacidad de socializar, y por tanto, de crear esas redes sociales de confianza tan necesarias descritas por Tocqueville.

El vértigo de la especulación inmobiliaria se deja notar en mi pequeño barrio, que afortunadamente aún cuenta con un pequeño shôtengai. Una pescadería, dos fruterías, una carnicería, una tienda de frutos secos japoneses tradicionales (senbeiya), otra de te, una freídura de tempura (agemonoya), un estanco y dos panaderías, son los útlimos reductos de unas pequeñas empresas regentadas por ancianos, que aguantan con disposición y buen humor a el cierre definitivo, cuando bien su salud o su economía, termine por resentirse frente a la batalla perdida de los supermercados de franquicia. Los hay que terminan por unirse al "enemigo", aunque son casos que me producen una inmensa tristeza, como la señora de unos 60 años que trabaja cada noche en el turno nocturno del konbini más cercano a mi casa. A su edad, aceptar un turno así sólo puede explicarse por la vergüenza que debe de ser para ella encontrarse con alguno de sus antiguos clientes, mientras les cobra con la cantinela aprendida, bajo los demasiado luminosos halógenos del establecimiento. Por supuesto es un suponer, pero lo cierto es que en esta envejecida sociedad japonesa, el capitalismo de masas ha triunfado sobre la iniciativa privada de los pequeños empresarios, que un día decidieron continuar con la pequeña tienda heredada de sus padres. Hoy día, los pocos clientes que frecuentan estos agónicos establecimientos son los mismos de hace unas décadas. Clientes que son verdaderos amigos, con los que intercambiar los pequeños acontecimientos que depara el día a día.

No sólo el servicio, sino también la variedad y ese binomio calidad/precio, son factores a los que las ofertas del día nunca podrán llegar. La calidad fruto de una cuidada selección en pequeñas cantidades de género, nunca podrá ser alcanzada por la compra a granel de las grandes superficies, y su aséptico e individual embalaje en aras del higiene.

De momento, la tienda de tofu del barrio hace tiempo que desapareció, aunque cada mañana, todavía es posible ver a un jóven haciendo el reparto, desde una tienda situada a unos quince minutos a pie de mi casa, y regentada, como no, por un trabajador anciano, que año tras año madruga para preparar un delicioso tofu de textura nunca alcanzada por el vendido en el supermercado. Similar es el caso de la panadería donde compro el pan, llevada por una anciana de gesto cansado pero de viva mirada, con la que he establecido una complicidad en torno a una barra de pan, que sorprendentemente, es un delicioso pan de leña imposible de encontrar incluso en las panaderías españolas surtidas por enormes panificadoras.

Hará unas dos semanas que cerró la última tienda de comestibles. Llevada por dos simpáticos ancianos, que incansables narraban las ofertas del día en la puerta, al tiempo que aconsejaban con diligencia sobre la calidad de los productos, o daban sugerencias a sufridas amas de casa sobre el idóneo menú del día. Será sustituido por una franquicia todo a 99 yenes, destinada a reventar las grandes superficies del barrio. Paradojas de la competencia.

Con todo, todavía hay esperanza. Poco a poco, una jóven pareja con su pequeña, llevan trabajando en lo que será la reconversión de un viejo restaurante abandonado por su anciana mama, en una floristería que promete dar encanto a este shôtengai.

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Octubre 14, 2005

seguridad social

Se pueden criticar muchas cosas de la Seguridad Social española, pero es un hecho que es una de las mejores de Europa (y por ende del mundo), sólo superada por la de los países escandinavos. Razón clave para que España sea ese retiro dorado de de píldoras gratis e inmaculados geriátricos, para muchos de nuestros ancianos vecinos europeos.

Mal acostumbrados como estamos, la seguridad social japonesa sorprende por varias razones, dejándote un sinsabor que nada tiene que ver con la ingesta de antibióticos. La seguridad social cubre en Japón el 70% de los costes médicos, lo que te obliga a pagar una cierta cantidad de dinero cada vez que vas a una consulta. Y no todos los costes son cubiertos, algunos como el parto, los chequeos o las vacunas, no lo son. Una sensación cuanto menos diferente, el tener que pagar al contado la visita al médico y los medicamentos. El sector está liberalizado, por lo que la supuesta libertad de elección, lejos de ser una ventaja ha creado la floracion de multitud de clínicas de barrio donde el servicio se asemeja a un supermercado de la salud, más que el desarrollo de una actividad sanitaria.

Los precios varían según la fama precedente del médico, y de la localización de la clínica. A nadie se le escapa que una clínica en alguno de los distritos nobles de Tokio costará más que una en los suburbios. El único dato que puede ayudarnos a elegir una determinada clínica es la universidad en donde se graduó nuestro médico. Invariablemente, a la entrada de todas las consultas un gran tablón recoge los nombres de los diferentes médicos, sus especialidades, y su universidad de procedencia. Dado el bajo nivel académico de muchas universidades japonesas, en donde cualquier persona que pague puede llegar a ser un doctor (si supiesen del MIR muchas vocaciones se frustarían), conviene fijarse atentamente en la universidad. Las universidades nacionales son más exigentes que las privadas, por lo que aunque comparativamente los médicos japoneses no llegan a la preparación de sus homólogos españoles, a fin de cuentas para curar un catarro hasta nuestras madres saben más de medicamentos.

Ir de urgencias puede ser toda una odisea, sobretodo si no se cuenta con un hospital en condiciones cercano. Sórdidas clínicas abiertas 24h con ojerosos jóvenes doctores, es lo que espera a aquellos aquejados de algún problema urgente. Las urgencias pueden llegar a ser hasta cinco veces más caras que una consulta normal, y la atención alcanza mínimos insalubres. Incluso antes de decirle a la enferma por teléfono tus síntomas, ya te está diciendo por cuanto te saldrá como mínimo la visita sea cual sea el diagnóstico. Por lo que conviene en muchos casos desplazrse hasta el hospital general más cercano.

Capítulo aparte merece el tema de los medicamentos. Las farmacias normales que se ven en la calle, son en realidad parafarmacias. La legislación japonesa en cuanto a medicamentos de mostrador (en inglés over-the-counter drugs) es bastante estricta, y hasta una aspirina no puede ser comprada sin receta. Automedicarse para curar un catarro equivale a tomarse un aquarius: preparados vitamínicos que son más un placebo que un medicamente auténtico. Las farmacias de verdad por lo general están asociadas a las propias clínicas/hospitales o situadas cercanas a estos. Las medicinas se reciben contadas, y por lo general con dosis perfectamente calculadas para no superar los tres días tratamiento. Un buen sistema que casi garantiza que te cobren una segunda visita con sus correspondientes medicamentos. Y digo garantiza porque las dosis son irrisorias. Si pongamos que para aliviar los síntomas de una gripe en España se suele recetar una dosis de 1gr de paracetamol cada 6 horas, en Japón lo normal es de 250ug, y sólo suplicandole a el médico, conseguimos que nos deje tomar dos pastillas (500ug) en lugar de una. El recetar la dosis exacta para tres días por supuesto que ayudaría en España a controlar el gasto farmacéutico, pero el tener que ir repetidamente a la consulta haría eternas las esperas.

Si las clínicas son supermercados de la salud, los hospitales generales son hipermercados en donde el regateo y el dinero bajo cuerda no está legalizado pero sí reconocido. Una operación requiere el pago de una "gratificación" especial para el cirujano, que garantice así el cuidado del enfermo. No pagar este canon puede llevar en ocasiones a que ciertas operaciones o tratamientos se consideren "no necesarios" para la evolución del enfermo. Sólo así se explica como la profesión de médico es una de las más lucrativas en Japón junto a la de abogado.

Si Hipócrates levantase la cabeza...

::: escrito a las 08:28 PM | {comentarios} (34)

Octubre 05, 2005

azotea

"Desde tiempos inmemoriales el hombre ha querido subir a los tejados"

Le Corbusier

Ocurre a veces que en ese deambular dominical por librerías de descuento, encuentras libros que te impresionan profundamente, pero que dejas abandonados con un "ya lo compraré luego", hasta que te das cuenta que ha sido demasiado tarde y que el libro en cuestión volvió a su oscura estantería sin posibilidad de retorno. Entre otros, me pasó con un libro de fotografías de Madrid.

La particularidad del libro es que eran fotografías de los tejados y azoteas de Madrid. Recuerdo que de golpe, el libro me abrió una nueva perspectiva en la forma de ver la ciudad. Sin saberlo entonces, Madrid escondía en las alturas parques de estatuas que llevan contemplando décadas el paso de indiferentes transeúntes. Con sólo alzar la vista, pueden contemplarse las figuras desdibujadas por el contraluz de fantásticos animales o de hombres de corte neoclásico que se asoman por tejados que parecen inalcanzables. Madrid visto desde arriba, es un inmenso campo sembrado de prados de tejas, bosques de chimeneas de adobe desafiantes, y figuras de un bronce oscuro suavizadas por la erosión.

Me consta que no fui el único al que ese libro le descubrió nuevos espacios. O no es demasiada casualidad que películas como "La comunidad" o "El corazón del guerrero" por poner dos conocidos ejemplos, basen su acción en algunos de estos maravillosos tejados madrileños.

En Tokio los tejados están ocupados por azoteas, que sin formar el mosaico de tejas multicolor de Madrid, conforman unos espacios en su mayoría accesibles que son una perfecta vía de escape para alzarse sobre el estrés de la ciudad. En las alturas, la ciudad se presenta como una amalgama de edificios de diferentes alturas, coronados en su mayoría por arcaicos depósitos de agua que dan sombra a las antenas de televisión y parabólicas omnipresentes. A falta de zonas verdes, estas terrazas son un destino accesible para el solaz y para la contemplación de fenómenos enmascarados por una fina contaminación, como son los amaneceres, atardeceres, noches estrelladas e incluso la presencia del Fuji. Con suerte, en algún día de extraordinaria nitidez es posible observar alguno de estos cotidianos acontecimientos, aunque si bien antiguamente la ciudad presumía de tener lugares señalados para la visión del Fuji (generalmente en alguno de sus innumerables promotorios), hoy en día sólo queda uno de estos antiguos observatorios en Nishi-nippori, aunque un moderno edificio tapa la mitad de la imponente silueta que sólo se manifiesta ocasionalmente. Quedan los tejados como observatorios de la vida de una ciudad, no acostumbrada a mirar a las alturas más allá de los anuncios de neón. La palidez de un atarceder en Tokio no puede competir con el espectáculo de vivídos colores de las pantallas de televisión y de los anuncios estáticos.

Los tejados de antiguos edifcios como los del Doujunkai, son auténticas joyas en donde persistentes matorrales o valerosas plantas de interior, han colonizado las grietas del viejo hormigón, creando esteparios jardínes muy del gusto zen. En otros tejados con más suerte, los vecinos han creado a conciencia un pequeño jardín a base de macetas, en donde poder atisbar algo de ese verde que no cabe en las pequeñas terrazas-tendederos-one-room. Cada azotea de cada edificio tiene un encanto particular, que esperas descubir cuando subes los peldaños de la escalera, con ese goze de peligrosidad a sabiendas de que estas entrando en una propiedad privada. Una vez arriba, el tiempo se detiene y recorres lentamente las esquinas, buscando los mejores reflejos de una ciudad que desde las alturas ofrece un espacio despejado de cables y mucho más respirable. Es el momento entonces de entregarse a la contemplación ociosa, o al disfrute un libro o una canción en este particular jardín en las alturas.

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Octubre 03, 2005

Diarios de motobicicleta

Hacía tiempo que no hablaba sobre la bicicleta, principalmente porque no hay ningún problema. Las bicicletas se acumulan frente a la estación, y los abueletes se dedican a colocarlas y ordenarlas. Nada de pichazos ni de mafias en torno a los parking de las bicis. De hecho, hasta la estación carcana a mi casa salió en los informativos porque el gobierno del distrito, ante la frustación de ver como se acumulaban las bicicletas sin solución posible, decidió que debería de ser la compañia de ferrocarriles JR la que gestionase el uso del espacio público para las bicicletas. Nuevos uniformes, y los abueletes desbordados intentando colocar las bicicletas en línea frente a una de las salidas de la estación.

Quizás la novedad sea el ir en bicicleta a la universidad. Fue una noche mientras volvía a casa pedaleando, cuando recordé que unos de esos anhelos idealistas que se tienen de joven, en mi caso era poder ir en bicicleta al trabajo. Energía natural y saludable. Y al final, parece que sin ser consciente lo he conseguido. Cuatro kilómetros que cada día recorro con alegría, excepto cuando la lluvia o el agobiante calor lo impide. Incluso disfruto subiendo una larga cuesta (tanto a la ida como a la vuelta), que sin ser demasiado exigente, es lo suficiente dura como para provocar ese pequeño pinchazo en los músculos que te recuerda que estas vivo.

Sobretodo disfruto haciendo carreras con los autobuses de línea que van desde la universidad hasta mi casa. Ambos seguimos el mismo camino, y cuando la providencia quiere que salgamos a la vez desde una meta imaginaria, me pico con el conductor en una imaginaria competición por ver quién llega antes. Y la mayoría de las veces le gano la partida. Incluso sin tráfico, con tener un poco de suerte con los semáforos (muchos de los cuales peatonales que yo no respeto) es suficiente. Es lo bueno de la bicicleta, invadir la acera y salir al asfalto para ganar velocidad. De momento, no he sufrido la suerte del extranjero que siempre es parado por la policía como sospechoso de haber sustraído la bicicleta que monta. Será porque siempre voy con las obligatorias luces delanteras y las opcionales traseras, por lo que no les doy a pie a buscar una excusa convincente para pararme. Ya veremos hasta donde me dura la suerte.

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Será que me gustan las cosas de mecánica simple, porque especialmente me gusta ese ruido cuando tras engrasar los cambios, cambian con un suave chasquido.

FOTO: Cortesía de Google Maps, mi recorrido diario. Partiendo desde la izquierda, muy cerca de Ikebukuro Sunshine, cuatro kilómetros recorriendo Kasuga-dori, pasando por el Tokyo Dome hasta llegar a la universidad, un espacio verde que casi enlaza con el parque de Ueno.