Tokyo Nikki - Algunas notas fugaces y digresivas de una vida en Tokio

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Agosto 30, 2005

¿Te gusta conducir?

Tras la odisea que supuso validar el permiso de conducir español por uno japonés, ocasionalmente cojo algún coche de alquiler para realizar desde pequeñas escapadas, los portes de la mudanza (ya hace un año) o incluso los 1600 kilómetros recorridos en cinco días de viaje por Kyushu. Experiencias todas que me permiten tener una idea aproximada de como se conduce en Japón.

En general y como era de suponer, los japoneses son bastante prudentes e incluso educados a la hora de conducir. No sólo por respetar la distancia de separación a rajatabla, sino por pequeños detalles que no enseñan en la autoescuela, como dar las luces de emergencia por un segundo a modo de guiño de agradecimiento cuando alguien te ha facilitado una incorporación, como si de un sumimasen luminoso se tratase. Esta tranquilidad en la conducción contrasta con la situación que se vive en las carreteras de Tokio.

Si Madrid es la jungla en cuanto a conducción agresiva se refiere, Tokio no se queda atrás. El entramado de calles dan una sensación de estrechez, agravada por los grandes taxis que circulan con total impunidad por cualquier lugar. Incluso en las autopistas en altura que cruzan la ciudad, la situación de encajonamiento se agrava, con carriles más pequeños de lo habitual, en donde hasta el arcén ha desaparecido para economizar espacio. La sensación de urgencia común de las grandes ciudades, también se extiende a Tokio, en donde los coches circulan intentando buscar la vía más rápida a su destino. Y casi todos, eligen pagar por poder usar la autopista circular que rodea Tokio. Una trampa mortal. Usar esta autopista es casi invariablemente meterse en un permanente atasco sin salida posible. La situación puede alcanzar niveles de histeria si algún accidente bloquea alguno de sus carriles. La falta de arcenes y espacio de maniobra, obliga a detener el tráfico en ambos sentidos, lo que crea un colapso que incluso obliga a cerrar las entradas a la autopista. La otra opción es circular a nivel de superficie, en cuyo caso, tienes que sufrir la multitud de semáforos y el tráfico que se forma, aunque al menos te queda el triste consuelo de haberte ahorrado el pago del peaje.

Y es que en Japón, un trozo de cinco kilómetros de carretera sin semáforos es justificable para cobrarte un peaje de un mínimo de 200 yenes (1.50 euros). No importa que las condiciones de la carretera sean las equivalentes a una vía secundaria española, por el simple hecho de no tener semáforos, las autoridades locales aprovechan para sangrarte con un nuevo impuesto.

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Y no sólo por las carreteras, el placer de conducir se hace difícil en Japón. Casi todos los coches son automáticos y la mayoría de los conductores prácticamente desconoce que los coches "normales" tienen un tercer pedal. Especialmente sangrante es comprobar como hasta los deportivos de lujo son automáticos. Todo un desperdicio.

FOTO: Tráfico rodado bajo la estación de Shibuya

::: escrito a las 11:29 AM | {comentarios} (68)

Agosto 11, 2005

obon

Los muertos también tienen derecho a su día de fiesta. El "día de todos los santos", conocido por estos lares como obon, es un festival budista que según el antiguo calendario lunar suele caer a mediados de agosto, aunque si atendemos al moderno calendario gregoriano de uso común en Japón, debería de celebrarse a mediados de Julio. De momento los muertos no se han quejado de que en unos lugares les honren antes que en otros, por lo que mediados de agosto se ha institucionalizado como uno de las tres grandes festividades japonesas, junto con la de año nuevo (shogatsu) y la semana de oro (aunque se diga en inglés "golden week", el Corte Inglés no tiene nada que ver).

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Resumiendo. Me voy una semanita de vacaciones a Kyushu, la mayor de las islas meridionales japonesas situada a mil kilómetros de la capital. El plan es alquilar un viejo y posiblemente desvencijado medio de transporte, y recorrer sin prisas algunas de sus bellas ciudades, limpias playas, parques naturales o famosos onsen. Y aunque Okinawa pertenezca a Kyushu, su visita tendrá que esperar.

::: escrito a las 05:42 PM | {comentarios} (66)

Agosto 10, 2005

sesenta años de mentiras

Han tenido que pasar 60 años, para que por fin tímidas voces se alcen preguntándose sobre las causas del horror, desafiando una versión oficial proporcionada por Estados Unidos, hasta ahora creída por una humanidad más dispuesta a olvidar que a saber la verdad. En los actos de conmemoración de ayer en Nagasaki, el alcalde la ciudad se preguntaba si acaso había justificación para Nagasaki, o si no habrían sido más que meros cobayas para la prueba de una bomba de plutonio sobre seres humanos, tras la de uranio eh Hiroshima. Desgraciadamente, sus vecinos de Hiroshima también fueron cobayas.

Una historia construida por los vencedores en donde los vencidos no tienen voz, nos ha dicho como gracias a las bombas atómicas se acabó con la guerra en el pacífico, y se salvaron muchísimas más vidas de las víctimas que costó la masacre. La situación según Estados Unidos, era la de un pueblo dispuesto a sacrificarse en masa por el Emperador, en donde los américanos deberían de pagar con sangre cada palmo de terreno conquistado en una hipotética invasión terrestre. El odio y la soberbia de los japoneses era tal, que se necesitaban tomar medidas excepcionales.

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Cuando las bombas cayeron, Japón no era el temido "enemigo amarillo" de Pearl Harbour, sino un país agonizante que luchaba con todos los medios por firmar una paz rápida que liberase a su pueblo de una guerra perdida hace mucho tiempo. Los bombardeos en Japón eran algo común, y habían conseguido devastar los grandes centros urbanos e industriales del país. Sólo en el bombardeo del 9 de marzo en Tokio, murieron más de 120.000 personas. Y trás la trágica derrota de Okinawa en Junio, Japón había perdido el que era su último esfuerzo para tratar de parar el avance de los estadounidenses. Era un país que pedía clemencia, como lo refleja un cable enviado por el embajador de Alemania en Tokio el 5 mayo, en donde decía que los japoneses a sabiendas de su insostenible situación, aceptarían una capitulación incluso en términos desfavorables. El cable, como todas las comunicaciones emitidas por Japón desde hacía dos años, fue interceptado y descifrado por Estados Unidos, sin embargo la paz llegaba tarde. Unos meses antes, el 16 de abril de 1945, el general Arnold (jefe de las Fuerzas Aéreas) junto con el general Groves (jefe del proyecto Manhattan) habían escogido las cuatro ciudades "cobaya": Hiroshima, Niigata, Kokura y Nagasaki. De nada serviría que Hirohito consiguiese controlar a los últimos fanáticos militares opuestos a la rendición tras la batalla de Okinawa, ni los numerosos contactos diplomáticos con los rusos antes de Postdam para firmar la paz. La decisión de lanzar las bombas no tenía nada que ver con los japoneses, sino con los soviéticos. Tanto Truman como Churchill temían el poder soviético, y recelaban de una maquinaria de guerra que tras parar y derrotar a los alemanes, se perfilaba como el próximo rival a batir. Se hacía por tanto necesario mostrar a los rusos la nueva bomba, como una forma de disuasión. Era el principio de la "Guerra Fría".

Pero incluso si no se hubiese podido conseguir la paz, y se hubiese optado por una invasión terrestre, desde el Estado Mayor estadounidense se hablaba de un coste de entre 20.000 y 46.000 vidas. Cifras que serían engordadas posteriormente para justificar las bombas, hasta un millón y medio de soldados. Y que desde luego no se ajustan a la realidad vivida, ya que si bien los civiles alemanes vivieron con recelo la liberación por parte de los rusos, el pueblo japonés recibió a los soldados aliados como verdaderos héroes, sin dar muestras de ese rencor que un par de meses antes les habría llevado a una hipotética inmolación colectiva.

Las bombas simplemente dejaron claro que los militares tienen más honor que los políticos, o al menos así lo demostraron los generales Eisenhower y MacArthur, opuestos a unas bombas lanzadas sobre objetivos no militares (no había fábricas de armamento ultrasecreto en Hiroshima como se decía), que no tenían tampoco ningún fin estratégico respecto al resultado final de la contienda. Sin embargo, la historia nos ha enseñado lo contrario, hasta el punto de "absolver" a los norteamericanos por las bombas atómicas, mientras que seguimos condenando a los alemanes por Auschwitz.

Y es que como le dijo Kenneth Bainbridge a Oppenheimer tras el primer ensayo de la bomba atómica:

"Now we're all sons of bitches"

FOTO: Fotografía de Yosuke Yamahata. Un día como hoy en Nagasaki hace sesenta años.

::: escrito a las 11:02 AM | {comentarios} (60)

Agosto 07, 2005

+baloncesto

1
Ya casi había olvidado lo que era levantarse un domingo a las 8 de la mañana para jugar un partido de baloncesto, sensaciones agridulces por no poder dormir ni en domingo, aunque también satisfacción por la descarga de adrenalina. Y es que por muchas "pachangas" de nivel en la calle, es realmente en un partido donde se alcanza la máxima tensión. Es una especie de ritual que engancha: los 30 minutos del perezoso despertar de los músculos durante el calentamiento, los sonidos de los marcadores poniéndose a cero, la prueba de las bocinas por parte de la mesa, mirar por el rabillo del ojo al rival de turno mientras se estira... Y sobretodo cuando pitan tres minutos para que empiece el partido, y aguardas a que el entrenador te desvele si estas o no en el cinco inicial.

Después de casi dos meses de parón empezamos un torneo de verano. En el torneo de invierno al final quedamos en la zona media de la tabla. A nivel personal, una grata sorpresa. Yo que nunca miro las estadísticas, resulta que he sido el máximo anotador del equipo (nada sorprendente dado el nivel), con una media de casi treinta puntos por partido. Yo que siempre he sido un jugador de equipo y que mi media de la temporada nunca había pasado de los doce puntos por partido, me veo convertido en un jugador anotador. Y no es el único cambio. He pasado de jugar de base a jugar de alero. Cosas de la altura.

Parece que de momento hemos vencido al sueño y a las resacas, y llevamos tres de tres ganados. Ya veremos hasta donde llega la racha.

2
Hoy de nuevo Turquía nos ha apeado de un Europeo, en esta ocasión del sub-16. Gracias a la página web de la FIBA, pude ver la semifinal del Europeo sub-18 que España perdió contra Turquía, dos derrotas con la que los turcos ya se han tomado buena revacha de la final que les ganó España en el 2004. En el caso de la sub-18, faltaba un pilar fundamental: Sergio Rodríguez. Cierto que Antelo tiró del carro de la selección, pero se vió que aún teniendo a un equipo jugando para tí, se necesita algo más. Ya veremos hasta donde llega Antelo si por fin dispone de los minutos que le hagan crecer como un jugador de equipo, ya que de momento es un jugador demasiado individualista con un buen físico, ágil, y con una mecánica de tiro ortodoxa pero efectiva.

3
He conseguido unos DVDs del AND1 mixtape tour. Hip-hop, pachangas en la calle, y negracos volando como los ángeles por encima del aro. Puro espíritu de la calle, pero convertido en un remozado espectáculo de los Globetrotters. Sin duda, la estrella beneficiada de todo este "tinglado" mediático ha sido Rafer Alston aka Skip To My Lou. Un jugar curtido en el mítico playground de Rucker Park, que en sus primeros años como profesional en la NBA fue un más que mediocre jugador. Sin embargo, el patearse varios playgrounds de Estados Unidos de la mano de la marca deportiva AND1, le granjeó una fama que se tradujo en más minutos en la NBA, y por fin en su sexta temporada ha explotado con los Raptors, con promedios de 14 puntos y 6 asistencias. Todo un showman mediático con el que tendrá que verselas Calderón en su aventura americana.

::: escrito a las 11:19 PM | {comentarios} (78)

Agosto 05, 2005

b&w arquitectura

El número de agosto de la revista inglesa "Black&White photography" aborda un tema tratado por "Casa Brutus" el mes pasado: Arquitectura y fotografía. Pero aún siendo el mismo tema, el enfoque es totalmente diferente por venir de una revista especializada en fotografía, a diferencia de "Casa Brutus" especializada en arquitectura.

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El que todavía haya revistas monográficas sobre fotografía en blanco y negro es sintomático de que a este disciplina todavía le queda un prometedor futuro, y que es pronto para enterrarla viva como quieren algunos. A día de hoy, y pese a los avances tecnológicos, la conversión a blanco y negro de Photoshop es bastante deficiente a la hora de captar toda la gama de grises, y más importante aún: Pese a los esfuerzos de Epson, la gama y calidad de los papeles fotográficos está a años luz del papel usado para impresión a tinta.

Sin la pedantería de su homóloga norteamericana, "B&W magazine" ofrece información para el fotógrafo profesional, y consejos para el fotógrafo amateur, verdadero sostén comercial de esta industria. La sección "Monochrome Workshop", en donde un fotógrafo profesional acompaña a tres amateurs para fotografiar una misma localización, y posteriormente comentar las fotografías es impagable, y te das cuenta de la separación en cuanto a técnica y composición de algunos profesionales. Pero hay más. En la sección "Darkroom Technique" se confronta un negativo revelado por un fotógrafo profesional, con el mismo negativo pero revelado por un experto técnico de laboratorio, que muestra que todo el mundo siempre tiene algo que aprender y mejorar; y que la fotografía, como muchas disciplinas de base técnica, requiere de un proceso de formación continua.

Pero volviendo al tema central de la arquitectura, tras el correspondiente artículo-homenaje de rigor al matrimonio Becher, hay una interesante conversación con Hélène Binet, fotógrafa habitual de arquitectos como Daniel Libeskind, Peter Zumthor o Zaha Hadid entre otros. Binet en su aproximación al edificio, descarta la idea de presentarlo en su totalidad, ya que la experiencia de contemplación volumétrica y su impacto en el paisaje, es para ella sólo abarcable de forma presencial. Por tanto, lo que intenta es el más difícil todavía: captar la esencia del edificio por medio de los detalles o los juegos de contraoscuros hallados en los rincones, como si de una abstracta composición espacial se tratase. Pero sobretodo, fotografiar un edificio es una experiencia lenta. Al igual que un ciego al leer braille va captando las perforaciones y pequeños volúmenes de un papel, el fotógrafo tiene que ir palpando las formas del edificio y la luz que las moldea. Un proceso donde inusualmente el fotógrafo puede invertir tiempo en la composición de la imágen. De ahí que Binet siempre trabaje con una pesada cámara de gran formato, y por supuesto con blanco y negro, en un proceso que dura unos cuatro días y en donde tras la imprescindible charla con el arquitecto, afronta un periodo de actividad dividido entre el tiempo dedicado a la fotografía y al revelado.

El revelado es una parte esencial del proceso fotográfico. Si consideramos que en un fotgrafía el 50% corresponde a la imagen en si (composición, momento, fuerza de la imagen, etc) el otro 50% se reparte entre el revelado del negativo y el revelado en papel, aspecto bien considerado por esta revista, que siempre incluye en cada fotografía información sobre el proceso. Pero la otra cuestión es ¿por qué una cámara de gran formato? Descartando aspectos sentimentales y de definición, la respuesta tiene que ver con un aspecto técnico conocido como "converger verticales". Con una cámara normal, converger verticales y capturar al edificio entero es una ardua tarea, básicamente porque cuando tienes las verticales te das cuenta de que no cubres toda la área del edificio, por lo que tienes que mover la cámara hasta una posición más alejada perdiendo las verticales. Una cámara de gran formato no tiene ese problema, ya que puedes mover la lente y converger verticales, sin necesidad de mover la cámara. Pero hay una solución para los que prefieran el formato de 35mm: lentes TS. Estas lentes tienen dos diferencias principales respecto a las normales: cubren un area mayor que el negativo, y se puede mover el plano de la lente, por lo que los problemas de convergencia de verticales quedan resueltos, además de permitir efectos bastante interesantes. El problema es el prohibitivo precio de alguna de estas lentes, que en ocasiones incluso sale más barato comprar una vieja cámara de gran formato.

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Pero la técnica no debe condicionar la experiencia sensible de tomar una fotografía. Y es que como dice Binet, no hay que racionalizar la fotografía pensando en la composición, sino que hay que dejar a la experiencia que se encargue de ese aspecto, experiencia por otro lado pulida por las limitaciones de la fotografía tradicional. Y es que al igual que ella, yo también soy de los que piensa que de poco vale producir y producir sin pensar ni planear como pasa con la fotografía digital, aspecto que ella resume con la siguiente frase:

"Tener una limitación estimula mucho más que tener infinitas posibilidades"

FOTO 1: Bicicleta en Shibuya, 2005 - Jorge Larrañaga. Kodak 100TMX revelado con microfine e impreso en Ilford Multigrade IV RC perla.
FOTO 2: Untitled, 1996 (interior II). [Peter Zumthor, Saint Benedict’s Chapel, Sumvitg, Switzerland] - Hélène Binet. Silver gelatin print.

::: escrito a las 11:15 AM | {comentarios} (75)

Agosto 02, 2005

jarabe de palo

El tema de los hikikomori es un claro ejemplo de como algunas "excentricidades" japonesas son amplificadas en occidente hasta el punto de convertir ciertas perturbaciones sociales en epidemias. El término se refiere a personas fuera de la sociedad, que viven recluídas en sus casas o habitaciones, bajo la laxa aceptación de una sociedad que permite su existencia. Son muchos los documentales que llaman a la tragedia, aunque curiosamente son todos de producción occidental y basados en falsedades, como la de que han tenido que ser los psicólogos extranjeros los encargados de desvelar esta "enfermedad" a la opinión pública.

Por fin ayer pude completar el puzzle de las desinformaciones y ver un documental producido por la televisión japonesa sobre el tema. En principio, llama la atención las cifras mostradas sober hikikomori, desde los algo menos de seis mil reportados por las autoridades, a los más de un millón y medio que reclaman algunos voceros. También no hay acuerdo entre el perfil tipo. Dicen muchos que en su mayoría son adolescentes, cuando según el documental la media de edad está en torno a los 26 años. Sobre las causas se apuntan muchas: presión académica, marginación escolar, o incluso de un aislamiento social provocado por la adicción a internet, mangas, etc. Nada más lejos de la verdad. Los expertos de los centros de rehabilitación coinciden en que es la falta de atención de los padres la principal causante del fenómeno, y que dista de ser una enfermedad como dicen muchos. Afirmación poco a tener en cuenta, en un país donde el tratamiento psicológico brilla por su ausencia.

Familias que bien sea por exceso de horas de trabajo u otras causas, fallan en la atención a sus hijos. Y cuando estos un día deciden no ir al trabajo/estudios, la familia se lo permite e incluso fomenta su subsistencia evitando el enfrentamiento, con la vana esperanza de que algún día saldrán de nuevo, cuando la realidad es que el comportamiento de los hijos es un grito silencioso reclamando una más activa atención.

Y es que cuando veía los dramáticos documentales del la BBC sobre el tema, siempre me quedaba con una sensación de impotencia... ¿Por qué ante los primeros síntomas de aislamiento dentro del núcleo familiar los padres no reaccionan?. En el caso de estudiantes de primaria, es normal que muchas veces se intente alargar una enfermedad y escaquearse algún día extra del colegio, eso si, siempre teniendo que lidiar con una madre que no va a darte más de un día de gracia. Sin embargo, la permisividad familiar japonesa llega hasta límites extremos. Y asi lo contaba un chaval de 14 años, que tras dos años de hacinamiento en su habitación y cuatro meses de rehabilitación en un centro para hikikomori, confesaba que todo empezó con una caída durante una excursión escolar. Faltó un día a clase por la caída, el siguiente le dió pereza, luego otro por que no le apetecía, luego otro, y otro, y otro hasta juntar dos años de no hacer nada. Nada de nada. Ni siquiera estar enganchado al ordenador, televisión o manga. Su habitación después de dos años se asentaba sobre medio metro de basura, y unas paredes picadas donde el aislante térmico sobresalía por infinidad de agujeros que daban más dramatismo a la escena.

Entrar en uno de estos centros para hikikomori es toda una odisea vital para los padres, que tienen que enfrentarse incluso de forma agresiva con sus hijos, hasta conseguir que salgan de la habitación y sean internados. Lo que en España es considerado "unos azotes para quitarle la tontería", en Japón es una experiencia traumática que ha derivado en esta falta de entendimiento. Al final, los azotes se hacen necesarios, y los jóvenes ingresan en el centro de rehabilitación (no es un centro psicológico), donde principalmente conviven con otros chavales como ellos, y aprenden de nuevo a socializar y a mover el cuerpo tras meses de inactividad.

Por supuesto, hay casos que requieren de asistencia psicológica, y no de esa ama de casa fundadora de un centro de rehabilitación que aparece en el documental, metida a una especie de exorcista de hikokimori y que sólo parece tener una receta: jarabe de palo. Aunque también, se hace necesario quitar dramatismo a esta nueva epidemia que parece azotar Japón si atendemos a los medios occidentales.