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pícaros
La picaresca, un arte de casta literaria que los españoles llevamos en los genes, no es sólo patrimonio nuestro. Cuando se junta el hambre con las ganas de comer, la picaresca se muestra como un instinto animal por la supervivencia., que no entiende de género.
En Tokio sorprende que los mendigos no te aborden por la calle. No los ves en la calle pidiendo una limosna con su trozo de cartón cinco-hijos-paro-dios-se-lo-pague, ni en los semáforos llevando un fardo de tela con bebé. Los mendigos en Tokio viven bajo plásticos azules en muchos de los más famosos parques de la ciudad, y están entre nosotros, como dirían en "La invasión de los ladrones de cuerpos". Incluso en la zona de los rascacielos de Shinjuku, zona de mármol impoluto y lustrosos ejecutivos, justo a la sombra del gran rascacielos que aloja al ayuntamiento, hay un pequeño parque donde estos vagabundos viven en pequeñas comunas que recuerdan a la de los trabajadores de Sintel en la Castellana.
De la inmunidad diplomática de estos vagabundos hablaré otro día, que primero está el contar como esta gente se gana la vida sin ayuda de la limosna. Para pagarse el vicio del tabaco -no cubierto por las ONG-, deben de aguzar el ingenio y sacarse algunos yenes. Desde la llegada de los móviles las cabinas ya no son lo que eran, por lo que el objetivo son las máquinas expendedoras de billetes del tren. En Tokio el sistema de venta de billetes está totalmente automatizado, no hay taquilleros observándote desde peceras de cristal. Por lo que los millones de pasajeros que usan la red de metro y cercanías, forzosamente tienen que comprar su billete en alguna de estas máquinas: Introducir el dinero y esperar el cambio ¿correspondiente?. Si vas con prisa, ni si quiera te darás cuenta de que la máquina se ha equivocado con el cambio. Cogerás las monedas de golpe, y con esa sobrada confianza en la fría honradez de la tecnología, irás apresurado a coger el tren que se te escapa, sin saber que unas cuantas monedas han quedado atrapadas en un ángulo muerto del carril de salida del cambio, y que mientras introduces tu billete en los tornos, una mano callosa ennegrecida por la suciedad del dinero estará cogiendo tu cambio, con la rapidez de un prestidigitador. Pero si no hay suerte, tú cambio no hará la buena acción del día, y tu involuntaria caridad acabará en las arcas de la misma compañía que cada día te sangra con el precio del transporte. Efectivamente, algún guardia de seguridad al acecho habrá disuadio al pobre mendigo.
No es la única picaresca. Los periódicos también informan de los últimos timos de la estampita. Por ejemplo, el de una compañía que comercializaba el genuino y auténtico té de Yon-sama. Eso sí, no lo podías conseguir en tiendas ni por teléfono en horario de madrugada. Como si se tratase de un tupper cualquiera, la venta del té se extendió por la red comercial de las "marujas" japonesas con tiempo libre. De casa en casa, vendían el té de la estrella coreana junto al juego de cuchillos jingsu, y la definitiva crema antiarrugas del Dr. Chang. Contaban con una motivación extra, ya que la vendedora que colocase más pedidos de té, ganaría un viaje a Corea y una cena romántica con Yon-sama. Cuando se destapó que todo era una tapadera para vender té verde coreano adulterado, y que Yon-sama no estaba viendo un duro por sus derechos de imagen, también se reveló el caso de varias de esas vendedoras japonesas que en un acto de amor y lealtad empresarial, habían amontonado varias cajas de té en sus casas para "consumo" personal.
Comentarios para: "pícaros"
Hola suelo leer tu diario desde España, vivo en Donostia. En agosto viajaré a Japón para pasar mis vacaciones con un amigo. Quiero saber si nos puedes ayudar con el siguiente tema, buscamos un guía que hable español en Tokio. Si conoces alguno, nos gustaría ponernos en contacto con él. Muchas gracias
Un saludo
gonzalo