otoño de cine
Día de clausura. A ambos lados del globo, dos festivales de cine anunciando los ganadores, e intentando acaparar el glamour de este séptimo arte. Por un lado, el veterano Festival de cine de Valladolid en su quincuagenario aniversario, y por el otro, el más reciente Festival internacional de cine de Tokio. Las comparaciones son odiosas, pero necesarias para poder entender las trayectorias de dos festivales de diferente andadura.
A priori el festival internacional de cine de Tokio (TIFF) parece que tiene más prestigio, por pertenecer al circuito oficial de festivales de cine de la FIAPF, junto a honorables como el de Canes, San Sebastian, Venecia o Berlín. Y aunque en esta lista no figura el de Valladolid, nadie duda de su trabajada trayectoria desde sus comienzos como festival de cine religioso, hasta su apuesta por la independencia y por el cine de autor. Todo lo contrario a un festival de cine como el de Tokio, que tras dieciocho ediciones, va convirtiéndose en un escaparate comercial, que pasa desapercibido en la vorágine de eventos que se suceden en una gran metrópolis como es Tokio. La programación busca atraer a un público ávido de nuevos estrenos (si son de Hollywood mejor), que sólo concibe un cine de palomitas o de lacrimógenos dramas. Los cinéfilos de verdad son marginalizados, y las verdaderas películas de autor a competición son programadas en horarios imposibles y con un único pase abarrotado por la prensa especializa y sin hueco para el espectador. Toda la programación del festival se reparte en dos únicos cines: dos salas del Bunkamura (Shibuya) y en los multicines de Roppongi Hills. Un espacio a todas luces insuficiente para un festival que presume de ser internacional, y que pretende estar al mismo nivel que el resto. Y es que a pesar de la publicidad que se le da en las semanas previas, el festival parece que se hace de espaldas al espectador: Los precios de las entradas son los mismos que el de una sesión de cine normal, y los pases son insuficientes para cubrir la demanda. Incluso durante el festival, la cobertura de los medios de comunicación es insuficiente. El silencio informativo sólo es roto por la estrella invitada de turno a su paso por la alfombra roja, y sólo si una película japonesa resulta ganadora, es posible enterarse de los premiados. Por si fuera poca, cada año el festival va esponsorizando nuevos eventos que prácticamente coinciden con las fechas del festival, que contribuyen a una confusa diversificación que poco hacen por asentar el prestigo de este festival, además de hacer casi imposible tanto para la prensa especializada como para el público estar al tanto de todo.
Quizás por haber sido un habitual de los festivales de San Sebastián y Valladolid, el festival de Tokio me deja tan indiferente. Las escapadas de tres o cuatro días a estos festivales, eran un empacho de cine y la posibilidad de respirar el ambiente del festival en cada rincón de estas pequeñas ciudades. Toda la ciudad se volcaba con un festival, que representaba la oportunidad de ver cine, mucho cine de calidad, con precios baratos y un público entregado a las pequeñas tertulias en los cafés y bares de la ciudad. Coincidir entre las proyecciones con directores como Wim Wenders, Nanni Moretti o Wong kar Wai, e incluso cruzar algunas palabras con ellos era posible, lo que demostraba el ambiente casi familiar que se vivía en estos festivales ajenos al glamour made in Hollywood que cada año es importado por Canes o Venecia. Y entre película y película, recorridos gastronómicos y paseos por viejas calles, intentando refrescar un cerebro que tras el empacho de hasta cuatro películas diarias, ve la vida a veinticinco fotogramas por segundo.
En Japón, mi cinefilia no tiene cura. Los festivales apuestan por una comercialidad que me deja indiferente. La filmoteca tiene un programa escaso y deficiente. Los esfuerzos de la Japan Foundation por recuperar clásicos y promover tertulias con especialistas son loables pero insuficientes. Sólo la iniciativa privada de algunos colectivos o de pequeños cines en Shibuya o Shimokitazawa, consigue salirse de la mediocridad general, programando interesantes retrospectivas o ciclos de cine underground. Y fuera de Tokio, cada año va ganando más prestigio entre los cinéfilos japoneses un verdadero festival como el de Yamagata o el Tokyo Filmex. Respecto a este último, nacido como un foro para los profesionales, cada año va aumentando su programación abierta al público, con una decidida apuesta por el cine menos comercial que se produce en Asia. Mi única esperanza.
::: Escrito desde Tokio en Octubre 30, 2005 11:59 PM