La Playa
Tras uno de esos extraños días sin húmedad, a veces una suave brisa te trae el aroma salado de mar. Es entonces cuando te das cuenta que Tokio es una ciudad costera.
Quizás por que soy de una ciudad de interior sobre la árida meseta castellana, tiendo a no considerar el mar como una necesidad vital. La gente de ciudades con mar parece que se ahogan tras pasar largas temporadas sin poder ver ni oír el continuo oleaje. Pero quizás Tokio es la excepción a este hecho, ya que todos sus habitantes viven de espaldas al mar. No hay en Tokio paseo marítimo ni playa propiamente dicha, salvo una artificial construida hace unos años en el complejo comercial que forma la isla prefabricada de Odaiba. Tampoco hay un puerto marítimo con ambiente de ocio, y nadie te dirá nunca que echa de menos el mar. Para los japoneses de Tokio el mar simplemente no existe.
Con la espinita clavada por mis vacaciones de Guam, el fin de semana pasado decidí hacer una pequeña excursión playera. Ya conocía las congestionadas y sucias playas de Enoshima y Kamakura, por lo que decidí explorar las playas de Chiba, relativamente cerca de Tokio (unas dos horas en tren) y con fama de playas limpias y no demasiado congestionadas. Al final fui a Kujyukuri-hama (九十九里浜), una larga playa de surferos en la que afortunadamente no había demasiada gente. El único problema era el agua, demasiado sucia.
Y en las últimas horas de sol, la playa se empezó a llenar paulatinamente de gente. La gente venía al jibiki ami, una especie de pesca colectiva que se realizaba antiguamente en Japón, y que ahora se ha quedado como un festival para deleite de turistas. Una barcaza extiende una larga red enfrente de la playa, y los dos extremos de la red los lleva a la playa para que la gente tire poco a poco de la red. Siguiendo la antigua tradición en la que toda la gente del pueblo sin diferencia de género ni edad tiraba de la cuerda, hoy las sufridas familias de domingueros tiran para ver si consiguen algún pececillo para la cena.
Pero para desilusión de los más pequeños que esperaban coger algún pez en las bolsas de plástico que llevaban en la muñeca, la red se reveló como un método para limpiar de porquería el agua de la playa. Y es que salvo algún pececillo despistado, lo único que se "pescó" fueron papeles, envoltorios y algas.
Y para terminar la jornada y quitarnos la sal del cuerpo, que mejor que un onsen. Para mi sorpresa, una nueva atracción que hasta ahora no había visto. Al aire libre una cama de roca pulida sobre la que circula un centímetro de agua a 36 grados. Toda una delicia estar tumbado mirando las estrellas, escuchando a las chicharras y grillos componer su melodía de noche de verano, mientras que una suave brisa mezclada con el aroma de madera de pino mece tu cuerpo desnudo sobre la confortable piedra.
Actualizada la galería de fotos con un pequeño cambio de formato, que muestra por fin mis primeras fotos escaneadas realizadas con la cámara de "verdad". Aunque el escaneo de negativos no me termina de convencer.
::: Escrito desde Tokio en Julio 30, 2004 11:55 PM
Comprendo perfectamente lo que es vivir junto al mar. He crecido en canarias donde mire a donde mire se que hay un horizonte azul que me espera. No soy deboto de la playa pero adoro caminar por el paseo con la brisa. El mar es algo que acaba enterrandose en tu corazon aunque no te guste.
Pero hay de todo y comprendo que Tokio de la espalda al mar pues esa bahia es un basurero, aqui tenemos una playa en parecidas condiciones [esta dentro del mismo puerto, que es el 1º de España en trafico] y aunque bañarse es algo desgradable por los vertidos, la arena se mantiene limpia y la gente llena la playa para tomar el sol.